Universidad Anáhuac Mayab

Motivación intrínseca como factor de éxito académico

Publicado en: 03 de Julio de 2007

  

MOTIVACIÓN INTRÍNSECA COMO FACTOR DE ÉXITO ACADÉMICO

Alicia Jankiewicz-Castellanos

Eugenio llegó a la universidad lleno de sueños e ilusiones, decidido a estudiar una carrera que le cambiaría la vida. Quería ser Médico. Quería superarse y quizás más importante aún, quería forjar una identidad propia en un contexto profesional.  Era un joven reservado, de pocas palabras y algo introvertido. No obstante, su gentileza y amabilidad se hacían patentes gracias a una amplia y cálida sonrisa. Se expresaba con voz templada, de manera serena y segura. No era un alumno brillante. Sin embargo,  la constancia en el estudio le permitió gozar de una beca académica en la universidad.

La desintegración familiar caracterizó los años formativos del joven. Era el menor de tres hijos de un matrimonio fracasado. Sus papás vivían separados, y el niño pasaba la mayor parte del tiempo con su mamá, una mujer que sufría de depresión crónica. Su progenitor habitaba con otra mujer y lo recibía por periodos cortos. La hermana de Eugenio formaba parte de un matrimonio desastroso; sufría maltratos de todo tipo. Su hermano levantaba pesas y gracias a sus logros deportivos, pudo establecer su propio negocio: un gimnasio de fisicoconstructivismo.

La situación de su entorno familiar pesaba mucho sobre él. Sin darse cuenta, fue asumiendo la figura de protector y se hizo responsable de ella. Ayudó a su hermano en el gimnasio durante varios años; dividía su tiempo entre la universidad y el trabajo. Eugenio también se las arreglaba para hablar con su hermana y auxiliarla cuando ésta era víctima de los arranques  coléricos del esposo. El joven mantenía una relación estable y tranquila con su mamá. Procuraba animarla y no causarle angustia para evitar que cayera en la depresión, enfermedad que le aquejaba desde que él tuvo uso de la razón. En este ambiente adverso, Eugenio se había convertido en la columna vertebral de su familia, sosteniéndola en momentos de crisis y facilitando el soporte necesario para mantener a cada uno de sus miembros en un estado de equilibrio.

            Aunque los estudios y los problemas familiares de Eugenio lo acongojaban, él tenía uno adicional, el idioma inglés. Según los resultados obtenidos en el examen que se aplica a alumnos de nuevo ingreso, había logrado una calificación ínfima en conocimientos del idioma. Tan pobre fue su desempeño en la prueba, que fue ubicado en un curso propedéutico, mismo que se exigía a alumnos que no alcanzaban la calificación mínima para entrar al curso del primer nivel.

            El recorrido de Eugenio por el Departamento de Inglés fue un martirio. Repitió el primer nivel una vez, cursó el cuarto tres veces y el quinto y sexto dos veces. No obstante, a la mitad de la travesía, un maestro del departamento le ofreció asesoría gratuita.  Aunque seguía reprobando,  empezó a sentir más confianza en sus clases. A pesar de la ayuda, el último nivel lo llevó al límite de la desesperación; lo cursó pero lo reprobó. Se presentó el gran problema de la liberación del idioma inglés, requisito que le faltaba para recibir su carta de pasante. 

El día que se publicaron las calificaciones, Eugenio llegó a la oficina de inglés triste y frustrado, pero, como siempre, cordial y respetuoso. No dejaba de insistir: 'No sé qué me pasó, estudié todo, estaba preparado. Eventualmente, el Director de la Escuela de Medicina se puso en contacto con el área de inglés para comentar la situación de Eugenio; él mismo lo había promovido para realizar su Servicio Social en el mejor hospital de la capital del país.  Ya lo habían aceptado. Lo único que faltaba era añadir la calificación de inglés a su historial.

Las autoridades involucradas en el caso Eugenio se reunieron. No era cuestión de pasarlo o regalarle una calificación. Se estuvo de acuerdo en su dedicación, determinación, responsabilidad, tenacidad, perseverancia y motivación intrínseca, durante toda su carrera. Se tomó la decisión de dejarlo presentar el examen en una segunda oportunidad. Esa vez, contestó todas las preguntas de manera oral. Y lo aprobó.

            Actualmente, Eugenio se encuentra terminando su Servicio Social en un hospital de gran prestigio. Cuenta su Director que está en una situación privilegiada, más allá de todos sus compañeros. Sus colegas lo respetan y acuden a él para atender sus opiniones. Los pacientes lo aprecian por su trato profesional y humanista.

Al escribir esta historia me preguntaba: ¿Cuál fue el motor que impulsó a Eugenio a vencer todos los obstáculos? Definitivamente, no creo que haya sido una sola causa, sino más bien la combinación de múltiples situaciones que lo obligaron a encontrar fuerzas interiores que  él mismo desconocía. Quizás se dio cuenta que no quería repetir la historia de una vida familiar disfuncional; o quizás no quería siempre ser la fuerza que sostuviera a otra persona, ayudándola a alcanzar sus objetivos de vida. Eugenio quería su propia vida. Eugenio quería SER Eugenio. Este año él regresará para recibir su título de Médico Cirujano. Y yo me pregunto: ¿será que esa motivación intrínseca pueda ser modelada por otros muchachos universitarios?  ¿Existen patrones motivacionales que impulsan a este tipo de estudiantes más allá de lo predecible? ¿Cuántos otros Eugenios existen en nuestras aulas que necesitan un voto de confianza? No lo sé. Pero hoy escribo esta historia, para dejar constancia de una persona que hizo realidad sus sueños, que sin duda, cambiarán su vida.

 

Alicia Jankiewicz-Castellanos funge como Directora del Departamento de Lenguas de la Universidad del Mayab. Estudió Lenguas Modernas en E.E.U.U., Suiza y Francia. Actualmente, está estudiando un Doctorado en Ciencias de la Educación.  [email protected]

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