Universidad Anáhuac Mayab

Nadie sabe de lo que es capaz, hasta que lo intenta.

Publicado en: 05 de Marzo de 2008

  

Nadie sabe de lo que es capaz, hasta que lo intenta.

Elda María Fernández Vargas

 

Tuve la suerte de recibir una gran inspiración que me permitió ver la vida de otra forma; aunque en su momento, me pareció una tragedia (y realmente lo fue), Dios me permitió pasar, en un solo día, de una joven que no sabía del dolor, de la tristeza infinita y del miedo a la muerte, a alguien que aprendió a conocer el gran valor que tienen las pequeñas cosas de la vida y, en especial, el valor de la familia. En aquel momento sentí realmente que  moría, me pregunté, en un muy pequeño lapso de tiempo: ¿Por qué yo Señor, que siempre he sido muy buena hija, hermana y persona?.

 

Realmente no entendía lo que pasaba y, aunque ya tenía un momento previo de cercanía con la muerte, porque a mi madre la habían operado del corazón un año antes, ese día comprendí que: aunque amemos con locura a nuestros padres, no hay amor más grande que el que se puede tener por un hijo. Mi corazón no entendía cómo podía ser esto, si ese bebé, tan sólo tenía un día de nacido, ¿Cómo podía sentir tanto dolor si tan sólo, lo había tenido en mis brazos unas cuantas horas?.

 

Dios y la vida me dieron la respuesta. Viví casi 30 días en un hospital donde había todo tipo de gente, desde la más pobre, hasta gente muy rica; convivimos como hermanos, unidos por el dolor y la oración. Los que teníamos niños en terapia intensiva, no nos podíamos ir, tenía que estar un pariente las 24 hrs. del día; dormí en el piso en un sleeping-bag, y aún así yo era muy afortunada, porque las mestizas dormían encima de papel periódico. 

 

Tampoco olvido que estaba al lado de los niños que recibían diálisis. Fue algo durísimo  pues, si en un adulto es espantosa, en bebés y niños, lo es aún más. A esos niños les llevaban sándwiches para comer, por parte de la clínica, y sus madres lo único que comían era,  las orillas del pan que ellos dejaban. 

 

Me tocó también conocer la discriminación. Cuando a mi esposo y a mi nos daban el parte médico, el cual a veces era alentador y otras tantas  no, nos lo daban con mucha educación;  pero cuando se lo daban a una persona humilde, era en forma poco educada y muy dura. En fin, me tocó conocer los grandes contrastes de la vida, a los cuales yo nunca me había enfrentado.

 

Pasaron  20 días y remitieron a mi hijo a piso; estuve ahí como 10 días más. Me tocó, ver la muerte de dos bebés y el dolor de sus madres; tanto que, cuando uno está ahí, el dolor se vuelve propio.  De igual forma, cuando no había dinero para enterrarlos ni para sacarlos de la clínica, ví la solidaridad con la que todos cooperaban, no importando, si eran ricos o pobres, todos daban lo poco o mucho que tenían.

 

Uno de los días más hermosos de mi vida fue cuando a mi hijo lo dieron de alta. Tardé un año en recuperarme, el año que él tardó en realmente empezar a vivir. Hubo una segunda operación, fue un período verdaderamente duro; sin embargo, fue el año que cambió mi vida, ya que aprendí: que se puede vivir con esperanza, y que ésta vence el dolor, la angustia, la depresión y la desolación.  Empecé  a tener la certeza de que, al final de todo esfuerzo, se alcanza el objetivo; que la verdadera amistad existe, que se puede encontrar el camino y que, después de todo, todo saldrá bien. No importó para mí no tener un peso, porque todo el dinero se iba en medicinas, tratamientos y comida especial; aprendí que lo más importante es la salud, y que lo material está demás.

 

Mi hijo me enseñó a vivir. Al experimentar sus ganas de vivir y su lucha constante a favor de la vida, me contagió de su fuerza. Aunque era un bebé, me enseñó a ser fuerte, a encontrar una fuerza que jamás pensé tener y que ahora sé que tengo; desde ese momento, me acompaña todos los días en las decisiones que tomo y en la forma de enfrentar la vida.

 

Aprendí a no desperdiciar los alimentos, las cosas, el tiempo, a dar un verdadero sentido a todo lo que vale la pena, dedicarle tiempo a mi familia, por sobre todas las cosas, a estar pendiente de mis amigos, y a tratar de ayudar a mis compañeros. Esto no quiere decir que siempre lo logre,  hay gente que no es sensible a ello, sin embargo trato de que esto no me afecte.

 

Actualmente tengo una familia muy hermosa, dos hijos, ese bebé, es hoy un niño de 11 años; la niña de 9 años y un muy buen esposo, además de un trabajo que disfruto, todos los días.

 

Podría decir que en este momento me siento realizada y plena, pero también sé que  no es permanente. No puedo decir: hoy ya realicé todo lo que debía, porque cada día es distinto; como mamá, mis hijos cada día enfrentan un nuevo reto; mi esposo, también  en su trabajo, y yo en el mío. Es un proceso continuo, donde no puedo decir "ya lo sé todo", porque todos los días puedo romper un paradigma anterior, para hacerme uno nuevo, que permita que mi entorno sea cada vez mejor.

 

La vida siempre tiene cosas buenas y malas a las que nos vamos enfrentando. Actualmente tomo una maestría que ha venido a cambiar la estructura de la vida familiar y la del trabajo, porque implica un cambio de rutina para mi y para mi familia; requiere más tiempo dedicado a mi persona y menos a ellos, pero tengo que lograr adaptarme a mi momento actual, a mi "aquí y  ahora". No se qué va a pasar, pero debo ser mas creativa con mi tiempo y mi entrega; lograr que los momentos que pasemos juntos sean valiosos, únicos y de mayor calidad.

 

En estos momentos entiendo que voy por el camino de la autorrealización; me considero una persona congruente, soy lo que muestro, pero aún tengo mucho por hacer. Tal vez tengo que trabajar más como esposa, madre y maestra. Ahora entiendo que la vida nos regala muchos momentos cumbres, que debemos aprender a reconocer, por que a veces pasan y nunca más vuelven.

 

Al ver mi vida en retrospectiva, comprendo que aquel día que entré al hospital con mi hijo, pudo ser el peor de mi vida; pero hoy entiendo que fue mi gran oportunidad de ser mejor.  Fue un momento cumbre que me marcó para siempre y gracias al cual hoy soy mejor ser humano. Abrí los ojos cuando llegó y aprendí a ser mejor madre y mejor persona. Si hubiera un sólo  consejo que se me permitiera dar al que lea este artículo sería: Cuidado, la vida puede llamar a tu puerta una vez y si estás dormido o enojado, no aprenderás la lección: nadie sabe de lo que es capaz, hasta que llega el momento y lo intenta.  

 

 

Elda María Fernández Vargas nació en Mérida y es Ingeniero en Sistemas Computacionales  por el Instituto Tecnológico de Mérida. Actualmente cursa una Maestría en Docencia en la Universidad Patria. Se desempeña como Secretaría Académica de la Sección de Preparatoria del Instituto Patria y es maestra de Matemáticas de la misma sección.  [email protected]

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