Universidad Anáhuac Mayab

Cuento: Los Guardianes

Publicado en: 22 de Junio de 2006

Metida en las primeras horas de la noche, la patrulla 907 de la delegación avanzaba por calles semidesiertas. La temporada invernal, con sus bajas temperaturas, no era un buen motivo para estar fuera de casa, pero la pareja de uniformados realizaba su ronda nocturna. Adentro, el Cabo primero Nefromundo Nundez se quejaba amargamente con su pareja.

-- Si mi coronel. Así como se lo digo. Pasan muchas cosas. Usted porque es nuevo en el rumbo no lo sabe. Si yo le dijera: A uno se lo traen bien vigilado los jefes. ¡De verdad! Cuidado con pasarse de lanza con la lana y no caerse con su cuerno a tiempo, no reportarse con el controler en el crucero; No digamos cortejar por error a la sirvienta que se anda tiroteando el jefe, porque no la cuenta uno y lo arrestan por dos días a pan y agua y sin baño.

-- Uhmm, uhmm… -- Murmuró el Coronel Ambrosio Ninguneo, superintendente de patrulla.

-- Y lo del uniforme. Cuidado y no lo trae uno limpio y bien planchado, los zapatos boleados, la corbata alisada. Que no tenga uno los pelos parados, porque le suspenden la quincena, más la multa por indisciplina, y…

-- Cabo, dígame algo que no sepa. Llevo muchos años en este negocio, así que no me venga con cuentos. Se me hace que le pasa algo que lo trae agobiado y rabiando. ¿Para que tanta explicación? ¿Tanto rodeo, a ver? ¡Cuente ya de una vez! -- Contestó el coronel dando vuelta en la esquina.

-- Claro que traigo una pena. Y no nada más una pena. También estoy muy disgustado. A usted le consta cuantas horas de ronda hacemos sin quejarnos. Cómo a veces tenemos que poner de nuestro cuerno para completar la cuenta del día y ni para taquitos nos queda; Y la gasolina, el aceite y las llantas de la patrulla…

-- Uhmm, uhmm. Murmuró de nuevo, en tono molesto el coronel.

-- Además que tenemos que andar a las vivas para tomar nuestros tragos. Solo vodka, para no tener aliento alcohólico. Con lo feo que sabe, me cae. Ni siquiera unos hielos para enfriarlo. Por cierto, ¿ya terminó el suyo? -- Preguntó Nefromundo mientras se inclinaba hacía adelante, para alcanzar la botella que llevaba debajo del asiento.

-- Todavía. -- Respondió exasperado su acompañante

-- Pues si, mi comandante: ¡Ah! Y cuidado con fumar y quemar el asiento porque nos lo cobran como si fuera nuevo. ¿Y que me dice del sector que nos asignan? Los más peligrosos y los menos rentables ¡Qué poca me cai! Si le contara todas las cosas que…

-- ¡Se lo advierto cabo! ¡Cuente ya! -- Gritó el coronel, agitando su dedo índice de arriba a abajo; amenazante. Una señal de pocas pulgas.

-- Nefrobundo no se inhibió por el gesto del comandante. -- ¿Verdad que se siente feo que el jefe, sin aviso y ninguna consideración nos doble el turno, sin chance de decirle a la familia? Ahí va avisando uno en la madrugada. ¡Uy, y con lo delicada que es Dorotea! Ni le cuento que me hace un verdadero berrinche cada vez que pasa. Amenaza con abandonarme y me echa en cara su mala suerte y tarda para dejarme entrar a casa. Ya una vez me cerró la puerta 4 días y dormí en el cuartel. Yo solo…

El coronel pisó el pedal de freno hasta el fondo. La unidad se meció bruscamente antes de detenerse, lanzando al cabo hacía adelante, proyectándolo de frente contra el cañón de la escopeta recortada fija al tablero, derramando el contenido del vaso en su uniforme, además de golpearse feamente la nariz.

-- ¡Con un carajo, Cabo! O habla de una vez o cierre la boca, porque no crea que lo vaya a estar oyendo quejarse toda la santa noche. Así que ya sabe, y no me provoque porque lo arresto -- advirtió el coronel dando un golpe seco contra el volante.

El aludido tardó en contestar, porque tuvo que contener con su pañuelo y un pedazo de estopa, la hemorragia que fluía de ambas fosas nasales sobre su espeso mostacho.

”¡Pinche guey!” ¡Qué poca madre!” -- Pensó con los ojos llenos de rencor, fijos en los del coronel. Le dolió no responderle como los machos y atreverse a darle un descontón en plana cara. Más le remordió no mentarle la madre. Más lo mortificó que se manchara la camisa nueva que le regaló Dorotea. Pero lo que más le molestó, hasta los más profundos senderos del odio, fue darse cuenta que el asunto del “vampiro enmascarado” lo estaba llevando más allá de sus casillas y que una perversa obsesión galopaba en su pecho, en plena carrera.

Todavía aturdido, recordó, amargado aquella lección de la academia: -- “Lo señala bien claro el reglamento de la corporación: ¡Guay de aquél que le ponga la mano a un superior! Aquí el motivo es lo de menos. Así son las órdenes. ¿Me entendieron, mis polis...?

-- La próxima vez avise que va a frenar. Por su culpa me lastimé la nariz. Nomás que me quede chueca y ya me fregué. Ora si que, con lo malo que esta todo a lo mejor salgo con la nariz desfigurada. De por sí la Dorotea es muy delicada y fiera como un doberman, y si no le gusta como quedo, no me voy acabar la madrina que me va a poner y de seguro quedo peor de feo, me cae -- advirtió.

La mirada de pistola del coronel fue suficiente.

Haciendo de tripas corazón, entre molesto y resignado, empezó a hablar:

. -- ¡Ya, ya, le voy a contar de una vez! Todo es culpa de un guey vestido de murciélago enmascarado. Como los de la lucha libre de la Arena Pepinar. Se hace llamar Batman y anda siempre disfrazado, así como lo oye, disfrazado de vampiro. Trae una mascara espantosa que le oculta la cara. Un trajecito de cuero con lana azul y capa negra, que se ve tuvo mejores épocas. Usa guantes y zapatos como de bailarina basquetbolista, ¿Se imagina? Trae siempre un cinturón con tamaña hebilla y anda en un automóvil fantástico: El batimovil, le dice. ¿Ha oído hablar de él, comanche? -- Terminó mientras guardaba el pañuelo y reanimado se servía un nuevo trago.

Esta vez volteó Ambrosio. Bajó velocidad, escogiendo el carril central de la avenida, desierta a esas horas. Se orilló hasta detenerse por completo. Apagó la unidad y dejó la torreta con las luces intermitentes encendidas. Vació su cuba y encaró al cabo:

-- ¿Batman, dice? ¿Aquel superhéroe de historietas gringas que vivía en la batí cueva con la bati chica y que tenía un protegido que se llamaba Robin?

-- Si señor. El mismo. Pero este es el original. No vaya a creer que es imitación, suplantación o ursupacion, jefe. Resulta que vino a menos y su popularidad decayó. De repente nadie lo pelaba en los Estados Unidos. Los niños se burlaban de él y los ladrones se dedicaban a ponerle cuetes y voladores dentro del coche. Dejaron de llamarlo con la bati señal. Más de una vez se vio comprometido, a punto de perder la vida, al enfrentarse con pandillas más entrenadas -- decía animado al servir el vodka en un vaso de plástico y agregar coca cola -- . Se convirtió en un problema para el sistema de justicia norteamericano. ¡Imagínese! Un súper héroe devaluado, no les interesa, así que resolvieron el problema: ¡Al estilo gringo! Le dieron una lana y lo jubilaron. Como Batman había juntado unos centavos, escogió vivir acá por Santa Rosa, cuarta sección. Lo malo no es que viniera a vivir a México. Muy su asunto. Lo que pasa es que llegó súper bien recomendado por el embajador de los Estates, y la fama que tuvo en sus buenos tiempos fue suficiente para imponer sus condiciones a nuestras autoridades.

-- ¿Condiciones...? ¿A nuestros jefes de policía, no me diga? , ¿Qué condiciones son esas? -- Preguntó Ambrosio, aprovechando el comentario para servirse tres dedos de Smirnoff en su vaso, omitiendo el refresco.

-- Como lo hizo, no sé. Es lo que cuentan en la delegación. El caso es que tiene privilegios muy particulares, por ejemplo: De entrada, así como para abrir boca, le asignaron el mejor sector de la región: La zona Púrpura. No hay nada igual para sorprender borrachos incautos, levantar mordidas, cohechos y el control de las muchachas alegres. Trabaja de 10 de la noche a 6 de la mañana, de lunes a viernes. Ni sábados ni domingos, ¿Eh?, ¿Cómo le quedó la canica? ¿De a seis, verdad? -- Agregó frotándose de gusto las manos al ver el cambio de semblante de su pareja. -- Puede estacionar su auto donde quiera: día y noche. Recibe un generoso salario, con bono y aguinaldo. Pero si lo que le cuento es difícil de creer, lo que no se concibe y es una burla para toda la corporación es que el fulano aquel, tiene permiso de la delegación para consumir bebidas alcohólicas, ¡en la vía pública!… ¡Puede chupar lo que quiera! ¡Lo que quiera y ni quién le diga nada! Le encanta presumir que es un campeón, que se la venimos guanga todos los polis de la ciudad, y más cosas. Y para que se acabe de asombrar, el mamerto aquel nunca tiene un peso en la bolsa. Consigue su provisión de chupe y tabaco de las diferentes tiendas y farmacias de la delegación. No se sabe que haya pagado alguna vez, aunque todos concuerdan en que es comedido y decente, pero cumple su palabra: ¡Regresa cada 45 días!

-- ¿Y el Joven Maravilla, cabo? ¿Trabaja con él?

-- ¡Pues claro, mi coronel! Como que es su achichincle. Le hace todos los mandados y consigue las provisiones en el mercado. Pero todo gratis, ¿Oyó bien? -- Hizo una pausa y miro de frente a su superior:

-- Dígame, mi Comander: ¿Había oído tan poca vergüenza y ventajismo en su vida? ¿Había escuchado cosa semejante? ¿No se le hace un agravio nacional que a un extranjero le den esos chances? ¡Por Dios, nada más nos faltaba eso, me cai! ¿Dígame si no? Hábleme con franqueza -- gritó Nefrobundo, mirando retador a su vecino.

-- Nunca en mi policiaca vida supe algo que llegara a estos extremos, y mire que sé muchas cosas-- Exaltado, con la cara roja, comentó el general. —De verás. ¿Cómo le hacen para gozar esas influencias, cabo? ¿Cómo es posible que eso suceda mientras a nosotros nos dan unas chamarras espantosas, que no calientan nada? Yo si trabajo fines de semana, pero 24 horas por 24. Y no me preguntan si quiero, nomás me dan la orden. Me la paso manejando todo el día. El sector es enorme y peligroso. Y cuidado y me indisciplino, porque me quitan de la patrulla y chance hasta me corren…

-- ¿Lo ve Coronel, lo ve? Me lo esta diciendo. Veo que se esta molestando como yo y no para de quejarse.

El cabo fue interrumpido una vez más por el coronel, que inquieto, tamborileaba los dedos sobre el volante, la quijada endurecida; Pensando rápidamente

-- Le garantizo que esto no se queda así, cabo. Como que me llamo Ambrosio Ninguneo Trocado. Yo tengo dignidad y voy a poner en su lugar a todo aquel que se quiera burlar de nuestras sagradas instituciones. Aquí hace falta un plan, y yo tengo uno. Fíjese bien cabo. Corra la voz en todas las vinaterías del rumbo que…no surtan... esperando que….

La conversación dentro de la patrulla se animó. Cualquiera que hubiese pasado por La Compuesta, en la colonia Los Jacales, habría visto al par de patrulleros, platicando amenamente mientras se incorporaban a la circulación.

2

Recargados en un poste, Batman y Robin se tomaban unos tragos a la luz de la luna. Encima del capirote del sofisticado vehículo propiedad del primero se advertían vasos, ceniceros, un pomo de Bacardi, refrescos, servilletas, cacahuates salados y japoneses, salados chinos, una lata de atún con mayonesa kraft y galletitas saladas. Mucha sal pues y harta sed.

-- ¡Santos jeroglíficos empedernantes nicotizantes, Batman!

-- Si Robin. Son un verdadero desmadre. Darle una calada al marlborito y un chupe al Bachardon al mismo tiempo es cosa diabólica y solo el temido Guason de ciudad Vergotica lo puede hacer; ¡Carajos, Robin!

-- ¡Santas apologéticas desvergonzantes, Batman! ¿Cómo le haremos para deshacernos de lo hecho? ¿Haciendo eses?

-- Cuidado con lo que dices, Robin, porque puedes terminar haciendo heces en eses por el camino. Solo el Pingüino de Ciudad Pútrida puede obrar volando alto.

-- ¡Recaspitas recombinantes anulatorías, Batman!” ¿Y si nomás nos tomamos esta y luego luego la que sigue? Si le damos unas chupadas de escándalo al “light”: ¿Crees que podamos ver a Gatuvela en pelotas?

-- ¡Vaya, vaya Robin, que eres cosa seria! Acuérdate del Acertijo de ciudad Cartolandía, que perdió la honra y apellido cuando se puso re borracho en casa de los amiguitos de lo ajeno.

Aquellos sus cuatotes…

-- Pero se acaba el ron y la cajetilla de marlboritos, Robin. Yo creo que te vas volando al estanquillo del “Muegano” y le sacas un pomo alusivo a nuestro antepasado. De paso cocas y aguas y más cigarros... Lo bueno es que el Vampiromovil tiene un amplio frigobar y el suministro de hielos esta asegurado.

Robin dio un largo sorbo a su trago. Puso el vaso en el suelo y observó los hielos tintinear contra las paredes de cristal. Pareciera que tuvieran vida propia. Revisó nuevamente el contenido de su vaso cubero. Los hielos subían y bajaban, sumergiéndose en el líquido ambarino. Creyó percibir movimiento en el subsuelo, como si la tierra temblara y la carpeta de la calle trepidara agitada:

-- ”Santas temblorinas adyacentes”—pensó desconcertado. Estuvo tentado a poner la oreja en contacto con el piso para confirmar sus sospechas, pero de inmediato se dio cuenta de lo infantil de su idea. Optó mejor por vaciar su vaso y buscar en la bolsa del chaleco las llaves de refacción del batimovil, cuando oyó decir:

-- Ni lo pienses… De plano. Ya sé que no te gusta andar por las calles cargando el chupe, pero la ley es la ley mi buen—dijo Batman, con un tono de voz que no admitía réplica, mientras prendía un nuevo cigarrito con la colilla del anterior. -- Además ya estás medio pasadón de copas, mi Rob. Acuérdate de cuando arrimaste el troncomovil a la puerta del antro aquel en Taxqueña. Tuve que llamar al comisionado para que enviara tres grúas telescópicas y pudieran bajarnos. Je, je, je, ¿Te acuerdas?

-- Recorcholatas palidezcas semidifusas, Batman—dijo Robin haciendo un mohín de enojo. —Siempre me traes de encargo cuando tomamos los tragos. La verdad no es que me moleste tanto pero, tú también puedes ir de vez en cuando, ¿no? …Digo, tienes pies y manos, ¿no? Además, hace días que tengo problemas para conseguir fiado con los cuates. El rollo de venderles protección a sus negocios les esta empezando a cansar, especialmente desde que hemos aumentado el consumo de trago y cigarritos. Más de una vez he tenido que presionar algún canijo para que afloje... y tú de eso... ni te enteras... y Yo... siempre voy… —La voz se fue caminando con Robin, rumbo a la vinatería “El Lucero del Rosal Enfermo”

-- “¡A qué Robin este, caramba! Es refunfuñón, pero es buena onda y me tiene ley”—pensó Batman tratando de enfocar la figura que zigzagueante se alejaba pateando una lata de refresco. Descansó el brazo izquierdo sobre el parabrisas -- ”Es difícil hacerle entender a los muchachos de hoy las razones... los motivos... Pero ni modo de perder la jerarquía por unos pomos de ron” -- concluyó, mientras atento observaba la calle desierta.

La luna redonda, grande, clara, brillaba a lo lejos, como un ojo salido de un telescopio, atisbando la tierra. Su activa participación y la luz que emanaba sobre la calle desierta la hacían un cómplice más.

A lo lejos, los faros de un auto se acercaban.

3

Con las manos metidas en los bolsillos del chaleco verde, Robin rumiaba sus pensamientos rumbo a la vinatería:

-- ¡Claro!, Es mucho más cómodo quedarse paradote junto al carro y cotorrear con las muchachas. Más divertido hacerse un trago y prender un cigarrito, y por eso me manda a mí a conseguir las cosas. Pero llegando le voy a decir de una buena vez que se acabó. Que se acomida y vaya empezando a visitar a los proveedores porque yo ya me cansé que me vea la cara…

Al llegar a la cortina metálica tocó con los nudillos enguantados las 4 diferentes señales convenidas. Una cara cuadrada, cabeza rapada y amplio mostacho a la Zapata se asomó por la pequeña abertura de la ventanilla.

-- ¿Qué onda mi Muégano, cómo estás?

-- Pues ahí pasándola, nomás, mi Bobin. ¿Qué onda mi buen?

-- Pues también pasándola. Más o menos. Ya sabes, el frío se pone canijo acá afuera. Pero cuéntame, ¿Cómo les fue con la redada?

-- Por poco y nos clausuran, mi Bobin. Estuvimos a un paso de acabar en la cárcel. Gracias a muchos, muchos milargos , paramos la bronca. Todavía nos vigilan pero ahora los inspectores son peores; vienen por su mordida cada semana.

-- ¡Santa requisa indignante! No me digas. Se pasan de veras ¡Qué lastima; en serio, mano! Vas a ver que rápido se reponen de esta mala racha. Me consta que ustedes son los mejores. No hay en la colonia quién atienda igual a su clientela. Por cierto, pásate el pedido de rigor: Dos pomos de ron, cocas, agua y cigarritos. -- Terminó Bobin, sobándose las manos enguantadas.

-- De eso quería hablarte -- dijo Julián, silabeando despacio las palabras. -- Mira Bobin, la situación cambió. Estamos advertidos. Una infracción más y nos ponen en la grande, sin chistar. Además, hemos hecho algunas consideraciones y de plano preferimos enfrentarnos a los “Caguamos” o a los “Precisos”. A esos los conocemos hace años, viven en la colonia y por lo general pagan lo que consumen. Nos han hecho el paro contra los “Na palmitas” y “Los Rosendos”. Esos si son como el diablo, que abusan del que se deja. En cambio, nunca hemos visto por acá al “Pingüino”, al “Acertijo”, y los demás maleantes gringos, con nombres de jotos que nos han estado inventando. Según ustedes se iban a dejarse caer por aquí, con aquello de la globalización, pero se me hace que se quedaron en gringolandia y ya nos agarraron de su puerquito. De plano. Así que con la pena mi buen, o te caes con tu lana o no te puedo dar lo que me pides. ¡Tengo órdenes terminantes de mi patrón! Yo que más quisiera. -- Y sin más le cerró la puertecilla en las narices.

-- ¡Pinche Julián, espera un momento, no me cierres! -- Gritó Robin, pero por más que pateó la puerta no obtuvo respuesta. -- No te vengas a quejar cuando te caiga el “Guasón” o la “Gatuvela y te vacíen la tienda. Ya vendré mañana. A ver que cuentas me vas a dar, guey” -- amenazó encolerizado.

De regreso, con el gesto descompuesto por la rabia, se golpeaba las manos mientras pensaba: ¡Santos intrépidos antagonistas! ¡Me lleva…! Ya me lo temía. Como que veía venir que esto iba a pasar tarde o temprano. Ya se lo había dicho a Batman no sé cuantas veces. ¡Pero claro, nunca me hace caso! Pero ahora que se complico la cosa va tener que tomar cartas en el asunto. A ver como resuelve esta situación. Ahí si que lo quiero ver. Él que se cree tan acá… tan astuto… tan sabroso… tan…

Las calles se hacían eternas. En los edificios, luces aisladas en las ventanas hacían las veces de ojos, mudos testigos al desencanto del joven maravilla.

4

-- ¡Vaya, hasta que llegaste! -- Dijo Batman, girando bruscamente hacía Robin. Pudo ver que su fiel compañero regresaba con las manos vacías. Caminó zigzagueando hacía él, dio un paso en falso y tuvo que brincar para recomponer la verticalidad, enganchando su amplia capa en la antena del batimovil. Mientras intentaba librarse del embrollo, estuvo a punto de estallar, como otras veces, pero contó hasta diez y preguntó, tratando de pasar inalterado:

-- ¿Qué pasó mi Rob, como te fue?

-- ¿Cómo que cómo me fue? ¿Pues que no estas viendo que no traigo nada? Ni bolsa, ni pomos ni cigarritos, ni nada de nada. ¿O qué, no tienes ojos? ¿Te faltan lentes? -- Respondió desafiante, retando a su jefazo.

Batman iba a responder, pero al jalar su capa, dobló con su peso la antena del carro, perdió el equilibrio y cayó al suelo, golpeándose la nuca contra el poste de luz. A su lado, los restos de la botella de Bacardi mojaban el pavimento

-- Ora mi Robin, ayúdame. ¿Pues que traes? ¿Desde cuando me hablas de esa manera? Yo que te he dado todo, sin pedirte nada a cambio. Educación, tu ropita de trabajo, tu lanita a la quincena. A ver, dame la mano, ¡carajo!… -- le dijo al joven, sobándo el chuchuluco que crecía rápidamente en su cabeza.

En esas andaba, cuando se detuvo a un costado del batimovil una patrulla. La torreta de luces y los faros apagados. Solamente iluminada por los cuartos de la defensa.

-- ¿Algún problema, caballeros? -- Preguntó el coronel Ninguneo, descendiendo de la unidad. Caminó hasta el caído y tendió su mano derecha. Batman agradeció el gesto, aferrando con la izquierda la extremidad. Pujando, se incorporó con gran impulso, lo que hizo que ambos personajes dieran un par de vueltas antes de soltarse.

-- Muchas gracias, oficial. -- Saludó Batman, dirigiéndose al uniformado, mientras se pasaba el pañuelo por la mascara y limpiaba sus manos, llenas de arena. -- Me llamo Batman, y él es Robin. Parece que di un mal paso y me fui de bruces, pero ya estoy bien. Un poco estropeado, pero bien. ¿Con quién tengo el gusto? -- Repuso, adelantando a la vez su mano derecha hacía su inesperado salvador.

Temeroso de otra voltereta, el coronel respondió el saludo: -- Coronel de infantería urbana,

Ambrosio Ninguneo. Para servirle. El oficial es el cabo primero Nefromundo Nundez . -- Señaló a su acompañante, que después de estacionar la patrulla en la esquina lateral, se unió al grupo.

Después de cinco minutos de formalidades, entablaron animada plática:

-- ¡No hombre!, ¡Quién me lo iba a decir! El hombre murciélago y el joven maravilla, en vivo y a todo color. Eso si que es una verdadera sorpresa. Es más, esto merece un trago. ¿Ustedes que toman, señores? -- Preguntó Ambrosio, palmeando la espalda de Batman.

Antes de responder, Batman repasó a Robin con una terrible mirada de desaprobación. Sus provisiones etílicas se habían evaporado. Nada más eso le faltaba. Que acabando de conocer a un coronel no tuviera nada que invitarle. Y luego la historia de Robin y sus tontas excusas. Ya resolvería esto más tarde.

-- Ejem, ejem, pues mire usted coronel, de momento andamos cortos de trago, pero…

-- ¿No me diga, Batman? Si me permite, puedo invitarle un súper ron, de Jiutepec, Morelos. Como debe saber, Morelos es una zona cañera por excelencia y este roncito es simplemente el mejor de la región. -- Mientras hablaba, el cabo sacó una bolsa de papel y la entregó a su jefazo. El Coronel abrió la bolsa, la retuvo en la mano y ofreció a Batman la botella de cristal. Ambrosio dobló y guardó la bolsa dentro de su chamarra.

Batman abrió la botella animadamente y cuando estaba por servir un tercer vaso, escuchó al coronel disculparse:

-- Que sean dos solamente, bati amigo. Nosotros únicamente tomamos vodka, cuando estamos de servicio; por aquello del aliento alcohólico, usted sabe. Pero sirva a su gusto, no faltaba más -- terminó haciendo un guiño cómplice al enmascarado.

-- Se agradece coronel… Nosotros solo le entramos al Bacardi. No en vano aparece un antepasado en la etiqueta, pero de verdad esta muy sabroso este roncito.

Al compás de la charla, el coronel solicitó a Batman un autógrafo para su sobrino Otilio. Después de las dos de la mañana las botellas de vodka y ron se fueron acabando. Batman y Robin, envalentonados, presumían las prerrogativas que el gobierno de la ciudad les otorgaba, haciendo señas obscenas a las autoridades.

-- Estamos globalizados, mi “Tolonel de inflanteria” Y eso significa que los mejores tenemos más oportunidades. Ustedes tienen mucho que aprender de nosotros. Ya ve, hasta la DEA trabaja en México. Algún día todo va ser gringolandia, y ¿Quien va a cuidar de los ciudadanos cuando lleguen los verdaderos delincuentes a vivir a México? ¡Pues nosotros meros! ¿O no, mi Tolonel?

—Y ni hablar de la tecnología porque toda se las vendemos nosotrosss. Ustedes no fabrican ni madres. ¡Ni madresss! —gritó alterado Robin

Los policías asentían animados, festejando discretos las ocurrencias del dúo dinámico, quienes en franco estado de ebriedad, se mantenían en pie con dificultad.

—Pero no se preocupen, porque para su fortuna son nuestros amigos. Amigos de verdad y eso se los hemos demostrado siempre y por eso los cuidamos. Ójala y supieran valerse ustedes por su cuenta pero ni para eso son buenos, mi tolonel —decía Batman, guiñando un ojo mientras manoteaba como si espantara mosquitos.

—Uhmm...Uhmm... —gruñía el coronel

--Y bueno, pues que esperaban con toda la corrupción de las diferentes policías de la ciudad y como se las gastan en los juzgados. O se afloja uno con una lana o de plano no prospera ninguna investigación y ya se puede uno ir al fin del mundo, que cuando regrese, nada de nada. Son unos verdaderos corruptos, mi tomandante!

—Y ni hablar de armamento, porque todo se los vendemos nosotros. Ustedes no componen ni una pinche pistolita. ¡Ni madressssss! —Gruñó alterado Robin

—Uhmm...Uhmm... —gruñó el coronel de nuevo, mirando su reloj

—¡Claro que eso tiene un precio...! ¿No iban a creer qué....? —Batman detuvo la frase. Se quedo inmóvil por completo. Se llevó las manos a los ojos, tallándolos desesperado:

-- No pueddo verrr bien, Robin.

-- Santtoss ojasosss -- Ba, Ba, Ba, Batmannn. Yoo tampocooo.

Esta queja de los enmascarados fue una señal anticipada De acuerdo al plan establecido, sin perder un segundo, el cabo atacó al murciélago, sujetando sus manos por la espalda con un par de esposas. El coronel actuó sobre Robin y en un minuto estaban los dos paladines americanos sentados, espalda con espaldas, con las manos esposadas a través del poste de luz. En plena esquina.

-- Ssssaantttooos heechhhiceerooosss essssposssadosss. Baatmmmann. -- Balbuceó Bobin, pataleando frenético. ¿Y ahhhhoora, qqquién podrrrrá ayu..., ayudarrrnos?

Batman quiso responder, pero luchaba contra su inconciencia. Articulaba frases sin sentido.

El coronel revisó el chaleco del joven maravilla, sacó las llaves del batimovil y giró instrucciones al cabo:

-- ! Ya sabe, limpia muy bien este mugrero! ¡Que no quede nada, nada! Me llevo el coche de estos babosos al deshuesadero de Efraín, Nos vemos allí en 10 minutos. No se tarde, y muy importante: No deje huellas; que no quede ni una sola evidencia, mi cabo. ¿Estamos?

-- ¿Y que hacemos con estos, coronel? ¿A poco vamos a dejarlos así? Imagine el escándalo y las consecuencias sobre el TLC, cuando estos dos se quejen ante su embajada.

Dentro del superauto, con el motor en marcha, reiteró: -- Siga mis órdenes y no discuta, cabo. Donde Efraín en diez minutos -- y partió silencioso hasta perderse en la noche.

El cabo liquidó el asunto velozmente. Borró huellas y dejó el tiradero. Rompió el foco de la lampara pública y se alejó en la patrulla, dejando atrapados entre el poste a los inconscientes encapuchados.

La noche especialmente fría y densa por la neblina, veía poca gente por las calles. Una circulación inusitada para las 5 de la mañana de un día oscuro y frío; sin comentarios. El humo que salía por el mofle de la patrulla dibujaba figuras que duraban un instante en la avenida desierta, poniéndole nombre.

5

 

 

—A ver cabo, aquí tiene la parte que le toca. Ni le cuento lo contento que se puso Efraín. Al ver entrar en su taller el batimovil ese, me confesó llorando que cuando era niño, suspiraba por tener ese auto. No quise contrariarlo pero le expliqué claramente que con la cantidad de circuitos que tiene el carro ese, era imposible pensar en dejarlo como está. Además de la búsqueda que de seguro realizaría el FBI o la CIA. Efraín bien sabe que en el mercado negro de partes especiales le van a dar muy buen dinero. Además es un experto para desaparecer y transformar toda clase de vehículos, de tal manera que podemos estar tranquilos. Lo que le pedí es que instalara la hielera en la patrulla. Es fantástica, cabo. No más cubas ni trago caliente.

El cabo extendió la mano a un grueso fajo de billetes de doscientos pesos. No lo contó para no ofender al coronel, pero se dijo que tan pronto pudiera iba a comprarle un hermoso regalo a Dorotea.

Animado abrió el depósito de hielos y tomó un par de cubos. Luego preguntó a su compañero: -- Dígame mi coronel. ¿Que pasó aquella noche? ¿Qué clase de roncito les invitó a los difuntos?

El coronel chasqueó la lengua con satisfacción. Dio un trago largo, hasta terminarlo. Pasó su vaso al cabo pidiendo otra copa y le dijo — La verdad, es un secreto, cabo. No debería decirlo, pero usted se ha ganado toda mi confianza. Pero le advierto que cualquier indiscreción le va a salir carísima. De esto ni una sola palabra a nadie; incluyendo a su esposa. ¿Me entiende?

Hace unos años, en Jiutepec, Morelos, sucedió una desgracia. Fabricantes de bebidas clandestinas utilizaron por error metanol, en lugar de alcohol de caña. El resultado fue especialmente funesto, porque murieron intoxicados hombres, mujeres y dos niños. Más de 40 personas quedaron ciegas por consumir este producto. El gobernador tomó cartas en el asunto y la judicial del estado intervino de inmediato. Antes de 24 horas consignó a los responsables. Como resultado se decomisaron todas las botellas adulteradas, excepto una caja que se guardó como prueba durante el juicio. Pedirle a un buen amigo que sacara una botella de esa caja y la sustituyera por otra fue bastante sencillo. De lo demás usted fue testigo.

— ¡No me diga! Ya me imagino el escándalo que se ha de haber armado. ¿Cómo estuvo el rollo ese, mi comander? –pidió el cabo, aflojando el cuerpo sobre el asiento, apoyando toda la espalda, listo para escuchar...

—Pues fue, mi cabo, un verdadero desmadre. De esos que levantan ampolla. Verá usted...

Mitad de la ciudad ya estaba oscura. La mancha, boca voraz, venia deglutiendo el resto, como si estuviera echando llave a la puerta. El tráfico infame, de regreso a casa encendía miles de luciérnagas movientes. El frío se había detenido en las madrugadas, acompañado de bruma. La zona Púrpura estrenaba nuevos guardianes. Todo volvía a la normalidad y la ciudadanía dormía de nuevo protegida.

 

José Manuel Higareda Gutiérez es ex alumno de la Maestría en Alta Dirección, primera generación y su correo electrónico es: [email protected]

 

Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 
CC BY-NC-ND

Universidad Anáhuac Mayab

Carretera Mérida Progreso Km. 15.5 AP. 96
Cordemex, CP. 97310 Mérida, Yucatán, México
Tel. (999) 942 48 00 con 5 líneas
Fax (999) 942 48 07
Del interior sin costo 01 800 012 0150
Términos y condiciones de uso | Aviso de privacidad

© 1984 - 2017 Universidad Anáhuac Mayab