Universidad Anáhuac Mayab

¿Es la muerte la comprehensión del hombre?

Publicado en: 12 de Junio de 2006

esto es muy comprensible, pues postula que en nuestro inconsciente, la muerte nunca es posible con respecto a nosotros mismos. Para nuestro inconsciente es inconcebible imaginar un verdadero final en nuestra vida aquí en la tierra y si esta vida nuestra tiene que acabar, el final siempre se atribuye a una intervención del mal que viene de fuera. En términos más simples en nuestro inconsciente sólo podemos ser matados, nos es inconcebible morir por una causa natural o por vejez, esto hace que la muerte vaya asociada a un acto de maldad, como un acontecimiento aterrador, algo que exige una pena o castigo. Por otro lado en nuestro inconsciente tampoco podemos distinguir entre el deseo y el hecho, el inconsciente no puede diferenciar entre el deseo de matar a alguien cegado por la ira y el hecho de haberlo llevado a cabo. De algún modo las personas se hacen responsables de la muerte de los seres queridos y esto hace que la muerte se viva como un acontecimiento aterrador, en pocas palabras la muerte se vuelve un miedo universal.

Cuantos más avances hacemos a la ciencia, más parecemos temer y negar la realidad de la muerte. Utilizamos eufemismos, hacemos que el muerto tenga aspecto de dormido, alejamos a los niños para protegerlos de la inquietud y la agitación de la casa; se realizan largas y polémicas discusiones sobre si hay que decir o no la verdad a los pacientes.

El problema de la muerte resulta pues, un problema filosófico, por que es un problema límite, es un problema de hombres que no tiene solución. Es un problema por que trunca el deseo del hombre de permanencia, se teme por lo que viene y por el adiós a la vida. La muerte tiende a ser sorprendente, inoportuna, algo que viene de afuera, resulta ser la experiencia mayor de soledad tanto para el que se va como para el que se queda. Nos lamentamos de la brevedad de nuestros días y vivimos como si fueran eternos (Séneca). La muerte resulta un problema filosófico por que todos tenemos una necesidad de trascendencia, una necesidad de que algo nuestro permanezca.

El tema de la muerte constituye una piedra de toque de toda antropología: no se puede prescindir de este hecho si queremos tener una idea cabal de lo que es el hombre, ya que la antropología se encarga del estudio de los fenómenos humanos. Desde esta perspectiva la muerte forma parte de los fenómenos humanos y por tal debe ser abordada con mayor exactitud por la antropología.

 

 

Planteamiento del problema.

Surge la duda, ¿es la muerte la comprehensión del hombre?, ¿puede el hombre a partir de una experiencia límite llegar a la comprensión de su propia naturaleza, de su propia esencia?.

Numerosos autores describen al hombre partiendo de un proceso de abstracción, lo cual implica que separaren, aíslen, tomen algo y deja a un lado lo demás. Es justo en este proceso en donde unos difieren de otros, atribuyendo o no características a la persona humana. Pero abstraer no es lo mismo que comprehender, comprehender significa abarcar todo, pese a esto la abstracción es la única forma de cognición que nos permite finalmente con el transcurso de tiempo y con el paso de las potencialidades a actos llegar a comprender a la persona.

Es importante señalar que la concepción de muerte que cada uno de los autores elabora depende de la previa concepción de persona humana que se posee. Encontramos posturas divergentes entre autores existencialistas y autores realistas. El propósito del presente trabajo será pues realizar un análisis comparativo entre la visión existencialista y realista con respecto a la persona humana, para de ahí concluir su visión de muerte y finalmente llegar a resolver la pregunta planteada en el presente trabajo: ¿es la muerte la comprehensión del hombre?.
MARCO TEÓRICO

A continuación se presentarán los postulados de persona humana y muerte que se poseen tanto en el existencialismo como en el realismo con la finalidad de poder posteriormente comprarlos y llegar a una conclusión que nos permita responder a la pregunta ¿es la muerte la comprehensión del hombre?.

Persona humana, visión existencialista.

En este planteamiento (cuyas raíces filosóficas se encontrarían en el nominalismo
y empirismo) se tiende a negar la existencia real de las esencias: lo único realmente existente son los individuos. Por lo tanto, la llamada esencia o naturaleza humana no es más que un mero término que sirve para designar al conjunto de individuos humanos, puesto que únicamente puedo conocer aspectos singulares que se manifiestan a través de la experiencia empírica. “La negación de la naturaleza humana ha venido de la mano de tres corrientes filosóficas contemporáneas: el historicismo, el positivismo jurídico y el existencialismo” (García Cuadrado, 2004, p 187).

a) El historicismo es la teoría filosófica según la cual el ser humano no sólo tiene historia, sino que es sólo historia, y ello por ser libertad y no sólo por tenerla. A la pregunta ¿qué es el hombre? el historicismo responde: su historia. Según el historicismo, para que el hombre sea realmente libre es menester que carezca de toda naturaleza: libertad significa indeterminación y variedad, mientras que la naturaleza es monótona y rígida.

b) La segunda corriente corresponde al positivismo jurídico. La tesis fundamental del positivismo jurídico afirma que sólo hay derechos positivos, es decir, aquéllos que la ley, de hecho, determina. El positivismo sólo reconoce el valor obligatorio de la ley en la voluntad popular. Pero esta voluntad soberana del pueblo es de hecho histórica y cambiante, sin un criterio objetivo fundamentado en un modo del ser natural del hombre. En definitiva, el positivismo jurídico es sólo una aplicación de la teoría historicista antes expuesta.

c) Por último, la filosofía existencialista insiste en el hecho de que la existencia antecede a la esencia, concretamente en el caso del hombre. Así lo afirma Sartre: “Éste es el punto de partida del existencialismo (...) Si, en efecto, la existencia precede a la esencia, nadie podría jamás explicarse por referencia a una naturaleza humana dada y anquilosada. Dicho de otra manera: no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad” (1967, pp. 3637). Y poco después afirma con más claridad: “el hombre es libre y no hay ninguna naturaleza humana sobre la que yo me pueda apoyar” (Sastre, 1967). De acuerdo con esta tesis, la esencia propia del hombre se sigue de su existencia en el sentido de que se va haciendo en ella, a través de su propio curso temporal. El hombre es, por consiguiente, lo que él se va haciendo a lo largo de su existir, sin acabar nunca de estar hecho del todo, mientras realmente existe. Sólo la muerte cierra o acaba su esencia. A través de su existencia el hombre tiene su
esencia abierta, como una posibilidad nunca cerrada por completo. El ser humano sería pues un producto o resultado del obrar libre del hombre.

En realidad, tanto en la concepción racionalista como en la historicista se encuentra presente una dicotomía entre naturaleza y razón, entre naturaleza y cultura, o naturaleza y libertad. Lo natural sería lo dado, lo fijo e inalterable del hombre, mientras que lo racional y lo cultural es lo libre, espontáneo, cambiante y vivo. Esta dicotomía se muestra con claridad en aquellos autores modernos, para los cuales es en la promoción sin límites del poder del hombre, o de su libertad, como se constituyen los valores económicos, sociales, culturales e incluso morales.

Entonces la naturaleza estaría representada por todo lo que en el hombre y en el mundo se sitúa fuera de la libertad. Dicha naturaleza comprendería en primer lugar el cuerpo humano, su constitución, su dinamismo. A este aspecto físico se opondría lo que se ha construido, es decir, la cultura, como obra y producto de la libertad. La naturaleza humana, entendida así, podría reducirse y ser tratada como material biológico o social siempre disponible. Esto significa, en último término, definir la libertad por medio de sí misma y hacer de ella una instancia creadora de sí misma y de sus valores. Con ese radicalismo el hombre
ni siquiera tendría naturaleza y sería para sí mismo su propio proyecto de existencia. El hombre no sería nada más que su libertad. Ambas posturas (la racionalista y la historicista) comparten implícitamente una visión dualista, por la cual la naturaleza y la libertad son dos esferas cuya relación es problemática. Para algunas escuelas filosóficas, el hombre o es materia evolucionada o una libertad desarraigada, enfrentada a la naturaleza.

Se puede sintetizar la perspectiva existencialista en la puntuación de las siguientes características:

1.- La derelición. Lo cual refiere estar en estado de yecto, esto es, somos algo que no elegimos ser y por ende somos extraños a nosotros mismos.
2.- Temporalidad. El hombre no solo esta en tiempo sino que su estructura ontológica es un proceso de temporalización, es decir, se va formando a sí mismo en y a través del tiempo por lo cual el tiempo es la esencia de la vida misma.

3.- Libre albedrío. No refiere una libertad infinita por que ya parte de algo, es libertad condicionada por la derelicción, a partir de ella el hombre es capaz de elegir su propio camino en la vida, su propio proyecto de vida y la clase de persona que quiere llegar a ser.

4.- La angustia existencia. Esta es exclusiva del hombre y refiere la vivencia psíquica de incertidumbre ante la vida, ante lo que le va a deparar el futuro y ante lo desconocido de la muerte, la angustia es ante la nada.

5.- Ser para la muerte. La muerte forma parte de la estructura ontológica del ser humano, cada instante de vida es un acercamiento a la muerte.

Persona humana, visión realista.

Esta visión está basada en la noción de persona en la versión de Santo Tomás, dentro de la cual encontramos algunos elementos que han de ser puntualizados:

a) La subsistencia, la noción de substancia aplicada a la persona no significa meramente “substrato” de los accidentes materiales. Principalmente subsistencia, indica que se trata de una realidad que existe de suyo, en sí misma (y no en otra realidad como es propio de los accidentes). Lo que es subsistente indica cierta plenitud o suficiencia con respecto a lo que le rodea y en ese sentido es independiente y autónomo.

b) La incomunicabilidad. Metafísicamente significa que la sustancia posee su propio acto de ser de manera tan intensa que no lo puede compartir con otro. Es incomunicable porque si
lo pierde se acaba con la sustancia: yo no puedo dar mi acto de ser a otro.

c) La racionalidad e intelectualidad. Según el planteamiento clásico es en este rasgo donde se manifiesta lo específico del ser humano con respecto a la vida meramente animal y de la cual derivan las demás virtualidades de la persona humana. El hombre por el entendimiento es de modo intencional toda la realidad que conoce sin dejar de ser aquello que ya es; y por la voluntad puede querer todas las cosas. La racionalidad implica apertura al ser, a la belleza, al bien y a la verdad, propiedades que se encuentran presentes en la Naturaleza del mundo material, en las demás personas y, en última instancia, en Dios mismo. Esta apertura es lo que posibilita la libertad personal. La apertura a toda la realidad incluye la apertura también hacia mí mismo: surge pues la autoconciencia y la intimidad.

d) La individualidad. Esto implica que la subsistencia del ser humano es superior a la subsistencia de todas las demás criaturas corporales.

La persona es considerada por Sto. Tomás de Aquino como una sustancia incomunicable existente por sí, en sí, y no en otro, la cual forma un todo completo, quien es dueña y responsable de su operación, en virtud de su inteligencia y voluntad.

Muerte, visión existencialista.

Para la filosofía existencial estar vivo es ser trágicamente consciente de nuestra mortalidad. Desde ese momento cada vez más el existir comenzará a ser irreductible a la vida por la rara conciencia que el existir alcanza de ese enfrentamiento ineludible entre vida y muerte condenado de antemano al fracaso perpetuo de la primera.

La filosofía moderna niega la inmortalidad del alma reduciéndola a simple e imaginaria proyección del ansia de supervivencia sobre el más allá (Feuerbach) o considerandola muerte como aniquilamiento de todo hombre, único medio de liberarse de la angustia vital (Heidegger, Sartre), acontecimiento necesario para el progreso de la sociedad y para el triunfo del proletariado (marxismo).

Heidegger entiende la muerte como el fin de mis posibilidades, es decir, del futuro temporal. Si el tiempo es ek-stático, la muerte ya está ahí; el fin de las posibilidades es el fin de mi posibilidad de ser. Si la muerte es propiamente mía, y, a la vez, el fin de la posibilidad, yo soy responsable de mi finitud. Nadie me suple en la muerte, nadie puede morir por mí; como fin de la posibilidad, la muerte pertenece a su mismo orden: es la posibilidad pura y por eso siempre ya estoy presto para morir, o al borde de la muerte, y la vivo de acuerdo con esta inminencia: la inminencia de la anulación de cualquier otra posibilidad por la posibilidad en cuanto tal.

Muerte, visión realista.

La muerte se presenta como un hecho antinatural. Tomás de Aquino nos aporta dos breves definiciones de la muerte: la muerte es la privación de la vida. Por otro lado, la muerte es la separación del alma y el cuerpo. Como se puede advertir, la muerte es privación y separación. Esta separación resulta violenta puesto que los dos principios por naturaleza se reclaman mutuamente. La unidad sustancial de la persona humana se pierde de manera dramática en el momento de la muerte. Además, el carácter de antinatural de la muerte se aprecia en la tensión entre la aspiración de inmortalidad y la conciencia del acabamiento de la vida humana. En efecto, la muerte de la persona humana es un hecho de experiencia: percibimos que nuestros seres amados dejan de vivir a nuestro lado y notamos su ausencia, y somos conscientes que un día seremos nosotros los que faltaremos. Pero, por otro lado, descubrimos en nosotros y en las personas con las que convivimos la aspiración a vivir eternamente. Esa aspiración de eternidad no es una pasión inútil, sino que podemos respaldarla también racionalmente por una serie de argumentos basados en el carácter espiritual e incorruptible del alma humana.

Frente al deseo de inmortalidad, la conciencia de vivir en un cuerpo material trae consigo la conciencia clara de nuestra finitud. Nada material existe para siempre. Nuestras células se regeneran cada vez con más dificultad; las facultades orgánicas, una vez alcanzado su pleno desarrollo, comienzan a declinar; las fuerzas físicas comienzan a fallarnos. Las enfermedades y un cansancio vital nos informan de que nos vamos haciendo viejos, y que el momento de nuestra muerte se acerca. El ciclo natural de vida-muerte afecta también al hombre como un
ser más del mundo natural. Así, la realidad de la muerte presenta un aspecto paradójico, que señala Santo Tomás: “la muerte es de algún modo algo natural, pero también de algún modo algo antinatural” (5, 5, ad. 17) . Es natural porque la vida y la muerte biológicas forman un ciclo necesario y es antinatural porque es un mal, pues parece suponer perder el bien humano más precioso: la vida. La muerte es realmente el mayor de todos los males naturales, y en él culminan en última instancia todos los demás, porque es la privación del bien que hace posible los demás bienes: la vida y el ser. “De todas las desgracias humanas, la muerte es la mayor de ellas” (Aquino, 1980, p. 227).

El carácter natural y antinatural a la vez de la muerte humana hace que se presente a la conciencia como un problema, que afecta de modo decisivo al sentido último de la existencia humana. Un problema rodeado de misterio puesto que no tenemos experiencia personal de la muerte, que resulta además en sí misma incognoscible (como toda privación). El miedo a la muerte es una experiencia antropológica natural, así como el ansia de eternidad. El misterio de la muerte en el hombre no puede explicarse sólo desde la antropología. ¿Qué sentido
tiene la muerte? ¿Es realmente el hombre sólo un ser para la muerte? ¿Hay una vida después de esta vida?. Estas preguntas sólo pueden responderse plenamente desde una perspectiva religiosa: únicamente desde el más allá podemos dotar de verdadero sentido el más acá de la vida humana.

Un planteamiento no dualista debe afirmar que en la muerte no muere, en sentido estricto, ni el cuerpo del hombre ni su alma, sino el hombre en sí mismo,
es decir, la persona. Los clásicos decían que el alma es la forma de cuerpo. Cuando éste se queda sin alma deja de ser cuerpo, se corrompe, se deforma, pues no hay cuerpo sin alma.
Quien muere es el hombre entero, no sólo su cuerpo. La conocida expresión tomista,
“el alma es la forma del cuerpo, quiere decir que el alma está destinada a existir con el cuerpo, que alcanza su perfección tan sólo junto al cuerpo y que un cuerpo sin alma no es ya cuerpo, sino tan sólo huesos y carne” (Torrelló, 1998, p. 222).

Desde esta perspectiva se comprende que la muerte sea tan dramática. La muerte ha de ser considerada decididamente, en cuanto que es la separación violenta de dos cosas que por naturaleza habían de estar unidas (el organismo y su principio vital e intelectual), como una destrucción, como una desgracia y como una catástrofe. Desde la metafísica sabemos que sólo se puede corromper aquello que está compuesto; la muerte supone corrupción, desunión de las partes integradas del cuerpo orgánico, el alma humana (que no es el cuerpo sino el principio vital de éste) tiene un núcleo espiritual que no es alcanzado por la descomposición que sigue a la muerte y que permanece después de ésta. La realidad material posee una dependencia del espacio y del tiempo, mientras que lo inmaterial es en sí mismo intemporal e in - espacial.

Mi comprensión intelectual no depende del dónde ni del cuándo. Del mismo modo se puede afirmar que el querer, acto de la voluntad, trasciende las coordenadas espaciales y temporales. El ser del hombre propiamente dicho no radica en sí mismo, sino en la meta o destino al que tiende. El destino es, por así decir, la finalidad última de la tarea de vivir, el
fin último del hombre, hacia el cual éste se dirige en último término.

 

CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS
Podemos constatar a lo largo del marco teórico la marcada diferencia que existe con respecto a la concepción de la persona humana desde una visión existencialista y realista, mismas que influirán definitivamente en la concepción de muerte que se tenga.

La visión existencialista tiende a concebir a la persona humana, como un ser limitado como un ser para la muerte, como un ser que elige libremente en tanto se encuentra con vida, y cuyas decisiones tendrán que ser pues importantes por que no habrá más después de la vida, como un ser finito, angustiado ante la nada. Desde esta perspectiva la muerte no equivale mas que al fin la existencia, que dependiendo de la vida que se haya tenido se enfrentará con o sin alivio. El ser humano tiene una sola oportunidad en la cual él decide si la aprovecha o deja pasar. Visto desde este punto de vista, la pregunta ¿es la muerte la comprehensión del hombre?, sería resulta afirmativamente en tanto, la muerte me permite constatar el acabamiento del ser humano y por tal me da la comprehensión total de él.

Sin embargo, desde la perspectiva realista esta pregunta no puede ser resulta, ya que desde una concepción realista y unitaria del cuerpo y el alma como una unidad substancial, principio del ser, la persona humana no podría definirse como simple corporeidad, sino como esta unidad del espíritu y cuerpo, dentro de la cual es justo la espiritualidad el principio de vida, la cual permite la trascendencia. Es concebido el ser humano pues un ser limitado en busca de lo ilimitado. En este sentido la existencia no culmina con la muerte, simple y sencillamente se modifica el estado, se corrompe la persona. Esto lo explican todos los procesos atemporales que ocurren en el hombre tales como la inteligencia, la voluntad o querer, los cuales trascienden el espacio y el tiempo. Los rituales a los muertos han existido desde todos los tiempos, incluso antes de que se hiciera de manifiesto la naturaleza del hombre, y éstos mismos no se explican sin esta necesidad trascendente del ser.

En este sentido la muerte sería la separación violenta de dos cosas que por naturaleza habían de estar unidas, más no el fin de la existencia, sino el ser en busca de su destino final, mismo que no puede ser resulto por la antropología sino desde una perspectiva religiosa, por que implica aspectos de tipo sobrenatural.

Este análisis me lleva a sugerir la importancia de implementar pláticas informativas con respecto a la muerte a instituciones, escuelas, padres de familia, etc. , con la finalidad de abrir espacios que permitan trabajar con un temor que es universal y que desafortunadamente nadie nos enseña a afrontar, ya que se mantiene como un tema oculto. La visión realista brinda una esperanza en el sentido de la trascendencia y deja claro como el sentido de la vida que muchas veces se intenta alcanzar bajo el estado de persona, no se logra sino hasta que trasciendo justamente éste. Esto ayudaría a las personas a cultivar más la espiritualidad y menos la corporeidad, la cual finalmente termina por desgastarse.

REFERENCIAS

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Torrelló, J. B. (3.ª edición). (1998). Psicología abierta. Madrid: Rialp.
Yepes Stork, R. (2004).Fundamentos de la Antropología. España: EUNSA.

Karla Alejandra Balcázar López es Licenciada en Psicología por la Universidad del Mayab (1996-2000), con Diplomado en Tanatología por la UNAM e Instituto Mexicano de Tanatología (2001-2002). Especialidad en Liderazgo Docente por la
Universidad del Mayab (2001-2003). Maestría en Filososfía
Universidad del Mayab (en proceso).
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