Universidad Anáhuac Mayab

Mi padre y el valor de la vida.

Publicado en: 15 de Mayo de 2007

Mi padre y el valor de la vida.

Por Ana Porrúa

 Quisiera que mi padre nunca leyera esta historia. Imagino que si lo hace, llorará de tristeza o tendrá mucho coraje hacia mi. También temo defraudarlo con mis palabras y  tengo miedo de que nunca más vuelva a hablarme. Sin embrago, él mismo me enseñó a mantener y defender mi punto de vista. A lo largo de mi corta vida, lo he visto luchar y defender sus posiciones, incluso a costa de su propia salud y bienestar. Aprendí que, si quieres llegar a saber lo que Dios tiene destinado para ti, debes luchar, defender tus ideales y mantenerte, aunque esto implique el rompimiento con una de las personas que más admiras en la vida.

A lo largo del trayecto, vamos conformando una imagen, real o distorsionada, de la figura paterna; a veces para bien, pero otras para atormentarnos y no saber porqué no podemos encontrarnos. No entiendo por qué las personas, al no compartir sus ideas, tienen  que romper sus relaciones y, a veces, separarse por siempre; tampoco comprendo que las distintas ideologías nos lleven a causar muerte y guerras entre la gente. Quizás esta historia de mi padre es el primer enfrentamiento con mi propia ética y mi primer entendimiento del supremo dolor de defender lo que creo.

Por las distintas historias y versiones que he escuchado de la vida de mi padre, siempre pensé que tenía una idea clara y objetiva de quién era él. Supe que sus padres, después de una vida de opulencia, tuvieron que huir de España; llegaron a México cargando con un gran baúl de ideales y sueños interrumpidos. Fue así como comprendí que mi padre era el producto de una era de cambios y conflictos mundiales. Esto me permitió tener una idea de su capacidad de lucha por recuperar un paraíso perdido. Siempre lo admiré por eso y soñé ser como él, cuando fuera grande… hasta hoy.

Escuché muchas veces que para sus padres no fue fácil contar con un hijo tan inquieto como él. Accidentes, peleas y conflictos en la escuela, con los amigos y con su propia familia. Parecía que él mismo buscaba los extremos de la vida; siempre oscilando entre la vida y la muerte, la felicidad y la agonía, el dolor y el placer; parecía que esos caminos lo mantenían vivo. No tuvo una adolescencia normal, más bien turbulenta, que fue marcando sus posturas ante la vida. Aunque lo entiendo racionalmente, me produce un profundo dolor porque quizás eso es lo que nos ha separado.

Me contaron que un día conoció a mi madre, una mujer impetuosa como él, aunque más por rebeldía que por el hecho mismo de experimentar. Según me dicen, ese día él encontró uno de sus más bellos caminos. Pero ambas familias no aprobaron la relación;  el conflicto se incrementó en la joven pareja, haciéndolos girar hacia un horizonte de carencias y sufrimientos, pero dispuestos a vencer. Con las manos vacías y el corazón apasionado, decidieron casarse a pesar de toda inconformidad existente. ¿Cómo vivirían?, sería una pregunta que no querrían hacerse.

Conforme transcurría el tiempo, la perseverancia de mi padre y la entrega de mi madre fueron la fórmula para levantar la una familia. No exagero al decir que diez mil infiernos vencidos son la prueba de que mis abuelos estaban equivocados, aunque aún siguen sin reconocerlo. Treinta y un años después, y con cuatro hijos que han empezado a vivir en forma independiente, podría hacernos concluir que ese matrimonio es una historia de éxito, lo suficientemente sólido como para mirar hacía atrás y sonreír. Pero hoy comprendo que ése no era el principal sueño de mi padre.

Él soñó con el éxito, la riqueza y una salud impecable, a pesar de sus cajetillas diarias de cigarros y los vicios innombrables de su juventud. Amargado por una enfermedad que le carcome los huesos, se siente sólo y vacío; piensa que todo lo logrado, no ha sido suficiente, que algo ha faltado. Está enojado con la vida. Hace tres días, en una conversación casual, mi padre dijo que, cuando llegue el momento en que su vida no pueda seguir en las mismas condiciones, desea que le ayudemos a morir dignamente. Cree firmemente que su vida no ha valido la pena, y menos cuando ya no pueda valerse por sí mismo. Aquí es donde su camino y el mío se separan sin remedio.

Cuando él soltó esas palabras, me vino a la mente el recuerdo de mi niñez; yo era su consentida, pero solía molestarme con la idea de que yo, al ser la más pequeña, estaba destinada a ser su cuidadora cuando él estuviera viejo. Una lágrima rodó por mi mejilla, y después otras tantas más. No lloro por una pérdida próxima, sino por una indignación ante la mirada de un padre defraudado por la vida, alguien que me había dado tanto, y se quedo con nada para él. Lloro porque quien le dio sentido a mi vida, perdía el sentido de la suya; porque aquél que me recordaba que el futuro no estaría listo para alguien como yo, sentía que el presente no valía para alguien como él.

Nunca pensé sentirme tan ofendida ante semejante deseo. No le importa lo que él representa para nosotros, y todavía quiere que le ayudemos a morir. Anoche, una nube de recuerdos me vino a la mente, razón por la que hoy escribo esta historia. Todo lo que yo he visto en mi papá, tantos logros y éxitos, desfilaban ante mis ojos como ideas que se esfumaban sutilmente. No comprendo porqué, si yo siempre lo consideré un héroe, él ahora me pedía totalmente lo opuesto, que mate a una de las personas que más amo y me pide que lo haga sin remordimiento.

Creo estar preparada para aceptar la muerte cuando Dios así lo disponga, pero es una cuestión muy distinta el que uno mismo quiera decidir sobre la dignidad en la vida o la muerte. Esto último es lo que más me enfurece.

Los días han transcurrido, y hasta ahora no ha ocurrido ningún cambio, pero vivo con el temor de que llegue el día en que mi padre vuelva a decir que su vida ya no vale la pena, sobre todo porque yo no puedo dejar de pensar en lo contrario.

Ana María Porrúa es alumna del octavo semestre de la Licenciatura en Comunicación con pre-especialidad Organizacional en la Universidad del Mayab.Su correo electrónico es: [email protected]

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