Universidad Anáhuac Mayab

Tecnología y amor de hermanos.

Publicado en: 07 de Enero de 2010

  

Tecnología y amor de hermanos.

Por Fausta Torre Puerto*

 

Él no se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Los horas y días pasaban; la noche era el día y, durante el día, talvez unas horas para dormir. El insomnio había tomado ya control de su vida, si se le podía llamar vida a lo que el tenía. Tres computadoras, una televisión y su teléfono celular, era toda su vida.

Lograba verlo tan esporádicamente, como  una vez a la semana; durante la mañana, su aspecto terrorífico, pálido, pupilas dilatadas, ojeras, tan flaco como si las computadoras se alimentaran de él. Hablaba con él sólo por celular, cuando lograba que me contestara; aunque a veces deseaba que no lo hiciera, pues su irritabilidad estaba al tope.

Su única novia había sido Julia, una computadora Dell de 1999, y su contacto con la sociedad eran los videos de Saturday Night Live o Tonight Show que bajaba por Internet. Había dejado de hacer lo que más amaba en el mundo: dibujar, hacía las caricaturas mas impresionantes que jamás he visto, pero lo abandonó,  junto con su sueño de trabajar en DC comics en Nueva York, todo estaba perdido, y ¡No se daba cuenta!

Sobrevivía en la Universidad por su genio y habilidades, ya que por asistencia y puntualidad hubiese reprobado. Después de varios años, la etapa infantil había llegado de nuevo a su vida. Todo lo que hacía era bajar caricaturas por Internet y verlas todas: Pato Donald, Conde Pátula, Thundercats, Samurai Pizza Cats. Yo, del otro lado del corredor, desde mi cuarto, sólo escuchaba las carajadas y me preocupaba.

Él empezó a resultarme una persona extraña, ya no lo conocía, ni él al resto de la familia; cada año que pasaba se alejaba mas y mas. No le importaba nada, su vida era la computadora; su familia: los programas televisivos, series que pudiera bajar de la Red y softwares que le permitieran seguir con su adicción.

Llegué a la conclusión, de que era una reacción  de su cerebro que lo obligaba a resetear  sus pensamientos para que, tal vez al repetir su infancia, pudiera tener otra oportunidad de tener una vida normal.

Diez años han pasado. La depresión, causada por la falta de actividad corporal y el insomnio, lograron que él empezara a darse cuenta de que su vida ya no era suya. Nadie sabía qué hacer. La computadora era su droga, y no la podía dejar. Por más que él intentara alejarse de aquel ambiente, no le encontraba sentido a su vida sin esa tecnología.

Entonces lo encontré un día en la sala, sentado en el piso, y me pidió ayuda. "Ya no me quiero conectar"... me dijo; yo le pregunté: "¿Qué puedo hacer por ti?"; él me contestó: "¡Lo que sea!". Entonces me dirigí a su habitación y rápidamente busqué, entre el terrible desorden, la fuente que daba energía a todo su equipo de cómputo y lo desconecté. Regresé hacia él,  lo tomé de las manos y lo ayudé a levantarse; lo subí a mi automóvil y empecé a manejar sin rumbo alguno. 

La expresión en su rostro era como la de un vampiro a la luz del sol con todo y su palidez. Me estacioné en un parque, nos bajamos del automóvil y nos sentamos en una banca. Nos quedamos callados; el conjunto de sonidos de los pájaros, los niños jugando y las hojas de los árboles chocando unas con otras al compás del viento interpretaban todo lo que le tenía que decir.

Después de un rato, empezamos a platicar acerca de la vida y lo que quería de ella, y pensamos en soluciones para que pudiera de una vez por todas llevar una vida normal; me dijo: "lo único que en realidad puede sacarme del problema es regresar a cumplir su sueño de vivir en Nueva York". Le dije: "Si quieres, puedes, es cuestión de dar el primer paso". El sonrió, irónicamente pensando que jamás lo lograría.

Una semana después mi padre le entregó su boleto de avión. Ocurrió el milagro. La tecnología pasó a segundo plano, dejó de importarle, yo no dependía de ella, había logrado abrir una distancia entre ese mundo y el nuevo que ahora se abría ante él. La naturaleza lo curó, ahora sus días son soleados, dibujando sus caricaturas en el Central Park.

Al principio le costó trabajo comunicarse con nosotros, ya que sentía que si se conectaba al Internet, como una droga, lo iba a capturar y enviciar de nuevo. Poco a poco fue venciendo su miedo, pero pasaron meses antes de que lograra verlo en la bandeja de conectados de mi Messenger.

Actualmente espera respuesta de la solicitud de empleo que ha aplicado a DC comics y verdaderamente ha alcanzado una felicidad desconocida para él y una  bella tranquilidad, altamente necesitada por su espíritu. Lleva una vida normal, en la que convive con personas, dialoga, donde el sol significa día, y día significa un nuevo comienzo, lleno de experiencias, retos y una oportunidad más de cumplir sus sueños y metas.

Tuve la oportunidad de ir a visitarlo, y tan sólo con verlo, mis ojos se llenaron de lágrimas, era otra persona. Su cara bronceada y sus ojos con esa chispa de felicidad fueron suficientes para darme cuenta de que todo ya estaba bien.

Tuve una charla con él, le pregunté qué pensaba de todo lo que había pasado, ahora que conoce lo que es la vida, y me dijo: "fue mi culpa, no logré encontrar el equilibrio necesario para vivir mi vida  y utilizar la computadora tan sólo como una herramienta, tenía sed de conocimiento, y ésta me lo proporcionaba, después perdí el control".

Antes de terminar nuestro encuentro, le pregunté: "¿Crees volver a caer?"; mirándome fijamente a los ojos, me dijo con mucha seguridad: "No! no pasará, he descubierto lo bella que es la naturaleza, y ésta no se encuentra dentro de mi computadora". Sonreí y abracé intensamente a mi hermano, que había vuelto.   

Antes, las personas prestábamos más atención a los detalles de la vida. La tecnología y el Internet han complementado el conocimiento de  las personas y es una herramienta de aprendizaje excelente… pero tiene sus laberintos y éstos pueden llevarte a los más oscuros rincones de tu mente. Tener acceso a toda la riqueza de la información, con un solo "Clik", tiene sus peligros. El cerebro humano se hace adicto a esta vertiginosidad.

El poder del conocimiento está en nuestras manos,  pero está llegando tan rápidamente, que algunas personas, especialmente las más frágiles y bellas, no logran encontrar el equilibrio, llegando a perjudicarse en forma espantosa, tanto física como mentalmente.

Cada persona tiene que encontrar un equilibrio entre la tecnología y lo tradicional, que es lo que nos hace humanos y seres sociales, de manera que la tecnología no llegue a consumir nuestras vidas.

 

*Fausta Torre es estudiante de la Escuela de Comunicación en la Universidad Anahuac Mayab. [email protected]

 

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