Universidad Anáhuac Mayab

Aborto: ¿una posible solución?

Publicado en: 22 de Marzo de 2007

 

Aborto: ¿una posible solución?*

Ana Porrua.

 

El día que lo supe fue uno de los peores días de mi vida. Un inmenso vacío se empezaba en mi interior, una angustia empezó a corroerme las entrañas. ¿Por qué Dios? ¿Por qué a mi? ¿Por qué ahora? Cuando todo parecía marchar a la perfección. Si tan sólo pudiera volver al pasado y cambiar las decisiones que tomé. Si tan sólo pudiera no haberme dejado llevar por los sentimientos.  Estaba embarazada.

 

¿Cómo sucedió? Aunque no me lo crean, no tengo la más remota idea. Sólo recuerdo salir del bar acompañada, sin siquiera saber por quién. Alguien me sostenía, me jalonaba para no caerme; se detenía conmigo, me abrazaba  y me hablaba. Todo es tan confuso en mi mente. Recuerdo bastante bien la mañana del día siguiente; creo que esa imagen nunca podré borrarla de mi mente. Estaba tirada en la puerta de mi casa, eran como las seis de la mañana; Estaba semidesnuda, con la ropa llena de tierra y rota en algunas partes. Esa no era yo, era otra persona, con una vergüenza y un dolor absolutos.

 

Hoy que escribo, puedo reconocer que todo empezó mucho antes de esa noche, porque ya había tenido muchas otras parecidas, pero nunca una tan horrible como esa.

 

Mis papás trabajan desde que tengo memoria, y yo vivo casi todo el tiempo con una extraordinaria mujer que ellos contrataron para cuidarme. Siempre tuve Casio todo lo que quise, dinero, ropa, juguetes y viajes, pero siempre me faltaba algo. Había un vacío que no podía llenar, a pesar de que me esforzaba por tener todo lo que mi mente podía imaginar. Al hablar con mis amigas, ponía atención a lo que ellas tenían y hacía todo los escándalos posibles para también obtenerlo.

 

A los trece años conocí a Mónica, una amiga que vivía en las mismas circunstancias que yo, pero que aseguraba tener algo que yo no tenía. Fue con ella que empecé a salir a las fiestas de personas mucho mayores que nosotras y que ni siquiera conocía. Probe el cigarro, y me atrajo el hecho de que me hacía sentir más tranquila, menos sola. Poco tiempo después conocí el alcohol, aquello que me daría todo el valor que necesitaba para ser yo misma.

 

Claro que, despues de un tiempo, el placer no era tan grande y cada día disminuía más. Empecé a necesitar otras substancias para poder pasar el día, y llegué a tener una botella de vodka escondida debajo de mi cama.  Las mañanas del día siguiente empezaron a convertirse en pesadillas, mi cuerpo necesitaba cada vez el alcohol, las personas que me acompañaban y los lugares que frecuentaba. Aquí empecé a perder mi libertad.

 

En la escuela también comencé a tener problemas: faltas, somnolencia e incumplimiento; las excusas para no asistir a clase empezaron a agotarse; las mentiras se incrementaron por todos lados, ya no sabía a quién le había dicho qué. Todas mis calificaciones bajaron, empecé a tener materias reprobadas y mis compañeros de equipo empezaron a dejarme fuera, muchas veces los dejé con los trabajos sin hacer.

 

En la casa aún no se daban cuenta; aunque en aquel entonces pensé que era lo único bueno que me pasaba, hoy reconozco que me hubiera gustado que sí lo hicieran, quizás me hubiera detenido. Ellos, siempre trabajando para darme una vida mejor, en la que tenía todo, todo, excepto una compañía, un amigo o alguien que me dijera: por favor detente. Las cosas se iban a poner peor.

 

Empecé a salir todas las noches a distintos bares de la ciudad, y no podía dejar el lugar, a menos que alguien fuera cargándome hacia afuera. Me sentía protegida por esas personas, una absoluta libertad de hacer lo que me diera la gana y de hacer con mi vida lo primero que se me ocurriera. Probé de todo lo que me ofreciera; era una sensación de control absoluto de mi vida, incluso podía quitarme la vida, si así lo deseaba… y varias veces los pensé.

 

Conocí a muchos chavos mucho mayores que yo; experimenté nuevas sensaciones, sustancias que me llevaban al límite y las profundidades más  abismales del sexo. Pero, con todo eso, las mañanas siguientes siempre eran insoportables. Sólo me encerraba en el baño esperando que el agua de la regadera expiara toda esa suciedad en mi alma. No sentía amor, ni por mí ni por nadie, y en lo que a mí respectaba, prefería estar muerta. El límite en el que me encontraba, me hacía pensar que una de esas noches, ya no despertaría.

 

Así es como llegué a descubrir que llevaba una vida en mi vientre. Un mes después de aquella impresionante noche, que pudo haber sido la última, una pequeño tubo plástico y un color azul, me decían que había dado el paso final, mi sentencia estaba dictada: me enfrentaba a mi maternidad o la negaba para siempre: tenerlo o abortar, enfrentarme a todos, o a mi misma. Es la peor encrucijada que he tenido frente a mi: la vida o la muerte, y tenía que decidir.

 

Mónica me planteó la alternativa con lujo de detalles; ella ya la había experimentado dos veces: una señora me provocaría el aborto. Aún con toda la gran experiencia que ya tenía en la vida, no sabía nada de esos procesos. Había escuchado mil versiones, quinientas a favor y las otras en contra. Pero no se trataba de argumentos, era mi vida y la de un ser que continuaba creciendo en mi interior. Les digo que una cosa es escucharlas esas palabras y  otra muy diferente, es sentirlas y experimentarlas en tu conciencia.

 

Por un lado estaba toda la sociedad, lo que pensarían de mí, una niña de 15 años, con una barriga que no podría ocultar la verdad. Estaba segura que yo no era capaz de cuidar a un niño, ni siquiera podía cuidarme a mí misma. Por otro, estaba un pequeñísimo destello: quizás era el camino para salir de ese remolino de cosas que me sucedían y que me estaban arrastrando a la muerte. A la hora de la verdad, ¿tendría el valor para también matarlo a él?

  

Algo pasó inesperadamente. El recuerdo de una persona que había sido bueno conmigo, siempre me preguntaba que cómo estaba y trataba de incluirme en todas las actividades que hacía. Quizás él podría decirme qué hacer, aunque también me daba miedo decírselo, por la vergüenza y lo que iba a pensar de mi. Decidí hacerlo, era la única persona que pude recordar en los momentos finales: el Padre Carlos.

 

Desde que llegué a la iglesia, supe que era la decisión correcta, pero también me preguntaba: ¿cómo había llegado hasta ese día y hasta ese lugar? ¿cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de todas las consecuencias de mis actos? ¿porqué dios no me había detenido antes? ¿dónde estaban todos mis amigos? ¿dónde estaba esa adolescente rebelde que todo lo sabía? Al final, sólo estaba esa chiquilla asustada, llorando, haciéndose mil preguntas y con un posible hijo a cuestas. Deseaba, con todas las fuerzas de mi alma, que aquello fuera una pesadilla y que me pronto me levantaría en mi cama, borrándose todo… pero no fue así.

 

No recuerdo todas las palabras que le dije al Padre Carlos en mi confesión; recuerdo que lloré mucho y que un profundo dolor me abarcaba todo mi interior. El Padre no dijo nada. Cuando me callé, él salio de su lugar, se dirigió a mi, me levantó y me abrazó. Noté que él también había llorado. Recuerdo una sola frase que salió de su boca: “Gracias por haber venido, Dios nunca te ha abandonado y no lo hará en este momento. La vida es el más bello regalo que Él te ha dado y espera que hagas lo mismo”.

 

Cuando el Padre Carlos me soltó de aquel abrazo, yo ya no era la misma. Una inmensa tranquilidad y paz llenaron mi cuerpo. Las miles de preguntas habían sido contestadas y un nuevo camino se abrió ante mi. No sabía lo que estaba pasando, pero acompañada del Padre, me dirigí a la casa, con la decisión de decírselo a mis padres y afrontar todo lo que viniera. Contrario a lo que pensé, mi padre y mi madre también me  abrazaron y me ofrecieron toda su ayuda para que mi hijo naciera.

 

Hoy tengo 20 años, y Sara tiene cuatro. Con el amor de Dios en mi corazón, el apoyo de mi familia y los consejos del Padre Carlos, he podido darle a mi hija todo lo que la vida me ha permitido darle: una madre. Actualmente salgo con Javier, de 24 años, quien adora jugar con Sara y llevarla a donde quiera que vayamos. Soy feliz y nunca había pensado en esa posibilidad.

 

Hoy que escribo, me pregunto qué habría sido de mi vida si Mónica me hubiera convencido. Y una pregunta final me queda en el pensamiento: ¿Es realmente el aborto una solución? Si la respuesta que hoy doy, puede servirla a otra chica, tómenla, tener a mi hija es lo bello que ha pasado. Hoy comprendo que lo que me pasó pudo haberme destruido para siempre, pero se ha convertido en algo que le dio sentido a mi vida.

 

* Los datos y personajes en el texto son ficticios, pertenecientes a una construcción de historias y testimonios reales.

 

Ana María Porrúa es alumna del octavo semestre de la Licenciatura en Comunicación con pre-especialidad Organizacional en la Universidad del Mayab.Su correo electrónico es: [email protected]

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