Universidad Anáhuac Mayab

Recordando al Papa

Publicado en: 19 de Junio de 2006

El mundo entero se estremeció con la noticia del fallecimiento de Juan Pablo II. Curiosamente, lejos de causar angustia y desasosiego, la noticia generó una reacción mundial de paz, tranquilidad y sobre todo, alivio porque ese hombre, tan entregado a predicar el bien, un incansable promotor de la dignidad humana, finalmente está descansando en su hogar celestial. Las noticias han mostrado a gente serena rezando, cantando y compartiendo anécdotas de experiencias vividas al lado de un ser humano excepcional. Impresiona que cada narrador termina su relato con una sonrisa en la boca que proyecta un sentimiento de alegría aunque en estos momentos, medio amargo. Esto es el mejor legado de Juan Pablo II, un hombre que gozó enormemente de la vida en cada momento. Me uno a esas emociones encontradas del mundo entero y recuerdo con agrado la visita que hizo su Santidad Juan Pablo II a estas cálidas tierras yucatecas hace ya once años.

La gran mayoría de los yucatecos desafiaron la incomodidad de las multitudes, el calor y las esperas interminables para estar cerca del sucesor de Pedro y experimentar de manera directa la fuerza de sus mensajes de conciliación y armonía. Pero también, los yucatecos supieron devolver, con la nobleza que les caracteriza, ese amor incondicional que se le demostró al Caminante de la Paz y Esperanza a lo largo de los dos días de su permanencia en tierras del Mayab. Seguramente, cada individuo que estuvo en presencia del Papa ese mes de agosto de 1993, ha mantenido vivo el recuerdo de esos momentos en lo más profundo de su corazón. A continuación, una remembranza íntima de esa visita histórica que, más que un recuerdo, es un testimonio vivo de amor y fe.

Todo empezó con una foto que apareció en un periódico local durante la segunda visita que realizó el Santo Padre, Juan Pablo II a tierras mexicanas. Se trataba de un niño chiapaneco vestido con traje regional polaco. En la imagen, la criatura asomó sentada en una esquina de la explanada donde celebraba la Misa el Papa. Lo primero que vino a mi mente fue: “¡ Boze moy (Dios mío), no puede ser! ¿Será que ese niño tenga realmente sangre polaca?” Tan impactante fue para mí esa imagen que se me quedó grabada durante mucho tiempo.

La confirmación de la tercera visita del Sumo Pontífice a México, el décimo sexto fuera de Italia y la primera a Yucatán, me llenó de una emoción indescriptible. El Papa peregrino, el Papa amigo, el Papa polaco ¡en Mérida! Y ¡Zaz! Reaparece la imagen del niño vestido de polaco pero... ¡con cara de mi propio hijo! Inútil de quitar la imagen de mi mente. Inútil de dejar de pensar en los abuelos ya fallecidos, que convivieron con el Padre Karol y posteriormente, con el Obispo Wojtila. Inútil de dejar de ver el rostro de mi abuelo Konstanty, con sus bellas facciones eslavas, sus ojos azules de mirada penetrante y la dulce sonrisa de complacencia, cada vez que miraba una foto de su Santidad. El parecido era impresionante. Y la abuela... la típica abuelita polaca que asiste diariamente a dos misas y que vive por y a través de su profunda fe católica. Gracias a ella, aprendí a valorar las cosas sencillas de la vida y a conocer con más profundidad mi propia fe cristiana. La mente me empezó a engañar con imágenes de los abuelos, entremezcladas con las de mis hijos y las del Papa. No me dejaban en paz.

La persistencia del estado de confusión resultó en una idea descabellada... conseguir que mis hijos le dieran la bienvenida al Papa a su llegada a Yucatán. Total, a diferencia (según yo) del niño chiapaneco, ellos tienen sangre polaca y tenían conocimientos del idioma materno del Papa.

En todo momento, el objetivo del cometido fue muy claro: Agasajar al Papa según las tradiciones de su Polonia natal por medio de un encuentro con tres niños yucatecos de origen polaco. El gozo que experimenta el Santo Padre en presencia de los niños es palpable y el detalle brindaría una oportunidad más, para demostrar el cariño que abrigamos hacia su persona y nuestro aprecio hacia su labor apostólica.

Después de darle muchas vueltas al asunto, comenzó a concretarse una idea razonable. La propuesta sería que tres niños yucatecos de origen polaco, vestidos a la usanza propia a los habitantes de Cracovia, recibieran al Papa con el saludo tradicional polaco, Niech bedje pochwalony Jesus Chrystus .*

Pero, ¿Dónde empezar? Comenté mi inquietud con unas cuantas personas y casi todas consideraron que la misión era más que imposible. “El cuerpo de seguridad del Papa es sumamente rígido”, “El itinerario del Papa estará ciertamente muy cargado”, “¿Dónde, cómo y con quién lo vería?”, etc, etc. Los comentarios e incógnitas, en vez de desanimarme, me impulsaron a ponerme a la altura del desafío.

Contaba con el apoyo moral de tan sólo tres personas y un entusiasmo descomunal. Pero más importante aún, estaba convencida del propósito y contaba con una fe abrumadora en mi misión.

Al que llama se le abre, El que busca, encuentra. Armada con esa fe incansable, emprendí un peregrinaje por caminos desconocidos hasta ese momento. Muchas puertas se cerraron, pero muchas más se abrieron. La búsqueda infatigable resultó en la dicha de conocer a infinidad de personas y personajes de nuestro medio eclesiástico de manera personal. Aunque el recibimiento inicial fue reservado, se pudo constatar que el anhelo de hacerlo sentir como en su casa a este Papa admirable, fue el denominador común de los encuentros. En todo momento se percibió una tranquilidad eufórica, un fervor apasionante y una disposición de entrega total a la tarea de ofrecer a Juan Pablo II un ramillete más, para su jardín de experiencias inolvidables.

Después de varios meses de avances y retrocesos, desilusiones y alientos, el viaje en la montaña rusa emocional se detuvo... y pasó lo que tuvo que pasar: la aprobación de la propuesta. Tres niños yucatecos de origen polaco-estadounidense, saludarán al Papa en polaco...* ¡Alabado sea el Señor!

Lo demás es historia. Todo Yucatán se vistió de gala para festejar con júbilo a nuestro huésped distinguido, nuestro hermano y amigo, el Papa peregrino, Juan Pablo II. La presencia del Caminante, el de la Paz y la Esperanza , hizo resplandecer como en tiempos antiguos, los caminos blancos de esta tierra ancestral. Nos dejó su testimonio de amor incondicional exhortándonos, con esa mirada cristalina y penetrante, a vivir nuestra fe de una manera activa y comprometida. Y nos manifestó, con esa dulce sonrisa de complacencia y sabiduría que habíamos cumplido nuestra misión a su total agrado.

El Papa ha muerto. Pero aún en la muerte supo convertir la tristeza en gozo para el bien de la humanidad. ¡Alabado sea el Señor!

 

 

Alicia Jankiewicz-Castellanos, M.A., es Directora del Departamento de Lenguas y Programas Internacionales en la Universidad del Mayab, Mérida, Yucatán.




 

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