Universidad Anáhuac Mayab

Padre , perdónalos… Lc 23, 34

Publicado en: 19 de Junio de 2006

Sea de cualquier forma, esto que vivimos es parte de la experiencia del pecado o, como algunos prefieren nombrarla, la experiencia del mal. Llámesele de cualquier forma. Todos la vivimos todos los días o la hemos vivido en algún momento. Quizá aún sea vívido el recuerdo de alguna grande ofensa recibida o cometida. En esos momentos de profundo dolor por el daño hecho, después de que ha pasado la ira, el coraje, la tristeza, la decepción… o cuando por fin abrimos los ojos y sentimos remordimiento y culpa, sólo queda una cosa por hacer: perdonar o pedir perdón.

Sobre eso he querido detenerme a reflexionar en esta ocasión: la experiencia del perdón. Me parece que el perdón es una de esas realidades que hoy en día nadie quiere mencionar porque interpela al alma en sus facetas menos deleitables. No existe ser humano sobre el planeta que no necesite perdonar o ser perdonado. Sin embargo, hoy no se quiere hablar del perdón o, peor aún, cuando se habla de él se le disfraza de mil mentiras que lo convierten en una característica de los débiles, una opción personal tan superficial como vestir de un color o de otro, o se presentan actitudes pseudo-misericordiosas que en realidad son acumulación de rencores sin una búsqueda abierta de venganza.

Al perdón no es al único al que le sucede esto. También sabemos que valores como el amor, la fe, la libertad, la dignidad y la vida sufren todos los días el ataque de la mentira. Estos conceptos son usados de las maneras más impropias y falsas, tergiversando su significado al gusto del orador. En pocas palabras y esperando no ofender a nadie con ellas, el verdadero significado del perdón y de estos términos se ha prostituido.

A final de cuentas, ¿qué es el perdón? El perdón no es otra cosa que la máxima expresión del amor, su grado último. Quien no conoce el perdón no conoce el amor. Pedir perdón es un acto de amor y darlo es el punto culminante del amor, su manifestación más pura. Es difícil pensar que se pueda amar más que cuando se perdona. Digo esto porque cuando no se ha ofendido o no se ha recibido ofensas, amar presenta muy pocas dificultades. De alguna manera, cuando se ama y se es correspondido no cabe otra respuesta que seguir amando y complaciendo al otro.

¡Pero cómo cambian radicalmente las cosas cuando se ama y no se es correspondido, sino que se devuelve amor con ofensas! Entonces nos sentimos heridos por la injusticia, ofendidos profundamente, doloridos en lo más íntimo. También sucede cuando correspondemos al amor de otros con injurias: tenemos remordimientos, nos sentimos indignos, nos sabemos culpables. Sólo queda una alternativa: perdonar y pedir perdón.

He ahí la magnanimidad del perdón: ¡corresponde al odio con amor! ¿Quién puede vencer a quien no se deja llevar por el odio y vence al mal con el bien, a quien sufre las injusticias orando por sus deudores, a quien pone siempre la otra mejilla, a quien está dispuesto a perdonar a sus enemigos hasta setenta veces siete? No hay amor más grande que quien perdona, es decir, ama sin ser amado.

No sólo dar perdón es símbolo de grandeza. También lo es pedir perdón. Y esto se debe a que pedir perdón también se desprende del amor: humildemente reconozco que me he equivocado y he actuado en perjuicio de alguien; reconozco que ese alguien no se merece otra cosa que mi amor y que yo no se lo he dado. Le demuestro a esa persona que la amo porque soy consciente de que no estuvo correcto lo que hice. Además, con humildad le pido que no me responda como me merezco, sino que se olvide de mis ofensas, es decir, que me ame como yo no lo hice. En palabras comunes, como dice un querido maestro mío, “es pedirle que renuncie a su legítimo derecho de venganza”. Todo y solo por amor.

La historia ficticia más bella que el hombre jamás ha escuchado es aquella del padre misericordioso. Quizá se le conoce mejor como la parábola del hijo pródigo. Es una historia que narra la vida de un padre y un hijo que encarnan la muestra más pura del amor. El hijo, después de haber despilfarrado los bienes que su padre le dio y de haberse alejado del camino que éste le había enseñado, se da cuenta de su grave error y arrepentido regresa a casa pedir piedad a su padre. Entonces el padre « le salió conmovido al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó » (Lc 15, 20). ¡El padre, que le amaba incondicionalmente, no podía hacer otra cosa que perdonarlo! Por eso debería llamarse parábola del padre misericordioso.

Una vez más se hace evidente la superioridad del perdón respecto de cualquier otra manifestación de amor. ¿Puede decir quien no es capaz de perdonar que en verdad ama a su prójimo? Imposible hacerlo sin perder el sentido. Es de esta manera como el perdón deja de ser una opción más, igual entre muchas otras, para reaccionar frente al prójimo y se convierte en la única opción verdadera. Para quienes sabemos que para entrar en la vida eterna debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, el perdón se vuelve una necesidad y un deseo ardiente.

Los católicos tenemos el mayor testimonio de amor en Nuestro Señor Jesucristo que “por nuestra causa fue crucificado”, por cuya inmolación se nos devolvió la amistad con el Padre, quien grit ó en la cruz : « Padre , perdónalos porque no saben lo que hacen ». Cristo predicó con su vida que no hay amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos y Él dio su vida para que nuestros pecados pudieran ser perdonados. Luego nos dejó un nuevo mandamiento: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. ¡Bien podríamos desprender de esta frase otra que dijera “perdonaos los unos a los otros como yo os he perdonado”!

Finalmente, quisiera enfatizar por última vez el valor que tiene el perdón en la vida del cristiano. En primer lugar, quien quiera hacer una experiencia del amor de Dios sólo tiene que acercarse al confesionario y dejarse amar por Él. Verá que saberse perdonado es saberse amado incondicionalmente. En segundo lugar, también es menester nuestro llevar esta experiencia a nuestros hermanos. Recurro para ello a la oración que Cristo nos enseñó: “Padre nuestro […] perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. ¡Qué compromiso tan grande es pedirle a Dios que nos perdone en la medida en que nosotros perdonemos a nuestro prójimo! Así pues, vivamos desde hoy el amor perdonando y pidiendo perdón.

 

 

Effy Jhoanna De Lille Basulto ( [email protected] ) es egresada del Colegio Peninsular Rogers Hall. Segundo lugar en la primera Olimpiada Nacional de Lógica. En 2004 obtuvo el Certificate in Advanced English (CAE). Actualmente es estudiante de segundo semestre de la Licenciatura en Ciencias de  la Familia.

 

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