Universidad Anáhuac Mayab

Tres abuelos.

Publicado en: 17 de Julio de 2008

  

Tres abuelos.

Julio César Sánchez Espinoza

 

Excesos, escasa comunicación y la compañía de su compañera, han sido los tres elementos que conformaron la vida de mi abuelo. Al escuchar su vida, imagino que sólo en la vejez comprendes que: disfrutar el presente es un bello privilegio que pocos pueden darse; es asumir una actitud de dicha ante el transcurso del tiempo, cosa que mi abuelo no logró en su juventud. Con el paso del tiempo, el ser humano aprende que su travesía por la tierra conlleva enfrentar múltiples retos; si los asume, le llevan a experimentar sentimientos contradictorios con los que se autoevalúa; si los comprende, modificará su conducta y entenderá sus errores. Este es el momento en que mi abuelo Marcial se encuentra.    

Para mi abuelo, pareciera que, una vez entrada la vejez, el hogar continúa intacto, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Sin embargo las arrugas han invadido y agrietado su rostro. Él reconoce que ha pasado toda una vida junto a su pareja, pero sabe que existieron múltiples momentos que dejaron fracturas en su relación; y sabe que, si su hogar hoy está intacto, si esas fracturas pudieron salvarse… fue gracias a ella… su eterna compañera. Su único legado fue ser un hombre fuerte e irreverente, pero fiel. Mi abuelo hizo, deshizo cuanto pudo y quiso. Impuso su decisión sobre la de cualquiera otro. Decidió el nombre de cada hijo, sin darle cabida a las sugerencias de nadie. Pero mi abuelo sólo se limitaba a ser un proveedor, no fue capaz de manifestar muestras de cariño hacia sus hijos; su carácter recio le impedía acercarse amorosamente a su familia.   

Fumó durante toda una vida, algo que Ella no le perdonó, pues su ejemplo se copió en las generaciones posteriores. Aunque autoritario con los hijos y los nietos, ha ido perdiendo terreno con los bisnietos. Los pequeños han comenzado a acercarse a ese general gritón y gruñón, algo que nosotros nunca aprendimos a hacer. Llegó a lo que yo consideré un extremo: permitió que uno de ellos cabalgara a su lado, mientras paseaba por el campo, en aquel caballo que él tanto quiso. Aunque hoy lo escribo, sigo sin creerlo. Ese hombre que hoy veo no se parece a mi abuelo. Estoy seguro que estos niños crecerán de una forma diferente, porque recordarán a un abuelo distinto. Imagino incluso que algún día les contarán a sus propios hijos que tuvieron un abuelo maravilloso y contarán la historia de un hombre que yo nunca conocí.

A mi abuelo, ahora parece no importarle la vejez. Es hombre diferente y lo veo disfrutar de la vida, como nunca antes. Los bisnietos parecen saber lo que el abuelo piensa, la comunicación entre ellos es sorprendente y totalmente distinta a la que mantuvo con sus hijos y nietos. Siento que los pequeños se han hecho cómplices en los juegos, paseos y reuniones en la vida de mi abuelo. Esto lo ha llevado a otro cambio, deja de fumar cuando está con ellos. Ha sido capaz de detener sus más arraigados vicios por ellos; pareciera que una nueva vida corre por sus venas.

La convivencia en el hogar ha ido mejorando con el paso del tiempo, el Gran Jefe ha dejado de actuar impulsivamente; hoy controla mejor sus emociones. Quizás las experiencias de la vida le han hecho considerar las faltas cometidas en la familia, con su esposa, con sus hijos y con sus primeros nietos. Es mucho más considerado con las nuevas generaciones. Los acontecimientos vividos han surtido efecto, ha aprendido del pasado, ha mejorado su persona al grado de transformar su entorno. Ve la vida de manera diferente, recuerda sus irreverencias, pero se enfoca al presente, un presente que ha ido consolidando al final de su trayectoria.

Hoy el abuelo Marcial ha aprendido una lección: el tiempo trae consigo un tesoro dispuesto a compartir con los hombres que tienen la capacidad de dominar sus emociones; aquellos que, en el presente, se detienen a reflexionar de manera objetiva sobre su pasado. Son éstos los hombres a quienes, según el abuelo, el tiempo les otorga la sabiduría resguardada por la vejez. 

Se dice que sólo la vejez te enseña a ser prudente; quizás sólo ella te acerca a la sabiduría. Pero, desafortunadamente, también viene acompañada de enfermedades físicas, mentales y degenerativas. Mi abuelo, las ha librado hasta ahora, a pesar de haber llevado una vida poco sana. Pero su gran dolor no está en su propio cuerpo, sino en el de ella, su estrella y su compañera; su soporte ha empezado a resquebrajarse. Es esta la gran paradoja de mi abuelo: hoy que ha cambiado para bien de todos, la vida le proporciona también su más grande dolor. Nunca, cuando fue duro con los demás, la vida lo trató mal, hoy que decide cambiar, le pasa la factura. Hoy desea disfrutar al máximo la vida, pero la vida de su compañera se le escapa entre las manos. Marcial se enfrenta a su última y gran prueba: sufrir sin poder tomar algo para su dolor, sino aguantarlo en el silencio y en las lágrimas de ella.  

Entiendo que la vejez es el punto culminante de la vida, mi abuelo ha llegado a esta etapa. Al hablar con él, me dice que ha pasado por todos los matices de la existencia humana; ha vivido injusticias y las ha provocado; tuvo excesos y privaciones; conoció los golpes y las caricias; conoció la vida y hoy empieza conocer la muerte. Al final empieza a conocerse a sí mismo y a estabilizar sus sentidos, su vida, y su entorno.

Algunas culturas hablan de la reencarnación. Dicen que, si el ser humano no logra alcanzar sus metas en esta vida, tendrá que regresar para continuar y finalizar lo inacabado. Dicen que esto sólo lo logran los más afortunados, los justos, los mejores. Al pensar en mi abuelo, creo que él ha tenido tres reencarnaciones en esta vida: la de sus hijos, la de sus nietos y hoy la de sus bisnietos. En cada generación cambió y al final aprendió. Tuve la gran dicha de conocer a los tres. A mi me tocó el distante, pero hoy que hablo con él, para hacer este artículo, me llevo al mejor.  

¿Cuál es la lección que me deja mi abuelo? Se que aún tengo un largo camino por recorrer, pero quizás no deba esperar hasta los setenta para aprender. Su mirada comprensiva, sus manos que acaricia y su disponibilidad para estar ahora con los suyos y su pareja, son cosas que debo empezar a practicar. Quizás servir y amar a los míos es una de las cosas más importantes que debo aprender. Gracias abuelo… por la lección. 

 

Julio C. Sánchez Espinosa estudia el último verano en Licenciatura en Comunicación de la Universidad Anáhuac Mayab, Mérida, Yucatán. [email protected]                   

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