Universidad Anáhuac Mayab

La vejez: plenitud e integridad

Publicado en: 10 de Agosto de 2010

  

La vejez: plenitud e integridad.

Mariela J. Ricalde Zapata*

"Como me ves, te verás", una frase que las abuelitas suelen repetirnos día con día. No es necesario tener una gran inteligencia para descubrir que guarda una gran verdad, pero se requiere toda una vida para entenderla ea profundidad. Es una verdad muy certera: todos, sin excepción alguna, llegaremos a viejos, siempre y cuando la muerte no nos alcance primero.

Sin embargo, a pesar de lo obvio, inevitable y natural de esta realidad, solemos escuchar frases como: "no quiero llegar a viejo" o "pobres de los viejitos", frases que sutilmente  crean una falsa idea de lo que la vejez significa; las frases implican desvalorar y hacer a un lado a las personas mayores, sin considerar que aún son y seguirán siendo seres humanos, con todo lo que esto implica.

Es verdad que el cuerpo humano se deteriora, los años y el tiempo son innegablemente notorios, pero la esencia, nuestro yo, permanece. Es irónico pensar en la vejez como algo extraño, como un lugar ajeno al que "llegaremos" y del que no podremos salir, o pensar que nos "convertiremos" en viejos, como si mutáramos y dejáramos de ser nosotros mismos para convertirnos en un ser extraño, con carencias físicas y limitaciones indeseables. No, la vejez no es eso; vejez no es incapacidad, y la vejez no es ajena a nosotros, no es algo externo que se nos impone repentinamente o que nos invade.

La vejez es una etapa vital del desarrollo humano, como lo es la niñez o la adolescencia, basada en el reconocimiento de que el paso del tiempo produce efectos en la persona; es una etapa más, distinta a las anteriores, que posee su propia funcionalidad y juega un papel fundamental en la vida. La vejez no existe en sí misma, sino que brota de la propia experiencia humana;  no nos llega, no nos invade, sino que nosotros somos, en determinado momento de la vida, nuestra propia vejez.

El día que, por primera vez, alguien nos llame viejos, debemos recordar que seguimos siendo nosotros mismos, en nuestro mismo cuerpo, con la misma mente y el mismo espíritu; quizá con la envoltura un poco dañada: la evidencia de que hemos vivido, y aprendido lo suficiente para con orgullo poder reconocer que somos "viejos".

Seremos viejos, no sólo por el fascinante conjunto de arrugas de nuestro rostro, ni por la lentitud de nuestros pasos al andar, sino por la sabiduría acumulada en nuestro paso por la vida, pues, como bien dice mi abuelita: "más sabe el diablo por viejo que por diablo"

Entonces, ¿por qué nos empeñamos en hacer a un lado a los viejos? ¿No logramos entender que son como nosotros, pero con mayor experiencia y sabiduría? Si verdaderamente comprendiéramos esto, valoraríamos más su presencia, su compañía y esas interminables historias repetidas una y otra vez; apreciaríamos sus consejos, sus palabras de aliento, ese ardiente deseo de compartirnos lo que son y lo que la vida les ha enseñado.

No es hasta que uno es viejo que logra comprender el sentido de la vida y que logra acomodar cada pieza del rompecabezas en su correcto lugar, para valorar lo que verdaderamente vale y dejar de lado lo que nunca valió la pena.  

La vejez no es el fin, es la etapa más importante, en la que integras y entiendes toda tu vida. El tiempo es y será una constante incertidumbre en nuestras vidas; debemos vivir el último tramo con plenitud, ya que en él no dejamos de aprender, de experimentar, de sentir, de gozar, de vivir.

"Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena".

*Mariela J. Ricalde Zapata es estudiante de la Escuela de Psicología en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 

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