Universidad Anáhuac Mayab

Presidencialismo mexicano, realidad actual.

Publicado en: 04 de Julio de 2008

Presidencialismo mexicano, realidad actual.

Por Mario A. López Irigoyen*

Creo que no es posible vivir sin ideal, ni religión ni sensación de porvenir. Los hospitales estarían llenos de locos.                                                 

Arthur Miller

Nos encontramos en la medianía del año 2008; al mando de la primera magistratura del País de la época moderna se encuentra el segundo Presidente emanado de un partido diferente al otrora hegemónico PRI; la Cámara de Diputados, y la de Senadores tienen una agenda propia de los asuntos prioritarios; no necesariamente convergentes con la del Ejecutivo; situación que provoca enfrentamientos desgastantes; muchas veces sin sentido.

La realidad del sistema político mexicano ha cambiando y sigue cambiando; inercia de múltiples factores contemporáneos internos y externos, e históricamente acumulados; situación que genera confusión en cuanto al rol y facultades de las instituciones del Estado Mexicano. En medio de la vorágine que representa el entorno asfixiante de ésta situación, me cuestiono: ¿se encuentra vigente el sistema presidencialista mexicano?.

El presidencialismo se caracteriza porque el Poder Ejecutivo es unitario. Está depositado en un Presidente que es, al mismo tiempo, Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. El Presidente es electo por el Pueblo y no por el Poder Legislativo, lo que le da independencia frente a éste. El Presidente nombra y remueve libremente a los Secretarios de Estado; ni él ni los Secretarios son políticamente responsables ante el Congreso ni pueden ser miembros del mismo. El Presidente puede estar afiliado a un partido político diferente al de la mayoría del Congreso, él no puede disolverlo, pero el Congreso no puede darle un voto de censura.

Algunas de las causas históricas del predominio del Presidente sobre el Estado Mexicano han sido que, al ser el jefe del partido dominante, debilita al Poder Legislativo en virtud de tener la mayoría, esto también somete a la Suprema Corte de Justicia; tener amplias facultades en materia económica; que los jefes del ejército dependan de él; control sobre los medios masivos de comunicación; concentración de los recursos económicos en la federación; amplias facultades constitucionales, designar a su sucesor y a los Gobernadores de las entidades federativas; y determinar la política internacional sin que exista el freno en el Senado. En fin, hay una aceptación general del papel predominante del Ejecutivo sin mayor cuestionamiento.

Pero hoy se observa que la realidad política de México es diferente. Se empezó a vivir la alternancia de los gobiernos en las entidades federativas tanto en el ejecutivo como en las legislaturas; el Jefe de Gobierno del Distrito Federal y los miembros de la Asamblea Legislativa ya son electos de manera directa por el voto popular. La aplicación de los recursos es más clara y menos discrecional. El Poder Legislativo empezó a tener un protagonismo que antes no tenía y que hoy se nota acrecentado y en franco desarrollo. En el 2000 y 2006, dos candidatos no pertenecientes al PRI arribaron a la Presidencia de la República. El sistema político mexicano se encuentra en busca de una identidad que ha perdido; ya que por un lado se tiene a un Legislativo protagónico, y por otro a un Ejecutivo mermado en sus facultades fácticas.

En principio, el Congreso de la Unión tiene la facultad de legislar, además de contar con todos los medios para estar a la par con el Ejecutivo; que si bien en la práctica no se ha hecho así, no significa que el Congreso no lo pueda lograr. Al no haber un partido único que controle las instituciones del Estado, se vive un sistema de frenos y contrapesos; pero no, un sistema presidencialista al estilo mexicano. Situación parecida se vivió en el corto período del Presidente Madero a principios del siglo XX, en el cual el Legislativo asumió el papel que le correspondía en la vida institucional de México y ejerció sus facultades.

Tal comportamiento del Congreso no debe ser motivo de alarma, al contrario; debería ser motivo de satisfacción al poder ser testigos del equilibrio real que entre los Poderes se está dando; que si bien, este despertar produce en la práctica tortuguismo legislativo, y otra serie de distracciones y complicaciones, también es cierto que, ya no un solo hombre es el que hace y deshace a su antojo lo que le plazca en el País; sino que ahora nos encontramos ante un sistema en que tres grandes partidos son los que dominan la escena política mexicana. Es aquí en donde se inician las luchas por el control del poder nacional; como resultado aparecen nuevos poderosos actores como los Gobernadores, presidentes de partidos políticos, jefes de “bancadas parlamentarias”; lideres sindicales, el empresariado y los medios de comunicación, que antes no tenían la fuerza que ahora detentan. Ante este panorama, positivo para unos y negativo para otros, en el cual se intenta esclarecer qué papel le corresponde a cada quién, se visualizan nubarrones que intentan empañar el camino que el actual sistema político está viviendo.

Es importante señalar también que antes el Ejecutivo proponía, disponía e imponía; hoy propone y el Legislativo dispone; seguramente llegará el día en que el Legislativo en tareas hasta ahora “exclusivas” para el Ejecutivo propondrá y dispondrá, y éste último solamente ejecutará, lo que hará más equilibrado y competitivo al sistema político mexicano. El Presidente está sometido a los controles de los demás poderes, si el control legislativo no se desempeñaba en el mundo de la facticidad política mexicana, no es por deficiencias de la Constitución, sino porque, los legisladores no cumplían con el deber que la misma les imponía. Al no haber un partido que controle “todo el poder”, como en otros tiempos lo hiciera el PRI; ahora no hay una sumisión total ante alguien, éste modelo ha cedido su lugar al sistema de partidos, diversificando el poder en otros actores.

Para concluir, el actual sistema político mexicano no obedece a un sistema “presidencialista”, o semipresidencialista de facto y tampoco se dirige hacia uno parlamentario; la realidad actual obedece sencillamente a la que debió permanecer siempre: “la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana de él. El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión”. Que no nos asuste que se cumpla la máxima Ley; que no nos asuste que estemos viviendo tiempos de cambio hacia mejores estadios; que no nos asuste que el pueblo mexicano esté caminando con rumbo y esté caminando bien.

*Mario A. López Irigoyen es Licenciado en Derecho por la Universidad Marista de Mérida; estudiante de la Maestría en Administración Pública en la Universidad Anáhuac Mayab; Catedrático de Teoría del Estado, y Derecho de Protección al Consumidor en la Universidad Patria; Jefe del Departamento de Asuntos Jurídicos de la Dirección de Finanzas y Tesorería del Ayuntamiento de Mérida. [email protected]

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