Universidad Anáhuac Mayab

Barbas: sabor y esperanza

Publicado en: 16 de Octubre de 2009

  

Barbas: sabor y esperanza

Por Christian Pappas Silveira*

 He comprobado algo: el ser humano, para alcanzar su realización, necesita de la amistad, el cariño y el apoyo de los demás. Aunque esto lo aprendí en la vida, nunca lo viví en forma tan profunda, ni lo comprendí en forma tan trascendente, como cuando conocí a Barabas, mientras éste cumple una sentencia en prisión.

 Como parte de una forma de vida que aprendí de mis padres, durante varios años he asistido al CE. RE. SO de Mérida, Yucatán. En este lugar he aprendido algunas de las lecciones más importantes de mi vida. He descubierto que los seres humanos tenemos una gran necesidad de atención; todos queremos ser escuchados y que tomen en cuenta nuestra historia. Esto es aún más cierto en la cárcel. Los presos necesitan, tanto como la comida, el agua y el aire que rerspiran, el oido de alguien que los escuche.  

 Sólo cuando te tomas el tiempo y la responsdabilidad de hacerlo, de estar con ellos, comprendes algo: el delincuente, lejos del profundo prejuicio que tenemos hacia ellos, es un ser humano muy parecido a nosotros, con los mismos deseos, anhelos y sueños de felicidad, sólo que en algún punto del camino, fue confundido, herido y mentalmente trastornado. Condiciones que limitan su posibilidad de entender sus actos, antes de cometerlos. Creo, sin intención de justificación alguna, que las causas imperantes de la delincuencia son: la pobreza, la drogadicción, el alcoholismo, la disfunción familiar, el divorcio y la ignorancia, características muy comunes de nuestro mundo actual.

 ¿Cuáles son las razones y motivaciones de los presos para cometer un delito?, ¿Qué es realmente lo que les llevó a cometerlo?, ¿Cuál es su actitud ante la vida, ahora estando presos? ¿Cuáles son sus sueños? Intentaré responder a estas preguntas a través de una entrevista a profundidad a Manuel, "El Barbas", un interno y amigo mío que confió en mi para contarme su historia. Lo que a continuación leerán es la transcripción de sus propias palabras. El documento es parte de una tarea para la clase de Investigación Cualitativa, que tomé en mi cuarto semestre en la Escuela de Comunicación.   

 "Ayer lloré en la taza del baño; lloré, y fue por impotencia. Impotencia de no poder romperle la madre. Le quise pegar, pero le pegué a la pared. Gracias a Dios que no logré golpearlo. Ese individuo ha sido un tormento desde que duermo en su celda. No es fácil vivir preso, y él nunca ayudó a suavisar esta condición, más bien la hace más dura".  

 "Para empezar, yo no tengo mucho dinero, vivo en una celda con 11 presos más. Ese es el destino de los pobres aquí. Nos peleamos seguido. Yo tengo unos fierros debajo de mi cama; no quiero lastimar a nadie, pero tienes que defenderte y un día casi los uso. Recuerdo que desperté, agarré los fierros y se los entregué a Don Romero, carpintero del Módulo R, en el que vivo ahora".

 "Ese día me cambiaron de celda, a una de sólo cuatro personas. Ellos tenían tele, grabadora, y hasta un DVD. ¡Claro!, tienen dinero, pagan una renta estando ahí. Yo, que no tengo nada, pagué sirviéndoles a ellos. Eso no me molesta. Al hombre que casi golpeo, El Narco, no sale de su celda. Yo siempre tengo que hacerle favores: "Barbas, traeme aquello", "haz lo otro", "limpia aquí", "pon esto allá"; incluso: "Barbas, préstame dinero".

 "Yo aquí me llevo bien con todos. Me hacen el paro y yo lo devuelvo. Por favores que me hacen, tengo que darles para el chesco o mi rancho. Aquí nada es gratis. Sé moverme en la prisión. Desde temprano trabajo, lavo ropa agena, ayudo en la celda, limpio y no tengo problemas. Pero trabajar así porque sí, para el Narco, sin ganar nada, eso no. He sido su gato por muchos años".

 "Él está acostumbrado a no trabajar, a deberle a todos; tiene una sentencia de 21 años y una deuda de 540,000 pesos. Ahora no hago nada para él. Desde las seis de la mañana estoy trabajando para ganarme unos centavos. Si tengo que pagar un favor, doy mi comida de almuerzo: frijol con puerco, puchero o pollo frito. Aunque aquí, más que comida, todo es caldo pintado, nada tiene sabor".

 "Disfruto de las cosas sencillas: ver salir el sol, saber que estoy vivo y platicar con mis amigos. Aquí no hay mucho qué hacer: trabajar, descansar e intentar no meterte en ningún problema. Con el dinero que me gano puedo comprar un limoncito o unos tomatitos para azar; así puedo ponerle sabor a mi comida. Creo que, sin sabor, nada se disfruta".

 "Antes de caer preso era Guardia de Seguridad en un prostíbulo. Trabajaba en la noche, hasta que amaneciera. Era buen dinero. Un ambiente de alcohol, drogas y prostitución. Ahi me volví drogadicto. Mi finalidad sólo era conseguir droga. Tuve una pareja que me llevó aún más lejos. Ella era una prostituta que se drogaba y era alcohólica, como yo. Eso nos llevó a iniciarnos en el crimen. Lo único importante era el dinero, al precio que fuera; no tenía concienica. Llegué a ser despiadado, desconsiderado, golpeaba a cualquiera que se me pusiera en el camino."

 "Hasta que llegó el día del secuestro. Mi pareja y yo obtuvimos tanto dinero, que nos fuimos a Cancún y tuvimos una fiesta de seis semanas. Todo el tiempo pachecos y borrachos. Bajo esos efectos se nos ocurrió una "grandiosa" idea: robar el Hyatt. Lo hicimos el 18 de Agosto del 2003. Aún lo recuerdo. Eran las cuatro de la mañana. Robaríamos la caja fuerte, ahí había $200, 000 pesos. Estaba todo planeado, pero yo estaba un poco nervioso; para calmarme, me metí un perico de coca".

 "Caminé como si nada, con una 9 mm. Me dirigí a la caja fuerte, pero el recepcionista, intentó detenerme. Lo golpeé y calló al piso, pero vi que seguía moviéndose. Volvía a golpearlo. Terminé en un charco de sangre; tenía manchados los tenis, mi ropa y mis manos. El recepcionista dejó de moverse. Tomé los $200,000 pesos y huí. Me di cuenta que hacía varias horas que no sabía lo que estaba haciendo. De momento me entró una gran ansiedad, una angustia terrible y empecé a llorar. Volví a drogarme. Le entregué $80,000 pesos a mi madre, junto con la pistola". 

"Había cometido un crimen. Esto ya no era un juego. Ahora debes saber qué hacer y cómo hacerlo. Si cometía un pequeño error, terminaría en la cárcel para siempre. Fue exactamente lo que me pasó. Se me olvidó limpiar la sangre; aún la tenía en mis tenis. Me identificaron. Llevo aqui seis años. No hay nadie que interceda por mi".

 "Creo que perdí el camino desde la adolescencia. Mi padre me daba $50 pesos diarios, era mucho dinero para aquel entonces; él me daba todo lo que le pedía. A mis 15 años me regaló una Harley. Con ella casi me mato. Me daba todo, pero nunca estaba en casa. Le gustaba tomar; nunca lo ví como un ejemplo a seguir, pero me convertí en él. Nunca tuve su cariño ni su apoyo, sólo su dinero".  

 "Mi padre se enfermó de la cabeza, lo operaron y ya no pudo moverse. Mi madre se consiguió otra pareja, un alcohólico que la golpeaba. Por ella lo aguanté, pero le prometí que un día lo iba golpear. Me duele que nunca tuve una buena relación con nadie. Mi padrastro robaba dinero y se embriagaba. Un día, frente a mi, le gritó a mi mamá: "Te voy a romper la madre!". Lo único roto fueron sus dos costillas y yo se las rompí. Ese tarde le  cumplí mi promesa".

 "Yo amo a mi madre, la adoro. A veces viene a visitarme. Me llena de gozo su presencia. Veo su cara radiante, me abraza fuértemente, siento su olor y me llena. Me enriquece y siento que puedo lograr lo que sea; es algo que no puedo explicar, algo mágico. Por sentimientos como este se que Dios existe. Cosas tan extraordinarias no pueden ser obra de un mortal. Un 31 de diciembre vino a visitarme y yo estaba drogado. Esa noche me dijo: "Soy tu única visita, si sigues así, no volveré". Jamás volví a drogarme. Nunca olvidaré esas palabras".

 "Hoy estoy bien, tengo valores y una familia que me ama. Tengo a Dios en el corazón. Todos los días le pido que me de la fuerza para seguir y obrar bien. La cárcel me ha enseñado mucho. He aprendido a valorar el trabajo, los amigos y la familia. Tengo una hija que tiene 19 años. En una de sus visitas me dijo: "Cuando salgas, búscame, yo te ayudo" Esa es mi esperanza. Cuando vienen los hermanos de la Pastoral Penitenciaria, como tu, me hacen sentir feliz. Le pido a Dios por Ustedes. Es tan milagroso que gente como tú vengan a este horrible lugar; sólo puede ser obra de Dios". 

 "Tengo la ilusión de salir e ir con mi hija. Quizá termine mi licenciatura en Administración. Cuando salga abriré una cocina económica. La cocina tiene sabor y a mi me gusta el sabor. Hay que ponerle sabor a la vida. Se cocinar, me gusta mucho la cocina. Eso haré y seré feliz. Hace muchos años que no veo la calle, pero confío en que lograré sobrevivir en ella. Mi hija, mi madre y la cocina, son lo que me anima a seguir. Espero que la próxima vez que te platique, sea afuera y con un cappuccino".

 

* Christian Pappas Silveira estudia el tercer semestre de la Carrera de Comunicación en la Universidad Anahuac Mayab. Su correo es: [email protected]

 

 

 

 

 

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