Universidad Anáhuac Mayab

La Paradoja del Error

Publicado en: 19 de Junio de 2006

 

El error ha acompañado al hombre durante todo su desarrollo y ¿por qué no decirlo?, gracias a éste es que se han alcanzando los logros más significativos en la historia de la humanidad. Es el error mismo una de las características definitorias de la especie. Paradójicamente es algo que constantemente buscamos evitar.

El error en términos léxicos es definido como conceptos y acciones equivocadas, desacertadas o falsas; en este sentido no es difícil entender lo que error significa, siempre y cuando sepamos lo que es correcto. Para San Agustín definir el error es una tarea poco más ardua y para ello se vale del siguiente diálogo:

 

Primera disputa

¿Qué es el error?

Yo creo- respondió Trigecio- que el que yerra ni vive según la razón ni es dichoso totalmente. Es así que yerra el que siempre busca y nunca halla. Luego tú tienes que demostrar una de estas dos cosas: o que errando se puede ser feliz, o que el que siempre investiga la verdad, sin hallarla, no yerra.

 

-El hombre feliz no puede errar -respondió el otro. Y después de largo silencio añadió:

-Mas tampoco yerra el que busca, pues para no errar indaga con muy buen método.

-Cierto que para no errar -replicó Trigecio- se dedica a la investigación; pero como no alcanza lo que busca, no se salva del error. Así tú has querido hacer hincapié en que ese hombre no quiere engañarse, como si ninguno errase contra su voluntad, o como si errase alguien de otro modo que contra su voluntad. Entonces yo, al ver su vacilación en responder, les dije:

-Tenéis que definir el error, pues más fácilmente veréis sus límites después de penetrar en su esencia.

-Yo -dijo Licencio- soy inepto para las definiciones, aunque es más fácil definir el error que acabar con él. -Ya lo definiré, pues, yo -respondió el otro-; me será fácil hacerlo, no por la agudeza de mi ingenio, sino por la excelencia de la causa, porque errar es andar siempre buscando, sin atinar en lo que se busca. -Si yo pudiera -dijo Licencio- refutar fácilmente tu definición, ha tiempo que no hubiera faltado a mi causa. Mas, o porque el tema es de suyo muy arduo, o a mí se me antoja que lo es, yo os ruego aplacéis la cuestión para mañana, pues, a pesar de mi diligencia y esfuerzo reflexivo, no atino hoy en la respuesta conveniente. Como me pareció atendible la súplica, sin oposición de nadie, nos levantamos a pasear. Y mientras nosotros conversábamos de mil asuntos, Licencio siguió pensativo. Mas al fin, viendo que era en vano, soltó riendas a su ánimo, y vino a mezclarse con nosotros. Después, a la caída de la tarde, se reanimó entre ellos la discusión; pero yo les frené y les convencí que la dejasen para el siguiente día. De allí nos fuimos a los baños.

 

Segunda disputa

Al siguiente día, estando todos sentados, les dije:-Reanudemos la cuestión de ayer.
-Aplazamos la discusión -dijo entonces Licencio-, si no me engaño, a ruego mío, por parecerme muy dificultosa la definición del error. -En eso no yerras ciertamente -le observé yo-; y ojalá que esto sea un buen augurio para lo que falta. -Escucha, pues -dijo él-, lo que ayer te hubiera expuesto, a no haberme interrumpido. El error, creo yo, consiste en la aprobación de lo falso por verdadero; y en este escollo no da el que juzga que ha de buscarse siempre la verdad, pues no puede aprobar cosa falsa el que no aprueba nada; luego es imposible que yerre. Y dichoso puede serlo fácilmente, pues para no ir más lejos, si a nosotros se nos permitiera siempre vivir tal como vivimos ayer, no se me ocurre ninguna razón para no tenernos por felices. Pues vivimos con una gran tranquilidad espiritual, guardando libre nuestra alma de toda mancha de cuerpo, muy lejos del incendio de las pasiones, consagrados, según la posibilidad humana, al esfuerzo reflexivo de la razón, esto es, viviendo según la divina porción del ánimo, en que convinimos por definición ayer consistía la vida dichosa; y según creo, buscamos la verdad, sin llegar a su hallazgo, Luego la sola investigación de la verdad, prescindiendo de su alcance, puede compaginarse con la felicidad del hombre. Advierte, pues, con qué facilidad, sólo con observaciones corrientes, queda refutada tu definición. Porque dijiste que errar es buscar siempre, sin hallar nunca. Pues supongamos que alguien nada busca, y preguntándole otro si ahora es de día, ligera y atropelladamente responde que, según su parecer, es noche. ¿No te parece que se engaña? Esta clase de errores tan notables se comprenden en tu definición. Por otra parte, ¿puede haber definición más viciosa, pues comprende a los que no yerran? Imaginémonos que alguien quiere ir a Alejandría, y va por el camino recto; no podrás decir que yerra; mas, impedido por diversas causas, hace el recorrido en largas jornadas, hasta que es sorprendido por la muerte. ¿Acaso no buscó siempre sin alcanzar lo que quería, y, con todo, no erró?

-Ni tampoco buscó siempre -contestó Trigecio.

-Dices bien -replicó Licencio-, y tu observación es razonable. Mas de ahí se sigue que no vale tu definición, pues yo no he sostenido que es dichoso el que siempre busca la verdad. Eso es imposible. En primer lugar, porque no siempre el hombre existe; en segundo lugar, ya desde que comienza a serlo no puede dedicarse a la investigación, por impedírselo la edad. O si interpretas siempre en el sentido de que no debe dejar perder ningún instante sin consagrarlo al estudio de la verdad, entonces volveremos al citado ejemplo del viaje a Alejandría. Suponte, en efecto, que un hombre, cuando la edad o las ocupaciones le consienten viajar, emprende el recorrido del camino, y sin desviarse nunca, como dije antes, antes de llegar, se muere. Mucho te engañarás si dices que erró, aunque, durante todo el tiempo que pudo, ni cesó de buscar ni consiguió llegar a donde quería. Por lo cual, si mi razonamiento vale, y, según él, no yerra el que busca bien, aun sin atinar en la verdad, y es dichoso, pues vive conforme a la razón; y si, al contrario, tu definición ha resultado vana, y aun cuando no lo fuese, no la tomaría en consideración, por hallarse mi causa bien robustecida con las razones que he expuesto, ¿por qué, dime, no está resuelta ya la cuestión que nos hemos propuesto?.

 

Con este breve diálogo, podemos concluir lo inútil que una definición puede ser. Observamos también, que el error (equivocarse) depende de muchas circunstancias y puntos vista para que suceda, la cultura es un elemento importantísimo al momento de referir un error: recuerdo una anécdota que le sucedió a mi mamá durante uno de sus viajes a Italia, ella tiene por costumbre bañarse todos los días y considerando que el tiempo de su estadía en el país mencionado, era verano, no sólo se bañaba una sino hasta dos veces al día, hecho que provocó que la dueña de la casa donde se alojaba le hiciera el siguiente comentario:

Tú debes ser muy sucia porque te bañas todos lo días y hasta ¡dos veces!, yo en cambio, soy tan limpia que sólo necesito bañarme una vez a la semana.

Desde nuestra perspectiva como mexicanos, el juicio de la italiana estaría equivocado, dado que en nuestra cultura algo que define la limpieza de una persona es precisamente el baño diario. Sin embargo no podemos asegurar que la italiana esté equivocada al emitir ese juicio, ya que desde su perspectiva tiene razón ¿Para qué bañarse todos los días si no estamos sucios?

Equivocarse es algo propio de nuestra especie; hacer algo incorrecto puede ser en una cultura correcto y en otra no. De alguna manera todos sabemos cuando cometemos un error sin importar qué tanto podamos definir el concepto.

Por otra parte, ya que nos hemos referido al error como una característica humana tendríamos también que abordar otro concepto de particular importancia al respecto: el humanismo, cuyo concepto es actualmente uno de los más indeterminados y contradictorios, como nos lo indica S. Puledda.

Hoy el término humanismo se utiliza comúnmente para indicar toda tendencia de pensamiento que afirme la centralidad, el valor, la dignidad del ser humano, o que muestre una preocupación o interés primario por la vida y la posición del ser humano en el mundo.

En cuestiones científicas pareciera no haber cabida para el humanismo sin embargo, cometeríamos otro error al no aceptar que la ciencia busca en la mayoría de los casos el beneficio de la humanidad; incluso, podemos asegurar, sin temor a cometer un error, que los científicos son el único grupo humano (con excepción de otros pocos) que parece preocuparse por entrever cómo funciona el mundo. No obstante, hasta en algo tan noble como el beneficio común, una mejor calidad de vida, confort, etc..., se cometen errores que pueden llevarnos a catástrofes inimaginables.

Ahora no resulta sorprendente ver como a lo largo del tiempo, 150,000 años propiamente dicho, el hombre ha transformado su entorno y a pesar, en muchos casos, de haber actuado de manera responsable y pensado cuidadosamente en el medio ambiente, se han cometido muchos errores, por ejemplo, durante los años veinte, el uso de refrigeradores revolucionó al mundo pues se podían enviar frutas, vegetales y productos lácteos a gran distancia sin que se echaran a perder; además por cuestiones de comodidad y salud pública todos querían tener un “refri” en casa. Desgraciadamente el fluido operante de estas maravillas, tenía que ser amoníaco o dióxido de azufre, gases pestilentes y venenosos. Se requería, entonces, un sustituto que fuese líquido en las condiciones adecuadas, a fin de que circulara dentro del refrigerador, pero que no causara ningún perjuicio en caso de avería. Debido a lo anterior era necesario encontrar un material que no fuera venenoso ni inflamable, que no causara corrosión, no quemara los ojos, no atrajera bichos y ni siquiera molestara al gato. Semejante material no parecía existir en la naturaleza, por ello químicos estadounidenses y alemanes se dieron a la tarea de inventar un tipo de moléculas, inexistentes hasta ese momento, a las que llamaron clorofluorocarbonos (CFC), constituidas por uno o más átomos de carbono a los que se unían átomos de cloro y de flúor.

Al parecer el éxito de dichas moléculas superó ampliamente las expectativas pues se convirtieron en el fluido principal no sólo de los refrigeradores sino también de los aires acondicionados y más aún, encontraron amplias aplicaciones como aerosoles, espumas aislantes, disolventes industriales y agentes limpiadores. El más famoso de estos productos, fabricado por DuPont y empleado durante décadas, nunca pareció causar daño alguno, parecía totalmente seguro y por ello un volumen sorprendente de la producción industrial dependía de los CFC. Sin embargo, luego se sabría que sus efectos eran muy nocivos, ya que las moléculas impulsoras de CFC propelentes con el paso del tiempo son transportadas por las corrientes de convección para recorrer el planeta impulsadas por la circulación atmosférica global y, salvo algunas excepciones, no se degradan ni se combinan químicamente con otras moléculas pues, en la práctica son inertes, dicen los expertos en el tema. De esta forma, al cabo de algunos años llegan a la atmósfera donde se forma el ozono de manera natural a unos 25 kilómetros de altitud. En estas altitudes una molécula de CFC sobrevive, por lo menos un siglo antes de que la luz ultravioleta le arranque el cloro, que es el catalizador que destruye las moléculas de ozono sin destruirse a sí mismo. Se necesitan aproximadamente dos años para que el cloro retorne a la baja atmósfera y sea arrastrado por la lluvia. En ese tiempo, un átomo de cloro pudo haber participado en la destrucción de cien mil moléculas de ozono, hecho de suma importancia ya que el ozono es nuestro escudo contra la luz ultravioleta del Sol.

El peligro asociado a la luz ultravioleta del que se suele hablar es el de cáncer de piel, pero esta no es la peor consecuencia directa del aumento de las radiaciones ultravioleta, ni tampoco lo es la incidencia de cataratas oculares; mucho más serio es el hecho que los rayos ultravioleta afectan al sistema inmunológico, pero por grave que nos esto parezca, el auténtico peligro radica en que expuestas a la luz ultravioleta, las moléculas orgánicas que constituyen toda la vida planetaria, se desintegran o forman combinaciones químicas indeseables.

La destrucción de la capa de ozono y el aumento de la intensidad de la radiación ultravioleta en la superficie terrestre plantean retos de gravedad para la vida planetaria ya que aun actuamos excluyentemente así como desconocemos las complejas dependencias mutuas de los seres de la Tierra y cuáles serán las consecuencias derivadas de la desaparición de algunos microorganismos especialmente vulnerables de los que dependen organismos mayores.

Al usar los CFC en nuestra vida diaria cometimos un error de dimensiones extraordinarias que aparentemente no existía; cometimos un error que nos hizo felices y por ello la razón no nos detuvo ahí. Posteriormente, cometimos otro error quizá más desdeñable: no escuchar las advertencias .

 

En 1974 (un año después de que yo naciera), dos científicos de la Universidad de California fueron los primeros en advertir que los CFC podían dañar gravemente la capa de ozono. Cálculos subsecuentes de científicos de todo el mundo confirmaron su hallazgo. Rowland y Molina tenían razón (por ello en 1995 compartieron el premio Nóbel de química).

A pesar de todo esto los errores se siguieron cometiendo pues DuPont no estaba dispuesta a perder millones de dólares al año sólo por lo que dijeron unos quimicuchos. La empresa publicó cartas en periódicos y revistas científicas, y sus representantes declararon ante comisiones del Congreso que no estaba demostrado que los CFC representaran un peligro para la capa de ozono. De haber dependido de ellos, seguramente hubieran seguido fabricando sus productos hasta que la capa de ozono quedara irremediablemente dañada, sin considerar en lo más mínimo que para ese entonces, era probable que ya no existieran clientes.

Por suerte, todavía podemos pensar que allí donde los seres humanos crean problemas, los mismos seres humanos son capaces de solucionarlos. Con respecto al uso de los CFC, se exigió su prohibición y en 1978, los aerosoles fueron declarados ilegales en países como Estados Unidos, Canadá, Noruega y Suecia; sin embargo, el logro más significativo se alcanzó en Septiembre de 1987, cuando los representantes de muchas de las naciones productoras y consumidoras de CFC se reunieron en Montreal para considerar la posibilidad de un acuerdo que limitara su empleo. Como un hecho gracioso cuentan que Donald Hodel, secretario de interior estadounidense en ese tiempo, sugirió que en vez de limitar la producción de los CFC, todos lleváramos lentes obscuros y sombreros, pero esa opción no está al alcance de los microorganismos (el fitoplancton), la base de la cadena alimenticia que mantiene la vida en la Tierra, replicó Carl Sagan, con lo que termina la gracia del comentario.

La empresa DuPont anunció que reduciría paulatinamente la producción de estos compuestos aunque no la abandonaría por completo antes del año 2000.

Ahora se dispone ya de un remedio temporal: los CFC están siendo provisionalmente reemplazados por los HCFC, moléculas similares, pero con átomos de hidrógeno, que aunque siguen siendo dañinos protegen la capa de ozono.

A pesar de que aún no podemos relajarnos por completo en cuanto a la protección de la capa de ozono, resulta destacable que para conseguir ciertos logros, como los obtenidos con el Protocolo de Montreal, tuvimos que comunicarnos, entendernos, ser incluyentes, pasar por encima de cualquier diferencia, valorar lo que tenemos, hacer uso de todos nuestros conocimientos para seguir disfrutando la libertad de vivir y tomar conciencia de nuestros alcances, en otras palabras, hicimos uso de todo aquello que nos hace humanos para obtener un bien común mayor.

Hoy parecen pocas, y de momento también poco escuchadas, las voces que se alzan para proponer a los seres humanos una nueva comprensión de su “humanidad”. Hablamos de derechos humanos –que poco respetamos-, de “naturaleza” humana –que poco entendemos–, de la correcta ubicación del ser humano en el mundo natural, especialmente, a causa de los tremendos problemas ecológicos actuales. Podríamos decir que nuestros tiempos asisten a un eclipse del humanismo, como señala Puledda; sin embargo, no es utópico pensar que pueda surgir una nueva corriente humanista, tal vez inmersa en el ámbito de la filosofía antropológica, capaz de contrarrestar la crisis actual, caracterizada por la pérdida del sentido de lo humano y agravada por la prospectiva de la catástrofe global.

El papa Juan Pablo II dijo que “ La ciencia puede purificar la religión del error y de la superstición; la religión puede purificar la ciencia de la idolatría y los falsos absolutos. Cada una es capaz de conducir a la otra a un mundo más amplio, un mundo donde ambas puedan florecer... Es preciso alentar y alimentar los ministerios integradores”.

Esto es sin duda algo sobre lo que lo tenemos que reflexionar y poner en práctica ya: la integración de nosotros con los demás, de los demás con nosotros, de todos con el planeta; de este modo dejaremos atrás los errores ancestrales que nos han llevado a pensamientos y actitudes desesperanzadoras.

El astronauta arabe Bin Salmon Al-Saud contaba que al principio de su viaje por el espacio cada uno de los astronautas señalaban sus países. Hacia el tercer día, señalaban sus continentes y que para el quinto día ya eran conscientes de que sólo hay una Tierra. Efectivamente, sólo hay una y nos pertenece a todos, todos somos parte de ella; además hay sólo una especie humana, ¿Cómo podríamos substituirnos a nosotros mismos?

Hemos visto cuán capaces somos de aprender de nuestros errores y enmendarlos, incluso, cuán capaces somos de anticiparnos a ellos. Tendríamos que tomarnos de la mano y, haciendo uso de muchas de nuestras propiedades emergentes (nuestra inteligencia, nuestra bondad, nuestro amor, etc...), dar el salto cuántico y andar sin temor a cometer errores, no porque podamos remediarlos sino porque no habrá necesidad de cometerlos para saber cuál es camino correcto, y ello nos llevará a evolucionar de seres humanos a las personas humanas que ya imaginamos.

 

Bibliografía.

Rocher López, Vicente. Lecturas. 2004. Yucatán, México.

Sagan, Carl. Miles de millones. Pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio. 1998. SineQuaNon, Barcelona, España.

Notas de clase.

http://idd00qaa.eresmas.net/ortega/human/human.htm

http://www.unedal.com/agustin/academicos.htm

 

Zatinda Granados González es Lic. en Lingüística por la Universidad Autónoma Metropolitana. Profesora definitiva de la Escuela Nacional Preparatoria P.7 “Ezequiel A. Chávez” en la asignatura de Inglés desde 1999. Actualmente está cursando la Maestría en Enseñanza Efectiva que se imparte en la Universidad del Mayab en Mérida, Yucatán. Envíale tus comentarios a través de [email protected]

Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 
CC BY-NC-ND

Universidad Anáhuac Mayab

Carretera Mérida Progreso Km. 15.5 AP. 96
Cordemex, CP. 97310 Mérida, Yucatán, México
Tel. (999) 942 48 00 con 5 líneas
Fax (999) 942 48 07
Del interior sin costo 01 800 012 0150
Términos y condiciones de uso | Aviso de privacidad

© 1984 - 2017 Universidad Anáhuac Mayab