Universidad Anáhuac Mayab

Soltar amarras

Publicado en: 17 de Marzo de 2010

  

Ma. de Lourdes Díaz Núñez*

"Hasta que la muerte nos separe…" es quizás el deseo más profundo en la unión sublime de un matrimonio. Hombres y mujeres, por todo el mundo, se esfuerzan por encontrar la persona más acertada para compartir toda la vida, a la mujer o al hombre de su vida para siempre… Pero, ¿qué pasa después de pronunciar esas palabras? ¿Realmente es para siempre? ¿Quedarse con alguien a pesar de lo que fuere? ¿Salvar el matrimonio… o soltar las amarras?

Todos sabemos que la duración del matrimonio depende de dos personas y que debemos hacer uso de todo lo que nos ayude para que la unión permanezca; establecer las "las reglas del juego". Hombre y mujer se unen formando un equipo, pero a veces uno de los miembros ya no juega en su posición. Es entonces cuando  comienza otro juego: el juego del dolor.

Esta realidad que causa dolor, es la separación que, en algunos casos, culmina en divorcio, en la ruptura definitiva del vínculo matrimonial. Pero, más allá de romper el más sublime contrato, se refiere al dolor causado por la desaparición cortante, de esa historia que formaron juntos; una separación no sospechada, no planeada, no deseada, no querida, sobre todo, por quien sigue sobre el barco sosteniendo las amarras y luchando por no soltarlas.

Ese dolor es causado por la aceptación de una realidad diferente, que transforma  el sueño más profundo del corazón, cuando se ha entregado la vida completa al ser más amado… por elección. Es el dolor causado por el desprendimiento, por dejar parte de uno mismo en el otro. Una ruptura profundamente dolorosa, porque está basada en la excepcional entrega de cuerpo y alma.  El dolor no se elige, no se busca, no se espera. Sin embargo, ahí está, edificando a la persona que sabe padecerlo, quien va aprendiendo en el acontecer diario a vivir con él, a aceptarlo y superarlo.

Todo esto fue lo que le sucedió a un hombre que un día dijo sí a la mujer que sería el amor de su vida, a la mujer perfecta para él… pero que resultó no ser cierto. ¿Qué sucedió? Es una pregunta sin respuesta que impacta a muchos; pero sobre todo a él. A ese hombre que le ha costado largas noches de insomnio, momentos de amargas lágrimas y de suplicantes plegarias. Para él es difícil de entenderlo. Ciertamente, cada vez que se cuestiona: ¿por qué pasó?, no encuentra una explicación. Sin embargo, su gran capacidad de amar le  lleva a perdonar, a soltar amarras.

Es impresionante penetrar un poco en el corazón de este hombre destrozado y firme a la vez. Lo que ha vivido, humanamente no es fácil. Después de una larga relación experimenta una sensación muy fuerte de mutilación, como si le hubieran cortado algún miembro de su cuerpo.

Esta analogía de andar por la vida sin una parte del cuerpo representa la dimensión del dolor. No le cortaron nada, sino que perdió parte de su corazón. Donde quiera que vaya andará como amputado el resto de su vida; pero eso no le impide seguir adelante. Es verdad que se siente defraudado, engañado; ella no era la persona que él pensó, que creyó, que pidió. Ahora que suelta amarras puede decir que quizás hoy está mejor sin ella. La vida continúa y ahora lo hace de manera distinta.

A veces nos piden regresar lo que nos han dado durante una relación; cuando esto ocurre, nos quitan todo, pero algo muy bueno queda para siempre. A todas luces parece que un divorcio es un fracaso, pero también hay una gran lección de vida que ayuda en la perfección del amor humano, que lo hace más puro. No resultó lo que se esperaba, pero siempre se amó hasta donde se pudo; el amor no acaba, sólo se transforma.

El ser humano tiene el deseo profundo de amar y ser amado. Ese amor no se puede satisfacer sólo en la unión de una pareja, necesita trascender, encontrar la verdadera felicidad. En este afán, se desgasta buscando por diferentes caminos. A veces ocurre que el camino llega a un callejón sin salida, es cuando comprendemos que estábamos equivocados.

"Hasta que la muerte nos separe…" La muerte no se trata de la pérdida corpórea de la persona amada, sino de la desaparición de la mujer que amó. Soltar amarras es seguir amando, seguir entregando la vida, aunque ya no sea a la persona idealizada… es vivir mirando hacia arriba.

Esto es sólo un poco de la riqueza del corazón de un gran hombre ante su divorcio.

 

*Ma. de Lourdes Díaz Núñez es estudiante de la carrera de Ciencias de la Familia en la Universidad Anáhuac Mayab. Fue participante en los congresos de: Salud y Vida, Bioética, Estudios de la Mujer, Teolgía Moral, Teología Pastoral, Teología del Cuerpo de Juan Pablo II y en las Mesas Regionales del DIF en materia de Derechos.  [email protected]

 

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