Universidad Anáhuac Mayab

El derecho a la paz

Publicado en: 19 de Junio de 2006

 

“Sí, su mamá, sus amigas, las personas del vecindario… mucha gente y siempre decía que se había golpeado con la puerta o la escoba, tonteras así que, por supuesto, nadie creía” – contestó mi tía mientras asentaba su taza de café en la mesa. Siguió contando la historia, mientras en mi cabeza los detalles daban vueltas sin control; golpizas, psicólogos infantiles, abuso, maltrato, el balazo… sentí unas ganas incontenibles de gritar, de reclamar justicia por aquella mujer unos 8 años mayor que yo; me parecía tristísimo el tema y lastimaba una parte de mí continuar escuchándolo, por lo que me excusé y subí a mi cuarto.

Me acosté en mi cama pensando en todas esas mujeres que eran golpeadas y maltratadas por personas que amaban, en todas aquellas que eran víctimas de delincuentes, violadores o personas inhumanas. Casos muy concretos vinieron a mi mente, pensé en un libro que leí últimamente, SOUAD QUEMADA VIVA, que habla de una palestina sobreviviente de un crimen de honor que, tras vivir una infancia llena de maltratos abusos y terror, se embaraza fuera del matrimonio y su familia, a los 6 meses de embarazo le prende fuego encima para asesinarla, condenándola, al no lograrlo, a vivir entre cicatrices, inseguridades y pérdidas. También pensé en las Muertas de Juárez, todas esas mujeres que en nuestro país son asesinadas y mutiladas, por algún ser tan extraordinario que ni la policía ni el FBI da con él, dejando que el desierto juzgue y albergue los cuerpos de estas mujeres… ¡qué horror! De ahí se destaparon un mar de recuerdos: las chicas vendidas por su padre para casarse con un perfecto desconocido en Yemen, las mujeres violadas en las guerras, las mujeres golpeadas, las que sufren abusos, tienen miedo y no pueden pegar el ojo en las noches pensando qué habrían hecho mal, para merecer tales castigos, torturadas por la espera de la siguiente golpiza, los siguientes gritos, el siguiente error por el que pagarán, la protección de sus hijos, la impotencia, la vulnerabilidad…

El tema sobre el que voy a hablar a continuación me ha quitado el sueño en muchas ocasiones, me ha hecho llorar de rabia e impotencia, he leído mucho sobre él, he escrito, inconscientemente he juzgado, pero yo creo que sobretodo, he tratado de entender; de encontrar razones a esta grave injusticia, que tal vez nos lleven a su solución.

La violencia contra la mujer es un problema social y, me atrevería a afirmar, intercultural, puesto que sucede en más lugares de los que imaginamos y de las más diversas formas. Es un problema de la humanidad y como tal debemos solucionarla. Según Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas: "La violencia contra la mujer es quizás la más vergonzosa violación de los derechos humanos. No conoce límites geográficos, culturales o de riquezas. Mientras continúe, no podremos afirmar que hemos realmente avanzado hacia la igualdad, el desarrollo y la paz."

Haciendo hincapié en esta frase pensé en lo real de su afirmación, la violencia contra las mujeres no tiene límite, no hay nadie libre de ella, desde las mujeres afganas de oriente, hasta las mujeres maltratadas en las cárceles americanas; desde la señora millonaria que es golpeada por su marido ebrio, hasta las niñas que viven en cualquiera de los pueblos de nuestro estado, que son violadas por sus padres y sus hermanos.

Cuando hablamos de violencia, creemos que es únicamente golpear, pero no podríamos estar más equivocados. Existen varios tipos de violencia: la de la familia, la del hogar, la física, la verbal, la psicológica, la que se da en la relación íntima, la agresión a niñas, las violaciones, la esclavitud, los asesinatos, la trata de mujeres y niñas, la prostitución forzada, las mutilaciones, los crímenes de honor, el infanticidio, la agresión sexual, la emocional… una peor que la otra, diferentes en cada caso y situación particular, pero comunes en el hecho de que violan los derechos humanos, de que denigran a seres maravillosos, llenos de vida y con el mismo derecho a ser feliz y vivir plenamente porque son seres humanos, portadoras de vida, de luz, co-creadoras, su misión en la Tierra y la Historia es, y siempre ha sido, clave. Es tristísimo que tantas personas no se den cuenta de esto y las denigren y rebajen de diferentes maneras.

La violencia ha existido siempre, pero me parece que, tras todo lo que ha sufrido la humanidad por ella, es completamente incomprensible que no haya sido erradicada totalmente de nuestra sociedad tan moderna y civilizada. ¿Por qué no nos podemos deshacer de ella?, ¿Por qué sigue actuando y acosando a un buen número de mujeres en todo el planeta?, ¿Por qué el hombre sigue utilizándola como medio para imponerse?, ¿Por qué las mujeres la toleramos en silencio y bajamos la cabeza?... Todas estas preguntas me acechan mientras escribo estas líneas y no sé cuál es la respuesta. Una persona a la que admiro enormemente, dice que el hombre se da o se niega, pero nunca se presta. Yo creo que en el caso de la violencia esta regla se rompe, pienso que es el único momento en el que tanto el hombre como la mujer, se prestan, permiten… dejan a un lado su capacidad humana de ser libres.

El Pequeño Larousse, define la violencia como “Acción y efecto de violentarse. Manera de actuar contra el natural modo de preceder, haciendo el uso excesivo de la fuerza. Acción injusta que se ofende o perjudica a alguien. Coacción física ejercida sobre una persona para viciar su voluntad y obligarla a ejecutar un acto determinado”. Sólo leer la definición nos da escalofríos. ¿Será que en realidad esto sea parte de nuestra naturaleza?

La violencia es un hecho, las personas somos capaces de esto, y si no es propiamente parte de nuestra naturaleza, todos la practicamos en algún momento de nuestra vida, de una u otra manera. Y es junto con la ignorancia, los desajustes psíquicos, las pasiones y el miedo, un obstáculo a la libertad, ya que es una fuerza externa ante la cual es difícil, y en muchos momentos imposible resistirse. “Puede debilitar la libertad del sujeto hasta el grado de suprimir toda responsabilidad en lo que se refiere a la conducta realizada…”, establece Gutiérrez Sáenz, en su libro Introducción a la Ética.

La violencia nos daña en todas las facetas de nuestra persona, nos llena de inseguridad y de dolor. En el caso de la violencia física el daño no es sólo externo, aunque hay ocasiones que pueden tener consecuencias permanentes, los moretones pueden borrarse, pero la humillación, el dolor, el miedo, la impotencia y la vergüenza te acompaña siempre; el no poder defenderte, el no tener la suficiente fuerza física para detener a tu opresor te produce mucha inseguridad.

En los otros tipos de violencia, la mujer ve disminuida su capacidad de decisión, ya que no puede deshacerse del agresor, que muchas veces actúa apoyado en su posición y autoridad, con esto me refiero a la violencia que pueda ejercer un padre autoritario, un jefe, el líder de una pandilla; o a la violencia que puede ejercer un marido sobre su esposa en el terreno sexual. Esta actitud chantajista y agresiva ejercida por personas abusivas, es mucho más difícil de comprobar, por lo que en este caso las autoridades son mucho menos represivas.

¿Pero dónde empieza toda esa violencia? Sin duda la violencia empieza en la familia. Se ve todos los días con padres y madres que se dañan entre ellos y que dañan a sus hijos, dándoles un ejemplo pésimo y dejando en ellos la huella que el día de mañana las hará personas violentas, la “estafeta” de la que hablábamos en la clase.

La persona violenta tiene una conducta, reflejo de una falta completa a los valores de los demás, no piensan que una persona tiene el mismo derecho que ellos a vivir una vida plena, dándole prioridad a su integridad física, a su vida, a la defensa de su honor y al respeto de su libertad. Pueden tomar diferentes posturas y justificar sus actos alegando hacer justicia por mano propia, o no justificarla, gozando simplemente morbosa e impúdicamente la humillación y el sufrimiento de las víctimas, lo cual es completamente inhumano. Pero la realidad es que sea cual sea la situación, la persona violenta tiene una responsabilidad moral, no puede lavarse las manos, ni escudarse en razones y excusas. Por más enojado que estuviera el padre de Souad porque ésta había quemado el pan, no tenía él razón alguna para golpearla y denigrarla. El respeto no puede perderlo nadie, nunca.

Tristemente la mujer ha sido víctima de la violencia desde siempre y tiene un efecto profundo en su vida, en el caso de muchas en todas las etapas de su vida, empezando desde antes de nacer, cuando por su sexo son abortadas, o al nacer, cuando los padres, desesperados por un varón, o sólo dándoles valor a ellos, matan a sus niñitas. Y de ahí en adelante podríamos hablar de un sin fin de cosas, entre las que se encuentra la mutilación de los órganos genitales, que de acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP), se calcula que entre 85 y 114 millones de mujeres y niñas, la mayoría de las cuales vive en África, el Oriente Medio y Asia, han sido sometidas a esta terrible tradición.

No soy nadie para juzgar estas tradiciones y talvez tampoco para clasificarlas como violencia, pero como mujer no puedo callar ante este sufrimiento que ellas no escogen, pues esta mutilación tiene fuertísimas consecuencias a corto y largo plazos, además de que es extremadamente dolorosa, puede provocar infecciones y la muerte, así como también dificultades en el parto y una mayor vulnerabilidad al SIDA. Esta práctica refleja la tradición de que es preciso preservar la virginidad de la niña y la mujer hasta el matrimonio y controlar su sexualidad, lo cual no puede dejar de parecerme una locura. Digo, en nuestra cultura igual es importante la virginidad y si metes la pata es un escándalo, pero nadie te corta nada, ni pierdes tu vida por eso.

También son un gravísimo problema las violaciones y agresiones sexuales por familiares, personas en posiciones de poder o confianza, o también por personas ajenas. Estas agresiones no sólo dañan en el momento, sino durante toda la vida.

Las violaciones son mucho más comunes de lo que nos imaginamos, yo como mujer, reflexiono en esto y siento una humillación terrible y una impotencia todavía peor. Hace unos años estuve en Medugorje y una de las visitas que hice fue a un orfanato donde vivían alrededor de 3,000 huérfanas de la guerra, de las cuales 1,200 estaban embarazadas de los soldados que habían masacrado a sus familias. Verlas ahí, decididas a tener a sus hijos y a amarlos a pesar de quién era el padre me parecía impresionante, entendí la fuerza del amor de una mujer, su capacidad de perdonar y de luchar con uñas y dientes para proteger a la sangre de su sangre, a pesar del dolor en medio del cual habían sido concebidos.

Muchas mujeres son obligadas a contraer matrimonio con las personas que las violan, las que no, sufren muchos maltratos y rechazo en sus familias, hasta llegar al ostracismo y desprecio total, sintiéndose solas y desamparadas, orilladas a avergonzarse de su estado y su situación; lo cuál es mucho mejor que el caso de las que son obligadas a deshacerse de sus bebés antes de que nazcan o a darlos en adopción a penas nacen. ¡Qué agonía! Deben de sufrir muchísimo estas mujeres sabiéndose asesinas de sus pequeños, o pensando que no deben retenerlos porque no se los merecen, porque todo lo que han atentado contra sus emociones y su psique, las han convencido de eso.

Las mujeres en esta etapa también están sometidas a insultos, acosos, maltratos por parte de muchas personas, sus jefes, sus colegas, gente que las conoce o las ve pasar. Cuando ya están casadas, el mayor riesgo de violencia para la mujer sigue estando en su hogar, donde su esposo, y a veces su familia política, puede agredirla, violarla o atormentarla, de hecho es la forma más común de violencia contra las mujeres; las investigaciones demuestran que una mujer tiene mayor probabilidad de ser lastimada, violada o incluso asesinada por su compañero actual o anterior que por otra persona. Las estadísticas muestran que entre 16 y 52 % de las mujeres, han sido agredidas por un compañero íntimo. ¡Alguien a quien aman!

La naturaleza de la violencia contra la mujer en la familia es una especie de tortura, puesto que las agresiones no sólo buscan dañar físicamente, sino que están destinadas a lastimar por igual la salud psicológica de la mujer, humillándolas.

Tristemente en muchos casos se subestima el problema por diversas razones, algunas mujeres creen que merecen las golpizas por que cometieron algún error; otras mujeres mejor no dicen nada porque les da miedo que les vaya luego peor si el marido o el novio se enteran de que habló, además de que seguramente les da vergüenza la situación. Las cosas se agravan en muchos países, donde no hay castigos, ni apoyo legal o social para todas estas mujeres agredidas por su pareja.

En situaciones extraordinarias, como conflictos armados, guerras o golpes militares, hombres tanto de las fuerzas hostiles, como de las ‘aliadas', se aprovechan de la situación para violentar a las mujeres. En las guerras, mueren y sufren muchas personas, pero en el caso de las mujeres es diferente, los hombres mueren o son heridos en combate, siendo tratados como iguales, en una situación en la que tiene cómo defenderse; las mujeres no. Los que abusan de ellas, las maltratan o las violan y matan, lo hacen haciendo alarde de su posición, denigrándolas y rebajándolas, lo cual se une al dolor físico y psicológico, a los insultos verbales y se torna insoportable.

Aquí entra lo que llamamos violencia psicológica, que incluye maltrato verbal, acoso, el aislamiento, las privaciones, que constituyen un maltrato emocional, en ocasiones más doloroso que los ataques físicos, porque acaban con la seguridad y dejan por los suelos la confianza que la mujer tiene en sí misma. Este tipo de situaciones son más fuertes de lo que podemos imaginar porque no se dan aisladas, y después de una golpiza no hay nada peor que la tortura mental, vivir con miedo y terror a que se repita.

Hay tantas mujeres en el mundo llorando en silencio en un rincón, sin que nadie las defienda o haga algo por ellas, sin tener la fuerza para ellas mismas levantarse y ponerles un alto a sus agresores, sintiéndose por esto todavía más humilladas, creyendo que lo merecen o que es mejor callar… Debe ser terriblemente desconcertante, que la persona que amas te maltrate, te engañe o te haga sufrir; que el lugar donde debes sentirte segura sea el más arriesgado y que tu integridad sea pisoteada.

¿Pero, cómo parar?, ¿Qué hacer para entregarle al mañana una mejor estafeta en esta carrera? El mundo tiene una labor difícil, necesitamos los seres humanos encontrar la manera de parar esta masacre y este daño irreparable a las mujeres que pueden ser hijas, hermanas o madres de alguna persona; a las mujeres que pueden ser portadoras de luz y fuentes de amor; a estos seres que no por ser más sensibles son más débiles, que no por ser menos fuertes físicamente pueden ser ultrajados y humillados, que merecen tanto respeto como tú o como yo, y sobretodo a ese ser que a ti te dio vida, porque aunque a veces no parezca, todos tenemos madres. Todos y cada unos de los seres humanos, vivimos gracias a la elección de traernos al mundo de una mujer.

Para mí este es un tema difícil, me llega al tuétano. Yo soy mujer, y gracias a Dios vivo en el seno de una familia amorosa, de una sociedad en la que puedo ser yo, libre; me guste o no, sufro a causa de un problema de salud que me va a acompañar cada día de mi vida y en tantas ocasiones me siento menos mujer, menos persona por algo tan simple como un tratamiento nuevo, un diagnóstico duro de llevar, una mala noticia…y me cuesta tanto trabajo pararme de mi cama y enfrentar mi realidad, venir a la escuela, luchar por salir adelante, por recordarme a mi misma que quiero ser feliz, que no puedo aceptar que haya una mujer en otra cama sin ganas de vivir por miedo a alguien que la acosa, por terror a una golpiza o por depresión por un engaño; no queriendo ser madres y rechazando a sus criaturas por sentirse rechazadas o por miedo a represalias, cuando yo le ruego a Dios que los médicos estén equivocados y sigo sometida a medicamentos por una posibilidad de tener en mi vida este regalo.

El vivir es una lucha constante, todos, hasta el más feliz libra todos los días una batalla, respetémonos, apoyémonos, démonos paz. Ojala supiera exactamente qué hacer para solucionar el dolor de tantas mujeres en el mundo, para hacerlas entrar en razón y alejarlas de las personas que las dañan…Estoy segura de que todos tenemos algo que aportar, un granito de arena que puede hacer un cambio, que tenemos que luchar y no dejarnos callar por el miedo, el qué dirán o la opresión, sobre todo si somos mujeres y cerca de nosotros existe una persona sufriendo todos los días por alguien que simple y sencillamente no la merece.

 

 

Mariana Ancona García es alumna de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, preespecialidad organizacional, en la Universidad del Mayab.

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