Universidad Anáhuac Mayab

Creo en el hombre

Publicado en: 19 de Junio de 2006

Para ello es menester que les abra la puerta a un microcosmos en el cual me muevo cada día: me refiero al espacio de un pequeño consultorio psicológico donde convergen dolor, miedo, rabia, soledad, esperanza, sueños, metas y, principalmente, contactos humanos. Desde este pequeño laboratorio de vida he podido explorar grandes profundidades del mundo interior de las personas que a mí han llegado, lo cual me ha permitido experimentar una enorme gama de vivencias que me han llevado a fascinarme del ser humano en sus enormes potencialidades de crecimiento. Del mismo modo, cada vida ha sido ocasión para establecer mi propio contacto.

Me doy cuenta de que los individuos que llegan buscando ayuda son como niños cuyo desarrollo ha sido abruptamente detenido a causa de traumas o dolores que no han podido ser ni entendidos ni asimilados. Casi sin darse cuenta, han sido arrollados en sus vidas por un sinfín de acontecimientos que parecieran carentes de significado y conexión. Son seres que se encuentran buscando un algo que les proporcione paz y armonía interna, aún sin saber cómo será el trayecto de su búsqueda. Son individuos que han aprendido a desconfiar, a dudar de cualquier afecto, porque su experiencia les ha llevado a establecer que es necesario atrincherarse tras ideas erróneas que, como espantapájaros, ahuyenten a la realidad. Se experimentan, en conclusión, víctimas de un destino fatal.

Puedo ver que, al llegar a consulta, el paciente ha efectuado un alto en su camino y ha tenido que responderse al menos una pregunta: ¿vale la pena seguir así?. La respuesta positiva lleva al inicio del proceso terapéutico; la negativa únicamente anuncia que la persona aún no está lista para ser libre. Aún faltan piezas del rompecabezas de su vida que le permitan ver, con relativa claridad, que puede permitirse un desarrollo diferente. Su momento no ha llegado.

El proceso terapéutico implica recibir a un ser niño para despedirlo adulto. Implica recibir a un ser y provocar su metamorfosis a persona. El individuo que tengo al frente se encuentra inconsciente de lo valioso que puede ser para sí mismo y para otros. Ha vivido engañado pensando que mientras mayores mecanismos defensivos desarrollara, mayores posibilidades tendría de salvarse del mundo, sin saber que mientras más natural y espontáneo pudiera ser, mientras más auténtico y veraz, mientras más conciente de su aquí y de su ahora, más posibilidades tendría de ser él mismo y de relacionarse sin temor. Es un ser, en fin, desintegrado, cuyas partes se han escindido, encapsulando sus potencias esperando una oportunidad mejor para realizarlas. Es un ser con mucho miedo pero que se niega a morir.

En este viaje hacia la unidad, en busca del yo interior, pero partiendo desde un profundo dolor, el hombre se detiene para tratar de explicarse cómo ha llegado hasta aquí. Me maravilla observar cómo se inicia así el primer paso para ascender hasta la conciencia de uno mismo. Sólo al tocar fondo, el ser humano puede impulsarse hacia una superación de su nivel actual.

Su diálogo conmigo sólo es posible con mi silencio. Le escucho completo, verbal y corporalmente. Resulta asombroso como el hombre se aquieta cuando alguien le escucha. Su quietud le permite desahogar su historia y, al mismo tiempo, empezar a comprender el sentido de la misma. El relato de su historia va en dos sentidos: para mí y para sí mismo. De este modo, su conciencia crece y su despertar se inicia. Las piezas antes inconexas empiezan a tocarse y embonar con un sentido lógico. Su historia empieza a reescribirse desde un marco diferente.

El espacio terapéutico es de libertad absoluta. Esta condición favorece que la espontaneidad vaya surgiendo y la ausencia de crítica alienta la confianza. Los velos que ocultaban al verdadero yo, empiezan a correrse, uno por uno, para dar espacio a la aparición de un hombre nuevo, mismo que había permanecido dormido y equivocado. La verdad de su vida empieza a inundar paulatinamente toda su conciencia, preparándolo para el salto de nivel, sin máscaras que lo confundan o entorpezcan.

En todo el trayecto hemos tomado las mismas piezas de su vida, sólo que las hemos acomodado de forma diferente, lo cual ha permitido la aparición de propiedades emergentes totalmente nuevas. El paciente llega, sesión tras sesión, con algo nuevo, recién aplicado, de lo cual se sentía incapaz hasta antes del inicio del proceso. En realidad, no está aprendiendo algo nuevo, sólo lo está descubriendo en su interior. Se encuentra actualizando las tareas de desarrollo que su dolor inhibió en un momento de su vida.

El hombre empieza a ser el protagonista de su existencia. Analiza la actitud ante su vida, los sentimientos que hasta ahora lo han movido, sus creencias y valores que lo han guiado y cómo ha generado el mundo que ha vivido hasta ahora. Aprende que puede ver sus debilidades, inseguridades y limitaciones con el mismo amor que sus potencialidades y recursos internos. Aprende a ser compasivo consigo mismo.

En el mismo sitio recibo sus lágrimas y sus sonrisas, su dolor y su encanto, conciente de que su capacidad de aceptación se dará en la medida en que sea aceptado completamente. A veces irrumpirá en coraje y me reclamará por lo que no ha podido reclamar a otros; otras veces, se quedará en silencio, ese silencio constructivo que precede a la aparición de una nueva luz de entendimiento. Otras veces se comportará como niño y otras más pretenderá conocerlo todo. Son las polaridades de su ser que están buscando un equilibrio pero que, para encontrarlo, necesita ponerlas fuera de sí, experimentarlas y decidir con qué partes se quedará y cuáles desechará. Su cerebro se encuentra fabricando diferentes e intrincadas vías que se plasmarán en nuevos surcos de información que le llevarán a reaccionar de un modo distinto ante su vida.

Un síntoma inequívoco del crecimiento humano es su disfrute en soledad. Sin embargo, sólo podrá gozar su soledad si antes ya ha compartido su yo auténtico con alguien. Esto le ha informado que es amable por sí mismo y puede aceptarse lo suficiente para estar solo con él mismo.

El hombre persona que egresa de un proceso terapéutico es un hombre completo, integrado, que se ama y que puede amar y entregarse a otros sin temor.

Para que este proceso sea posible hay que creer en el hombre y en sus potencialidades. Hay que creer en su deseo de vivir y hay que concebirlo diferente, único y especial. De aquí surge mi credo…y es el siguiente:

Creo en el hombre porque me parece que la vida tiene un dinamismo interno en sí misma y nacemos con una tendencia natural a hacerlo crecer, a expresarlo, a vivirlo. Sin embargo, cuando esta tendencia se ve frustrada, la energía que se dirigía hacia la vida se convierte en energía dirigida hacia la destrucción. Por tanto, el hacer que el hombre redirija su energía hacia la vida le implicará su salvación. También creo que este proceso de redireccionar una vida requiere de auténtico amor, de confianza y fe. Si logramos que el ser humano que se acerque a nuestras vidas retire el bloqueo de su impulso de vivir, habremos logrado que se potencie su fuerza y vuelva a la vida. Habremos trabajado a favor de su salud y no simplemente como paliativos para su enfermedad.

Creo que cada ser humano nace como algo nuevo, como algo que no existía antes, como un ser distinto dotado de todo lo necesario para triunfar en la vida, para ser una persona pensante, conciente y productivamente creadora. También creo que algunas de sus limitaciones pueden estar fuera de su control como las orgánicas. Sin embargo, sobran los ejemplos de personas que han logrado extraordinarios logros en su vida, acompañados de tremendas limitaciones físicas. En realidad, el mayor enemigo del hombre ha sido otro hombre, y su única salvación es también un hombre.

Creo en el hombre porque estoy convencida de que, ante las condiciones apropiadas de confianza y libertad, puede experimentar, sin temor, toda la gama de emociones propias de su naturaleza, sin sentirse en caos. Creo firmemente que sólo el hombre es capaz de cambiar sus propios patrones pero todos somos corresponsables en ese cambio. Cada día podemos tener un nuevo contacto, quizá con las mismas personas pero siempre de un modo diferente. Por tanto, cada día implica una nueva oportunidad de cambiar una vida, con sólo darle un poco de tiempo, de escucha, de contacto. Un contacto realizado con amor incondicional, tiene la enorme potencia para salvar a toda la humanidad.

Creo que existe un extraordinario orden en la naturaleza que permite que personas y seres se encuentren y puedan establecer este contacto. Nada ocurre al azar, aunque así lo percibamos. No es casualidad que estas personas, mis pacientes, hayan llegado hasta mí y yo hasta ellas. Nuestro encuentro tiene un sentido trascendente aunque no podamos verlo de primera instancia.

Creo, al igual que Virginia Satir -una extraordinaria psicoterapeuta- que el mejor regalo que puedo recibir de alguien es que me vea, que me escuche, que me entienda y que me toque, y el mejor regalo que puedo dar es ver, escuchar, entender y tocar a otra persona. Cuando he hecho esto, siento que realmente he establecido contacto, que he podido amar y he dejado que otros me amen. Y con esto, he contribuido para que la especie humana no se extinga.

Creo en el hombre porque creo en mí misma.

 

 

Mildred Elena Barrios Matos, Licenciada en Psicología y pasante de la Maestría en Filosofía por la Universidad del Mayab. Actualmente coordinadora del área de Humanidades de la Universidad del Mayab y psicoterapeuta clínica. Correo electrónico: [email protected]

 

 

 

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