Universidad Anáhuac Mayab

El sentido de unsinsentido

Publicado en: 19 de Junio de 2006

Pese a que algunos filósofos sostengan que la única muerte que importa es la de la persona amada porque la densidad de la muerte sólo se compulsa en su hondura desde la supervivencia personal al lado del lecho mortuorio de quien amamos, otros filósofos piensan (y estoy con ellos) que la muerte personal también es un dato y se compulsa desde nuestra propia vida.

La muerte es un horizonte ineludible y el hecho de que sea lejano no lo hace, por eso, menos real, tangible e impactante. Es un concepto pero conceptualizar la muerte es también asumirla y no de manera anticipada sino actual: vivimos porque morimos por eso puede decirse que la muerte es una experiencia vital y nadie negará que las experiencias más importantes que tenemos no son las sensaciones sino las acciones que resultan de nuestras ideas y es que actuamos en función de nuestra muerte personal, no sólo por causa de la muerte ajena. Evadirla es un recurso ingenuo y pese a sus elucubraciones, más o menos sutiles o burdas, el optimismo de Leibniz, el evolucionismo de Theilard de Chardin y la negación sistemática del Marxismo, son ingenuidades al pretender que el fracaso y el mal (la muerte es el mayor fracaso y el peor mal) están o contemplados en la Providencia Divina que de ellos saca mayores bienes, o un desperdicio necesario en un proceso evolutivo que llegará a una perfección o la antítesis indispensable para una dialéctica que culminará en una síntesis superadora.

La filosofía, en diferentes formas, ha contemplado la muerte como un problema y como tal ha de tener solución (porque lo insoluble no es problema) y por eso la racionaliza para hacerla “aceptable” con lógica. Pero la muerte es más que un problema: es un misterio y en ese momento el asunto adquiere una densidad metafísica impenetrable al discurso más lúcido: el telón de fondo del ser es siempre el Ser, aquella potencia ontológica de la que procede toda existencia.

La muerte, mirada cara a cara, es también la epifanía del rostro: el rostro de Aquel que nos ha dado identidad de hijos. La muerte sólo puede ser abordada desde la óptica de la fe porque es misterio más que problema y porque la filosofía no consiste en armar silogismos preciosistas.

¿Por qué tenemos conciencia de la muerte y de tal forma que toda nuestra existencia, asumida como tal, tiene que ver con el hecho –indiscernible pero siempre inminente- de que dejaremos de existir? No ha de ser por nada ya que la hipótesis del azar es más lacerante que el determinismo más férreo. Tenemos la conciencia del horizonte fatal porque tenemos capacidad de remontarlo. La apertura a la trascendencia no es un arcano ocioso como un Tiresias más necio que ciego si no hubiese un futuro sobre el cual profetizar.

La muerte es cifra de la vida pero no sólo de la terrenal en la que impacta tanto su conciencia, sino de la otra, aquella de la que no tenemos más argumento que la misma muerte –la propia y la ajena- ya que sería lamentablemente inútil tener conciencia de la muerte si sólo fuese un agotamiento como el de la planta y el del animal que por eso no la tienen ni la necesitan.

Nuestra condición de espíritu encarnados se revela, milagrosamente, en la paradoja de tener que morir: romperse la estructura de la encarnación ordinaria para rescatarla más tarde en forma extraordinaria.

Por eso fuera vana nuestra fe, como predica el de Tarso, si Jesús no hubiera vencido a la muerte. Tenemos que morir para que adquiera su sentido el vivir realmente en la resurrección.

No comparto, pero puedo entenderla, la desesperación del ateo para quien el horizonte fatal, es el último término: ¡qué desasosiego el de una vida condenada irremediablemente a la nada!

Pero el creyente, yo soy uno, sabe que la muerte es un misterio y éste sólo se ilumina por la fe. Por eso ya no es un problema desesperante al que se ofrecen soluciones más o menos ingeniosas pero, de todos modos, ingenuas.

La muerte si se enfrenta desde la perspectiva de la fe, tiene sentido y un sentido doble: hacia atrás y hacia delante pero justificante en ambos.

“Para morir nacimos” es una fórmula que podría leerse como el acabamiento y ya. Pero también puede leerse en clave trascendente: para vivir más allá es que morimos.

 

Centro de Postgrados de la Universidad del Mayab

Maestría en Filosofía

Módulo: Antropología Filosófica

Profra.: Mtra. Mónica Chávez Aviña

Ensayo sobre el capítulo “Fronteras de la existencia y perspectivas de la esperanza” del libro El problema del hombre de Joseph Gevaert

Presentado por Lic. Javier Otero Rejón

Mérida de Yucatán

 

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