Universidad Anáhuac Mayab

Arantxa… un ángel con Síndrome de Down.

Publicado en: 07 de Junio de 2010

Arantxa… un ángel con Síndrome de Down.

Sonia Ramírez Victoria*

Al despedirme aquella tarde, sus ojitos me miraron y algo se gestó en nuestras miradas… ¿un compromiso? ¿un vínculo? ¿un deseo? ¿un milagro? ¿una una ilusión? o fue el poder de creer en algo…. Aún no lo sé.

Todo comenzó un día de verano. Había decidido ir a visitar a mi familia de Los Ángeles y pasar dos meses con ellos; necesitaba tiempo para mí, para pensar en muchas cosas que me habían pasado. Aún no podía creer que era mi primer viaje sola y había conseguido el permiso tan fácil. Transcurrieron cinco años desde la última vez que estuve ahí, pero aún recordaba a mucha gente, como a los empleados que trabajaban en el restaurant de mi tío.

Todas las mañanas me levantaba temprano para ir con él a ayudarlo, me había dado el puesto de "Hostess". Era muy emocionante, pero estaba muy nerviosa; era un gran reto atender a las personas y recibirlas a la entrada, hablando un idioma que, a pesar de que me es fácil, no es el mío.

Ramón, el adminsitrador del restaurante, a quien conozco desde la primera vez, era quien me ayudaba cuando no sabía algo. Él tenía 36 años, estaba casado y tenía dos hijos, Aidan de siete años y Arantxa de cuatro. Arantxa había nacido con Síndrome de Down, y él me contó que desde su nacimiento todo fue muy difícil, empezando porque su esposa no aceptaba tal situación.

Una tarde Ramón llamó a casa de mis tíos para pedir el favor de que cuidaran a Arantxa, pues su esposa no estaría en casa y él tenía que trabajar y no podían cuidarla. Mi tía aceptó. A la mañana siguiente tocaron el timbre, había llegado, era ella...

Para sus escasos cuatro años, lucía frágil, estaba muy "suave", yo sentía que en cualquier momento se caería, y a pesar de que no fue así, no lograba sostenerse mucho tiempo pues sus pies se resbalaban, no hablaba, pareciera que aún fuera un bebé de un año.

Esa mañana estuve todo el día con ella, tratando de entender cómo son los niños que tienen ese síndrome. Recuerdo que no quería comer, no quería que nadie la abrazara ni le diera nada, y a pesar de que había rechazado a mi tía y a mis primas, yo hice el intento y para mi sorpresa se dejó cargar y dejó que le diera su comida, yo estaba sorprendida.

Le tomé cariño muy pronto y creo que ella también, o al menos sentía confianza, pues cuando la cargaba recostaba su cabeza en mi hombro y movía su manita para acariciarme la espalda. Después de un rato la senté en el piso y comenzamos a jugar con una pelota. La tarde transcurrió muy rápido hasta que su mama fue por ella. Se fue, y esa fue la última vez que vi sus ojitos inocentes y sus ganas de ser ella, de vivir.

A mi regreso a Mérida, le conté a mi papá que había cuidado a la hija de Ramón, y todo lo que había pasado. Al domingo siguiente fuimos a misa como de costumbre. El sacerdote había llevado dos cintas, una blanca y una azul. La azul era para hacer una petición y ponérsela a la Virgen, la blanca se ponía cuando la petición se cumplía y se removía la anterior. Esa noche pedí por Arantxa, porque lograra hablar y comenzara a desarrollar sus facultades.

Pasaron dos semanas y un día, cuando entre al Messenger, Ramón estaba conectado y comenzamos a platicar, hasta que de repente me dijo: "Adivina que… Arantxa ya dijo su primera palabra". Yo no podía creerlo, le dije que me contara qué había pasado. Me contó que fueron a un museo y que cuando la cargó y le mostró los cuadros y le decía palabras, como de costumbre, para que las repitiera, al fin pudo repetirla, dijo: "toro" y se la pasó diciendo eso.

Pasadas unas semanas más le mandé un correo para saber cómo seguía Arantxa y me contó que ya hablaba más, aún no eran palabras claras pero al menos ya balbuceaba y se veía un intento por hablar. Dos meses más tarde Arantxa ya caminaba y hablaba mucho más. Yo seguía sin creerlo hasta que mis tíos de Los Ángeles vinieron a Mérida de visita y entre la plática me comentaron que Arantxa por fin hablaba y que se le entendía muy bien.

Ese domingo fui a la iglesia y cambié la cinta azul por una blanca y decidí contarle a mi papá lo que había pedido.

Quizás para Usted que lee este ensayo, no hay ninguna relación entre las cintas, los milagros, las oraciones y la mejoría de un niño con Síndrome de Down. Pero, por alguna razón, que aún no alcanzo a comprender, para mí sí la hay.

Arantxa nunca será una niña normal, porque el Síndrome no es algo que pueda "curarse"; es un trabajo agotador y extenuante, día a día, para tratar de mejorar y desarrollar ciertas habilidades.

Vivo convencida que dentro de esa niña hay un deseo intenso por vivir, por ser feliz y ser una niña como cualquiera. Pienso que cada día es una oportunidad para presenciar un milagro y que sólo es cuestión de estar ahí para participar de él, como cuando mis ojos se cruzaron con la mirada de Arantxa.

 

*Sonia Ramirez  es estudiante del último semestre en  la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 

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