Universidad Anáhuac Mayab

El mayor desafío de nuestra vida

Publicado en: 19 de Junio de 2006

 

Desde luego que la vida que llevamos nos permite permanecer ajenos a esta pregunta. Un día normal transcurre entre cientos de actividades ordinarias que mantienen distraída a la mente de toda pregunta trascendente. Más pronto de lo que uno se da cuenta, la noche llega, el cansancio vence, y un ciclo más de vida llega a su fin.

Sin embargo, tarde o temprano, querámoslo de ese modo o no, llega el inevitable día en que no podemos más ocultarnos entre los recovecos de la cotideaneidad. El detonador puede ser quizá alguna frustración muy fuerte, la pérdida de un ser querido, algún momento de soledad o sencillamente un espacio entre las materias de la universidad dedicado a encaminar nuestro corazón inquieto.

Pero lo cierto es que independientemente del motivo de arranque, cuando empezamos a desenterrar nuestros propios misterios, es también el momento en que nos sentimos más perdidos que nunca. Esta desorientación no ocurre porque no seamos capaces de vernos a nosotros mismos, sino porque por primera vez, nos damos realmente cuenta de cuán poco sabemos de nosotros. Al formularnos cada quién preguntas tan “sencillas” como: ¿Qué me fascina?, ¿Qué me asusta?, ¿Qué quiero hacer con esta maravillosa vida que se me ha regalado?, ¿Es este el camino que debo seguir o debo encontrar el rumbo, rectificarlo? , y darnos cuenta que no tenemos ni la más pequeña idea de las respuestas, nos invade irremisiblemente un terrible sentimiento: Miedo. ¿Cómo es posible que nuestros 18, 30, 50 o 60 años de vida (porque esta incertidumbre no tiene edad ni condición alguna) hayan transcurrido con tanta naturalidad sin que podamos responder con certeza preguntas tan simples como éstas?

Entonces quizá sintamos cierta frustración, o incluso enojo. Sería maravilloso que llegara un hada madrina que revelara por arte de magia las respuestas verdaderas de nuestro ser. Ojalá alguien supiera qué ruta nos conviene tomar para llegar a ser plenamente felices. Si tan sólo no tuviéramos que cometer errores que cuestan lágrimas, arrepentimientos e insatisfacciones.

¡Cómo duele crecer!. ¡Cuánto cuesta un cambio, sea físico, intelectual o del corazón!. Significa adaptarse, integrarse a algo nuevo, lo cual nunca ha sido fácil al principio. Por eso hay tantas personas que huyen de este tortuoso proceso y prefieren evadir la realidad perdidos entre los mil distractores de la vida actual. Muchos son los que se atreven a asomarse en sí mismos, pero no a dar el salto a lo más profundo de su ser. Al visualizar el abismo que hay que recorrer para llegar a él, prefieren desandar el camino y volver a la fase de inicio.

Ahora, si tomamos en cuenta que no estamos solos en este laberinto, que hay personas que han logrado encontrar la salida y ver la luz de la plenitud de sus vidas, nos sentiremos reconfortados. Descubriremos que hay algo en que apoyarnos, una brújula que nos oriente siempre hacia el norte.

Eso sí, el mapa para llegar a nuestro destino sólo nosotros podemos trazarlo. Podremos ir pidiendo direcciones en el camino, aprendiendo en el viaje y acompañarnos de alguien para compartir el corazón. Pero la travesía la hacemos nosotros, intentando lograr disfrutar de cada paso que demos.

Es entonces cuando aparece una figura que es esencial para lograr la serenidad en todas nuestras acciones. Nuestro poder superior. No importa como lo entendamos, sea Buda, Jesús o Alá, pero es necesario tener ese ser al pendiente de nosotros que nos va iluminando en todo lo que hacemos. Si bien es cierto que la soledad y el silencio son importantes para dejar respirar al alma, la única manera de lograr este objetivo es bajo la guía de Dios.

En un mundo donde la cultura nos envuelve, nos penetra y nos da forma, es crucial que aprendamos a ser nosotros mismos. Si nos dejamos arrastrar por las corrientes que hoy alborotan al río de la vida, probablemente nunca podamos detenernos a gozar del placer de estar sumergidos en el agua cristalina.

Por desgracia es difícil establecer unas reglas concretas que nos llevan a nuestro propio descubrimiento. Es una tarea muy grande como para intentar resolverla de principio a fin en un momento. Pero sí podemos dar el primer paso al darnos la oportunidad de reflexionar, al permitir hablar a nuestro corazón.

Aunque en este instante no logremos ser completamente nosotros mismos, podemos identificar por el día de hoy qué queremos hacer, qué nos gusta, que nos disgusta y evaluar antes de dormir lo que sentimos, lo que hicimos y lo que pensamos de todo lo ocurrido. Mañana será otro día, excelente para aplicar todo lo aprendido de nuestros errores del que termina. Si nos fijamos metas pequeñas, accesibles a corto plazo, quizá estaremos avanzando en la vía del autoconocimiento. A lo mejor de esta manera, casi sin darnos cuenta, empezaremos a lograr paladear cada día y por tanto disfrutar de nuestra vida. El tiempo vuela, y si no se desperdicia ni una hora, ni un minuto, o siquiera un segundo, rendirá mucho más de lo que nunca imaginamos. Sólo así podremos retribuir el regalo que se nos dio el día en que nacimos.

 

Martha Elisa Rivero Lazcano, estudia la Carrera de Comunicación, 1er Semestre. Nació en Mérida, Yucatán. Actualmente tiene 18 años. Su escuela de Procedencia es Centro Educativo Piaget. En marzo de 2004, gano el primer lugar en el concurso de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz” de la Universidad del Mayab.

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