Universidad Anáhuac Mayab

La comunicación interpersonal: un encuentro entre el tú y el yo

Publicado en: 12 de Junio de 2006

Cuántos mensajes percibimos que nos indican que sólo importa nuestra persona, nuestras actividades, nuestro tiempo y es ahí que metidos en esa carrera hemos perdido la costumbre de observar, de mirar al otro.

Por mi formación profesional es difícil tratar el tema de la persona y no referirme al marco que ha guiado mi vocación profesional: la comunicación. Esta ciencia forma parte de las ciencias sociales y tiene como tarea estudiar los procesos humanos de comunicación. El término comunicación tiene su raíz en el vocablo latino communicare, que significa “poner en común”.

Las clasificaciones sobre la comunicación son muy diversas, pero para fines de este ensayo se considera una básica que distingue la comunicación interpersonal y la comunicación masiva. La comunicación interpersonal es la que interesa en este análisis, ya que permite establecer la relación entre comunicación y personalismo.

Poner en común, como definición básica de comunicar, implica una interrelación entre personas, es decir, muy al estilo de Martin Buber, es una oportunidad en la que el yo y el otro entran en contacto y ponen en común significados. El centro en este fenómeno es la persona y sus relaciones con los demás, en donde encuentra identidad el yo.

El personalismo es una corriente filosófica que centra todo su sustento teórico en la noción de persona. Uno de los principales representantes del personalismo francés es Mournier, quien evitando encerrar un concepto tan amplio en una sola definición, precisa al menos las dimensiones fundamentales de la noción de persona. Él expresa que la “persona es un ser espiritual constituido como tal por su forma de subsistencia y de independencia en su ser” [1]

Para Mournier la persona está sustancialmente encarnada, mezclada con su carne, aunque trascendiéndola. La carne no es un mero término accidental, es más bien parte fundamental para manifestar su espíritu y su forma de comunicación. En este sentido existen tres elementos indispensables, los cuales son denominados dimensiones de la persona: la vocación, la encarnación y la comunión.

Detallemos cada una, pues en este punto encontraremos el sentido más profundo de la inicial definición de comunicación, como un poner en común.

La vocación, para los personalistas, es aquel elemento que da unidad a los actos de la persona, le da unidad y sentido porque la persona descubre por este medio la misión y espacio que ocupa en la comunidad.

La encarnación, es el elemento que media entre la vida y el espíritu, es la dimensión corporal del hombre y por tanto lo que le pone en contacto con sí mismo y con el otro.

La comunión, es la tercera dimensión y en ella interviene el aspecto de la comunicación. Esta dimensión establece la cualidad social de la persona y lo que tiene según Mournier de “comunitario”. Aquí es en donde la noción de persona realmente encuentra su verdadero sentido, pues la comunión implica una donación a los demás. Cuando la persona se encuentra con otros, le permite crecer en sí mismo y traspasar a la persona en el sentido singular para llegar a la noción de “yo porque existe el tú”.

"Para que se pueda hablar de comunidad es necesario que se tome a la persona totalmente en serio, con todas sus dimensiones. Es necesario ver en el otro a un tú, a un prójimo y relacionarse de tal manera que se cree un nosotros. Ese nosotros surge de vivir un proyecto común, de valorar al que tenemos enfrente, de abrirnos a él para acogerle y envolverle en nuestros ideales, aunque sin abandonar totalmente nuestro yo. Es entonces cuando aparece la comunión, que es mirar al otro como prójimo y no como un mero semejante en la especie” [2]

Una vez comprendida la noción de persona y sus dimensiones, para entender el fenómeno de comunicación, fundamentalmente el de la comunicación interpersonal, hace falta basarse en la fenomenología que se presenta en las propias relaciones humanas. La fenomenología es el método que utiliza esencialmente el personalismo, el cual más allá de la intuición de las esencias que propone Husserel, facilita una manera de acercarse a la realidad a través de la experiencia.

Expongo entonces una experiencia personal que me parece ejemplifica esta noción del encuentro entre el yo y el tú. Conozco a una persona desde hace casi 12 años, he convivido e incluso trabajado directamente por varios años con él y sin embargo, fue hasta hace un par de semanas que realizamos un viaje juntos cuando puedo decir que verdaderamente le conocí. Hasta ese momento, aún después de 12 años había hablado infinidad de veces con él y sin embargo, jamás me había detenido a observar y mirar lo que esa persona era. En las últimas semanas he mirado lo que en años había pasado desapercibido.

¿Cómo explicar esto?, si se tratara únicamente de una situación natural, en la que de manera innata la persona tendiera al otro entonces hace 12 años yo hubiera mirado a esta persona. Pero es hasta que se da un verdadero encuentro, en el que el yo y el tú realmente se miran cuando experimenta uno realmente que las almas se tocan.

Esto confirma que no se trata sólo de un elemento natural ni algo aprendido, sino una mezcla en la que el amor, como donación gratuita, se da sólo en algunos de esos encuentros, que son los que tocan significativamente el alma. No se trata entonces de aprender a amar al otro, se trata de aprender formas de amar y de potencializar una tendencia natural hacia el otro como bien. Pues si fuera algo sólo aprendido cabría la posibilidad de no aprenderlo y por tanto no amar.

Dentro de este marco, la propuesta de Maurice Nédoncelle es una de las más claras. Su visión parte de que la experiencia de la conciencia de sí es percibida en comunión con otras conciencias. Establece que la persona se encuentra desde el inicio en relación con los otros y toma conciencia de sí teniendo presente la existencia de otras conciencias.

Nédoncelle explica que “para tener un yo, es preciso ser querido por otro yo y, a su vez, quererle; es preciso tener una conciencia, al menos oscura, del otro y de las relaciones que unen entre sí los términos de esta red espiritual que es el hecho primitivo de la comunión de las conciencias… Otro no significa no – yo, sino voluntad de promoción del yo, transparencia del uno para el otro. Es una coincidencia de los sujetos, una doble inmanencia… Desde entonces se constituye o se revela una conciencia colegial, un nosotros” [3]

En este sentido la relación yo – tú tiene como fundamento el elemento comunicativo. Es imposible pensar en una relación interpersonal en la que la persona esté frente a un tú y que desee acogerlo para relacionarse con él y que en esa relación no haya una reciprocidad, un poner en común de las conciencias y por tanto una comunicación. El momento en el que el yo encuentra al tú, su pensamiento está encontrando esos signos comunes de los cuales ambos desean compartir con el otro y en los que la persona se enriquece.

Tomando la fenomenología como método, observemos el ejemplo expuesto anteriormente, en el cual queda claro que la persona no requiere de elementos elaborados para establecer la comunión con el otro, basta la persona en sí misma. Lo demás es contexto y si bien puede favorecer u obstruir la comunicación, no es indispensable. Podemos observar la verdadera esencia de esas personas en el momento en el que entran en relación con el otro y se muestran lo que son y se enriquecen a partir de lo que esa experiencia con otro les dejó.

Karol Wojtyla, otro personalista de la corriente polaca, lo menciona de manera sintética en su libro Persona y acción. “Para nosotros la acción revela a la persona, y miramos a la persona a través de la acción… La acción nos ofrece el mejor acceso para penetrar en la esencia intrínseca de la persona y nos permite conseguir el mayor grado posible de conocimiento de la persona. Experimentamos al hombre en cuanto es persona y estamos convencidos de ello porque realiza acciones [4]

En este sentido la comunicación interpersonal toma un papel de acción, de movimiento, de elemento dinámico que permite a la persona entablar relaciones con los demás y establecer así sus propios límites como ser humano. Se conoce en la medida que analiza sus interacciones con el otro, se da en la medida que se relaciona con el otro y en esa misma medida es capaz de amar. Aquí las dimensiones de Mounier toman sentido: vocación como una forma específica de acción, encarnación como el medio propio para entrar en relación y comunión como el elemento central en el que las dos anteriores encuentran su significado: poner en común, encontrarse con el otro y con el yo.

Donarse gratuitamente… amar.

 

[1] Burgos, Juan Manuel, El personalismo , Madrid, Ediciones Palabra, p.60

[2] Ibid, pp. 64 - 65

[3] Nédoncelle Maurice, La réciprocité des conscientes , Paris, 1942 p. 310

[4] Wojtyla, Karol, Persona y acción , Madrid, BAC, 1982, pp. 12 - 13

La Mtra. Marisol Tello Rodríguez es licenciada en Ciencias de la Comunicación y Maestra en Filosofía. Se ha desempeñado como consultora en comunicación corporativa y servicio al cliente para empresas en el despacho Consultores Asociados. Ha sido docente en diversas instituciones de educación superior. Coordinadora de Calidad Académica y Coordinadora de Estadística en la Universidad del Mayab. Actualmente es Directora de la Carrera de Comunicación en la Universidad del Mayab. Escríbele a: [email protected]

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