Universidad Anáhuac Mayab

La educación y el diálogo

Publicado en: 19 de Junio de 2006

 

Llegado la hora de iniciar las clases, los alumnos y maestros ingresan a sus respectivas aulas y laboratorios para dar inicio a una jornada de estudios intensos donde los estudiantes se enfrentan a nuevos conocimientos que les permitan abrirse al campo laboral y paralelamente, los docentes tienen el desafío y la responsabilidad de ser portadores del conocimiento y ser ejemplos de lo que enseñan.

Inicié puntualmente con la sesión de clases ante un buen número de alumnos que venían con el interés de llevarse consigo, nuevos conocimientos y nuevas habilidades. En los días anteriores, habíamos realizado un consenso y un compromiso de cumplir ciertas reglas elaboradas entre alumnos y profesor.

Sin embargo, pasada una hora de haber iniciado la clase y después de avanzar con el tema que correspondía al día, por enésima vez llega una alumna con el rostro sonriente y vacilante llamada Verónica, quien proviene de la misma ciudad donde está ubicada la universidad. Al mirarla de lejos, la observé acercarse lentamente al salón, me enojé con ella por la irresponsabilidad que “siempre” ha tenido y más aún, por haber quebrantado una de las reglas implementadas por ellos mismos. Antes que ella llegue al salón, uno de sus compañeros la delató y otro hizo un comentario al respecto diciendo que Verónica sería la patrocinadora oficial del grupo. Al llegar a la puerta del salón todo el grupo exclamó su sentir y decían que no la dejara pasar al salón para que aprenda a ser responsable y sea puntual la próxima vez que venga en la escuela. Debido a que ya estaba bastante enojado por la “irresponsabilidad” de la jovencita y además por los comentarios de sus compañeros, accedí a la petición del grupo y le impedí rotundamente la entrada al salón de clases recalcándole que no dejaría pasar a nadie que llegara tarde.

Sin averiguar el motivo de los retardos de Verónica, me propuse aplicar un castigo más severo que sirviera como ejemplo a los demás si continuaba con esta “irresponsabilidad”. El castigo consistía en reprobarla en la materia, sin derecho a presentar examen de recuperación y sin derecho a recibir asesorías; prácticamente estaba provocando la baja definitiva de la alumna del plantel escolar.

Después de este incidente, pasó por mi mente cada una de las palabras comentadas por los alumnos y repercutía en mi forma de pensar hacia ella formándose cada día una barrera que impedía al menos la posibilidad de que existiera una comunicación entre alumno – profesor, debido a que los alumnos forman su idea de sus instructores y adquieren cierto pique con los profesores que no les “cae bien” ya sea por su forma de hablar, su forma de comportarse o simplemente porque no les favorece en algunas cuestiones académicas.

Pasaron los días y Verónica seguía perdiendo sus clases por llegar tarde a la escuela y cada día que pasaba, me enojaba más de ella y la veía como un mal ejemplo para el grupo y para la comunidad universitaria.

Un día, al ver el comportamiento de Verónica en el descanso, me puse a recordar en los sucesos ocurridos en los días pasados y me cuestionaba cuáles serían los motivos reales por los que llegaba tarde a sus clases. Al reflexionar por unos momentos, llegué a la conclusión que era necesario platicar personalmente con la jovencita para averiguar la situación en que está viviendo, y no juzgarla simplemente por los hechos y por los comentarios que otros hacen de ella. Sin esperar pasar más el tiempo, tomé la decisión de averiguar por medio de ella lo que estaba sucediendo, y la llamé para que platicáramos después que terminen sus clases sobre este asunto. Mientras esperaba el momento de la plática, estuve recordando varias situaciones comentadas por los demás docentes sobre alumnos que aparentemente son irresponsables en algunas conductas, a pesar de que son personas tímidas, nobles y respetuosas.

Es verdad que dialogar enriquece siempre a la humanidad, y para dialogar es necesario preguntar primero para después escuchar. Estos pensamientos son una verdad que a veces es difícil aplicar en nuestro diario vivir, sobre todo en las situaciones que engañosamente nos hacen pensar que las personas atentan contra nuestra forma de ser, nuestra cultura, nuestra creencia y nuestros parámetros de vida que hemos adquirido a través del tiempo. Estas ideas propias de nuestra persona, forman indudablemente una muralla muy alta que impide conocer y aceptar a los demás debido a que nos encerramos en el espacio único y pequeño de nosotros mismos, en el pequeño mundo en que nos hemos construido por medio de nuestras vivencias y ponemos como universal que todos nuestros semejantes traen o deben traer las mismas experiencias que hemos vivido o en su defecto pensamos que deberían pasar por los sufrimientos y que hemos sufrido.

Esta ideología y concepto de las personas, puede ser cambiada si aprendemos a escuchar a los demás aceptando las características personales que distinguen a cada individuo al consentir que los demás se expresen con libertad. Creo que es posible lograr una mejor comunicación en las relaciones interpersonales donde se alcance una buena compañía y una agradable conversación que produzca frutos que perduren por mucho tiempo si cada uno de nosotros pone de su parte.

Tomando en cuenta lo mencionado, y después de reflexionar sobre esta situación, llegó el momento esperado para platicar con Verónica. La invité a pasar en uno de los cubículos de la escuela mientras veía en su rostro cierto temor y timidez. Muy probablemente estaba pensando en cual sería el motivo por el cual la invité a platicar. Al preguntarle como estaba su familia, me llevé una gran sorpresa al escuchar de labios de ella, que no vivía en casa de sus padres, sino en casa de su abuela. Conforme progresaba la plática, Verónica fue narrando su vida personal, sus experiencias, sufrimientos y alegrías que ha vivido a sus 19 años de edad. Poco a poco se fueron nublando sus ojos desde el momento de mencionar que su madre no estaba de acuerdo en que continuara sus estudios, ni a ella, ni a sus hermanitos. Su padre había fallecido años atrás y su única esperanza para continuar sus estudios, fue abandonar la casa de su madre en compañía de sus hermanos para ir a vivir en casa de su abuelita.

Verónica tuvo que luchar muy fuerte para conseguir lo necesario para costear sus estudios y la de uno de sus hermanos. Por las mañanas estudia en la universidad y cuando llega a la casa y después de almorzar, inicia con los quehaceres del hogar ayudando de esta manera a su abuela. Para cubrir con los gastos del hogar, una vez terminada con los pendientes, se dedica a preparar comidas ligeras para luego salir en las calles de la ciudad para vender sus productos. De esta manera se enfrentaba Verónica todos los días para que no le hagan falta nada a ella, a su hermano y a su abuelita.

Cuando le pregunté porqué llegaba tarde a la escuela, me explicó que ella se levanta muy temprano para hacer las labores cotidianas del hogar, preparaba el desayuno y después de desayunar prepara a su hermano para llevarlo a la escuela. Mientras contaba esta historia, pude observar como sus ojos se humedecían de lágrimas por los recuerdos tristes que traía en la mente, y empecé a comprender algunas cosas que habían sucedido en los días anteriores.

Pasados todos estos eventos, comprendí que lo peor es tratar de educar por métodos basados en el temor, la fuerza, la autoridad, porque se destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión, una falsa imagen del ser humano. El hacer supuestos sobre la apariencia o comportamiento de las personas sin conocer el verdadero fondo de ellas, trae consigo que existan fricciones innecesarias entre nuestros semejantes cuando a veces la solución es la más simple de realizar. No cabe duda que es necesario cambiar nuestra forma de pensar y de actuar, ya que la boca pronuncia lo que el corazón apunta. Todo lo que en los demás nos irrita puede contribuir a que nos comprendamos mejor a nosotros mismos y esto permitirá que seamos capaces de escuchar a los demás para buscar soluciones en vez de buscar culpables.

Por observaciones personales, he descubierto que la mayoría de los hombres (sino es que todos) juzgan a las personas sólo por las apariencias sin conocer a fondo los antecedentes que lo rodean. Muchas veces lanzamos una crítica y una condena, aún cuando desconocemos el contexto de los hechos, otras veces procuramos esquivar a las personas para no escucharlas convirtiéndose en un diálogo entre sordos, en el que ninguno de los dos interlocutores escucha.

La educación en México no se escapa de esta situación, nosotros los profesores creemos que nuestra conducta es la mejor de todas y que los alumnos deberían seguirla sin importar su cultura, religión y costumbres. Tendemos más a reprochar las actitudes negativas a nuestro parecer, y nos olvidamos que el alumno es una persona como nosotros que tiene sus propios ideales, que necesita expresar sus inquietudes y necesita ser escuchado. Nos olvidamos por algún momento que el salón de clases no es un ejército militar sino más bien, deberíamos adoptar la posición de sentir que nuestros alumnos son nuestra propia familia, que necesitan de nosotros, necesitan ser escuchados y necesitan ser felices así como nosotros deseamos lo mejor para nuestras familias.

¿Podremos algún día, tener maestros humanistas? ¿Hasta cuando permitiremos que nuestro yo, sea más fuerte que los demás? ¿Podremos lograr cambiar nuestra sociedad llena de malos entendidos? ¿Seremos capaces de aplicar lo que enseñamos a nuestros alumnos? La verdad, no sé si algún día se logre, lo que si sé, es que podemos empezar con nosotros mismos, con nuestras palabras, nuestra forma de pensar, nuestra conducta, con nuestro ejemplo. El principal sermón de tu vida, es lo que predicas con tu ejemplo; y es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón. Si anhelamos una sociedad sana de todos los males, debemos empezar por nuestra familia, por nuestros hijos y con nuestros alumnos.

Debemos recordar que un hogar es mucho más que una casa, dialogar es mucho más que contarnos lo que nos pasa, reunirse es mucho más que estar juntos, compartir es mucho más que prestarse cosas, vivir felices es mucho más que estar contentos... Bienaventurado el que comienza por educarse antes de dedicarse a perfeccionar a los demás.

 

 

Marcos Gesiel Jiménez Villacís, es ingeniero en Sistemas Computacionales. Actualmente estoy trabajando como profesor de tiempo completo en la Universidad Tecnológica Regional del Sur, ubicada en la ciudad de Tekax. Llevo dos años de experiencia impartiendo clases en la Universidad en las materias afines a la programación de sistemas informáticos.

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