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¿Estancamiento político a raíz de la democracia, o estancamiento democrático a raíz de nuestra polít

Publicado en: 19 de Junio de 2006

En el marco de la euforia septiembrera –que dura hasta buena parte del mes de octubre-, y sólo por respeto a los muertitos se nos olvidad un poco, para reaparecer con el bombo y platillo de las fiestas revolucionarias del mes de noviembre, de banderitas y foquitos que adornan las principales calles, de papelitos tricolores pisoteados en las discotecas y bares atestados de jóvenes –y sin duda algunos viejos- patriotas de tequila y tacos, que al unísono del ¡Viva México!, ¡Viva!, se unen a la celebración de los ciento noventa y tantos años de vida independiente en nuestro país, convendría hacer un ejercicio real de reflexión sobre el camino que ha tomado nuestro México independiente, pero sobre todo, nuestro México democrático.

Si bien la expectación general motivada por las elecciones federales del 2000, llevó a muchos a pensar que finalmente el país completaría su transición hacia la democracia con la elección de un candidato de oposición, que dejando atrás décadas de totalitarismo se preocupara por implementar una política de cambio enfocada al sano desarrollo nacional; lo cierto es que muy lejos del cambio , la democracia en México sigue siendo un ideal del corpus politicum, lejana a constituirse eficazmente como un ejercicio político vigente.

Partiendo de la concepción de la democracia como un sistema que haga posible la gobernabilidad a través de la promoción de los valores comunes de igualdad y libertad y la satisfacción de las necesidades de justicia, dignidad y estabilidad; tenemos que la democracia en nuestro país se ha quedado en una mera práctica electoral, -que sin duda ha ganado terreno en el camino de la legalidad con la creación de aparatos de control diseñados para no dar cabida a las prácticas de corruptela, y defender la transparencia en los procesos democráticos de la elección de representantes populares-, en el campo de la legitimidad aún deja mucho que desear, en tanto no se instituye todavía como un vehículo efectivo que canalice la voluntad de la nación al interior del aparato Estatal.

La desconfianza que inspiran nuestro representantes políticos desde la silla presidencial, las cámaras y los cabildos, ante los ojos escépticos de la ciudadanía nacional, impersonalizada como pueblo-objeto, blanco para la materialización de sus aspiraciones de poder, es la prueba más fehaciente del fracaso del proyecto democrático en nuestro país, que sigue luchando contra tres de los más fieros catalizadores antidemocráticos que amenazan con el desarrollo y la gobernabilidad: la corrupción, la mala administración (de aquellos que gobiernan sin el pueblo o incluso contra él) y la falta de verdadera cultura cívica en nuestro México democrático del ¡Viva! ¡Viva! y el mariachi.

No cabe duda, el estancamiento político en nuestro país ha sido el protagonista en este último sexenio, pero de ninguna forma podríamos voltear la mirada hacia la democracia como la culpable de los sinsabores de quienes “bien que mal” la llevan a la praxis. La democracia necesita de la convivencia justa, armónica y responsable tanto del aparato Estatal, como los partidos políticos y la sociedad civil, convivencia que se ha hecho imposible ante la prevalecencia de los intereses de la clase política en el poder frente a los intereses ciudadanos, dando la prevalecencia de los intereses de la clase política en el poder frente a los intereses ciudadanos, dando al traste con los ideales de justicia, igualdad y representatividad que caracterizan una verdadera vida democrática.

La entera gobernabilidad, y por tanto, el desarrollo de México, solo podrán lograrse cuando se reestablezca la confianza, pero una confianza informada, una confianza cívica , en todos los sentidos de la palabra; no sólo en los mecanismos políticos de nuestro país, sino en los actores de nuestra política, confianza que lleve al entendimiento plural y a un proyecto justo de nación en el que se pueda hablar seriamente sobre progreso democrático, y en que el todo sea verdaderamente la suma de sus partes.

 

 

Próculo Apuleyo Justiniani III es el seudónimo de Gabriela Baeza Bastarrachea, Alumna del 10° semestre de Derecho de la Universidad del Mayab. Su correo electrónico es: [email protected]

 

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