Universidad Anáhuac Mayab

Ver la vida a través de quien no puede ver.

Publicado en: 11 de Marzo de 2010

 Ver la vida a través de quien no puede ver.

Luis A. Silva Sosa

 

Observé durante una hora a un hombre indigente. Calculo que, en menos de diez minutos, pasaron unas 150 personas, que ni siquiera voltearon a verlo. Media hora más tarde, sólo tres personas le habían dado algunas monedas.  Seguí observando para ver si alguien se detenía para hablar con él. Nadie lo hizo. Me pregunté: ¿Quién era aquel hombre invidente, ya entrado en años, que pedía una caridad? Lo que Usted lee ahora es el resultado del encuentro entre dos personas que no estaban destinadas a conocerse: Yo y Don Emiliano.

¿Por qué vivimos tan de prisa que ni siquiera notamos a un mendigo que nos extiende su mano para pedirnos una monedas? ¿Será que lo vemos, pero fingimos que no hemos notado su presencia? ¿Qué motiva a unos pocos de nosotros a meter la mano en nuestros bolsillos para encontrar unas monedas y depositarlas en aquella mano sucia? ¿O acaso son nuestros prejuicios por los que decidimos responder con indiferencia ante un ruego de caridad? Este ensayo no responde a estas preguntas, sino a otra que, durante nuestro acercamiento, le hice a Don Emiliano: ¿Por qué pide limosna?

Ahora entiendo que algunos indigentes son personas que carecen de una vivienda adecuada, de ingresos propios, y que viven en situación de pobreza y marginación social. La indigencia puede surgir por múltiples causas: una enfermedad física que te impide valerte por ti mismo, un trauma tan doloroso del que no puedes reponerte, ser abandonado por tu propia familia, desempleo, discriminación racial e incapacidad mental o física, entre otros factores. Cada Indigente tiene su propia historia.

Don Emiliano, el segundo hijo de cinco hermanos, nació en Hunucmá hace 58 años. Sufrió la pérdida de su padre a la edad de cinco años; tan sólo dos años más tarde perdió la vista para siempre. Su hermano mayor salía de la casa a pedir pan y su hermana menor estaba aún en brazos de su madre. Decidió que ayudaría a su mamá a sacar adelante a sus hermanos de la única forma que podía: pidiendo caridad. Lograba juntar 3 pesos diarios, que le entregaba a su mamá. Con aquél dinero les alcanzaba para comprar frijol,  carne y algunas otras cosas que necesitaban.

Lleva 50 años dedicándose a lo mismo. No se avergüenza de pedir caridad; para él, hacerlo: "es algo digno, es mejor que robar". Imagino que hay cientos de miles de personas, en diferentes ciudades, que se dedican a lo mismo y que son vistos con una total indiferencia. ¿Cuántas horas deben esperar para que algunas monedas lleguen a sus manos? Muchos de ellos han perdido hasta la esperanza de poder desarrollar alguna destreza que los convierta en personas productivas.

A pesar de no haber tenido ningún lujo en toda su vida, tener diabetes, por lo que le amputaron dos dedos del pié, y otros muchos padecimientos, don Emiliano se siente satisfecho con su vida, tiene la conciencia tranquila. Sabe que, gracias a su actividad, creció y sacó adelante a sus hermanos y posteriormente a sus dos hijos. Me dijo: "En este mundo, estamos de paso, no nos vamos a llevar nada al Cielo".

Uno de sus hermanos se casó y vive ahora en Playa del Carmen, es teniente de la policía. "Yo le digo que le eche ganas, que se mantenga en su trabajo, porque hay muchos que descuidan lo que les da el pan de cada día y luego se quedan sin nada". Don Emiliano suele estar pendiente del clima, de las noticias, muchas de las cuales le hacen pensar que mucha gente vive desesperada, hasta el punto de quitarse la vida.

Considera que él nunca lo haría, menciona con optimismo que mientras tenga salud ahí seguirá trabajando, hasta que llegue su momento. La rutina de don Emiliano es sencilla pero constante. Todos los días se levanta a las 4:30 de la mañana para ir al Centro, siempre al mismo lugar. Se pasa todo el día sentado, pidiendo caridad hasta las 5:30 de la tarde. Hora en que, con la ayuda de un amigo suyo, camina tres cuadras hasta la terminal de taxis comunitarios y regresa a Hunucmá. Junta alrededor de $200 diarios, que usa para comprarse comida, la ropa que usa y algunas otras cosas.

La conversación que sostuve con don Emiliano fue breve, pero cambió mi perspectiva, no sólo de los indigentes y de los que piden limosna, sino de la vida. Pude comprender y ver reflejado en don Emiliano el valor de la vida y la dignidad de los indigentes por el hecho de ser personas. Nunca me había dado la oportunidad de platicar con una persona así y comprendo que me di el más grande de los regalos: darme a alguien por unos minutos. Ya tengo  la mayor riqueza de la vida: mis ojos, que por unos breves minutos los usé para ver a alguien que no los tiene. Fue una experiencia maravillosa: ver la vida a través de quien no puede ver.

 

Luis Alberto Silva Sosa estudia su licenciatura en Ciencias de la Familia, en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

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