Universidad Anáhuac Mayab

El maldito destino

Publicado en: 22 de Junio de 2006

Hace varios años conocí a un pequeño que, por cuestiones de su propio destino, tuvo que empezar a ganarse la vida por sí mismo, mucho antes que otros jóvenes y mucho antes de que la vida lo hubiera preparado para ello.

El principio de su temprano fin, se inició hace diez años. Su mamá tenía un negocio de licores del cual ella era la dueña. Al niño le gustaba ir a la tienda pero, más que por curiosidad, tenía un especial interés en los chocolates, galletas y Sabritas que ahí se vendían, sobre todo porque, con un poco de astucia, no le resultaban tan caros.

El día que marcó su vida, uno como cualquiera otro, su abuelita lo mandó a la licorería para que le hiciera compañía a su mamá. Por alguna razón extraña, ni siquiera comprendida por él mismo, el niño se negó a ir. De más está decir que su abuelita se mostró totalmente sorprendida, ya que sabía de la pasión, secreta y prohibida, que su nieto tenía por la tienda. Debido a que el destino no puede sentarse a esperar a que un niño tome la decisión de encaminarse hacia él, la abuelita lo obligó enérgicamente a ir, no sin antes preguntarle la razón de su extraño proceder. Con coraje y resentimiento, quizás intuyendo lo que encontraría, se limitó a decir: “Siento algo malo, tengo miedo, como que me van a robar”. La sabiduría de la sexagenaria quedó sin palabras. La abuelita no lo mandó a la tienda

La tarde de ese mismo día, el niño regresaba, totalmente cansado, sudado y agotado de su entrenamiento de fut, actividad que disfrutaba en forma especial porque los demás niños, incluyendo al entrenador, le decían que era bueno. Llegó a su casa, regó su ropa, como siempre, sabiendo que lo regañarían, como siempre, y se metió a bañar, como todas las veces después de un entrenamiento. Cenó, como siempre y se sentó a ver la televisión, como cualquier otro niño, sin tener la más remota idea que esa noche esa no iba ser como siempre, sino como ninguna otra y que recordaría para siempre.

Para él, su mamá era la persona más maravillosa que podía haber en el mundo, pero nunca estaba en la casa, porque siempre estaba trabajando. Tres años antes se había separado de su esposo, y había tenido que trabajar por dos personas, para nivelar los gastos de la casa y la crianza de los hijos. El niño y su mamá se veían poco, pero, por la misma razón, sus encuentros eran únicos, alegres, fantásticos y llenos de amor. De más está decir que, por la misma carencia, su madre a veces exageraba un poco en sus cuidados, atenciones y gustos; no pocas veces el niño se sentía tratado como un pequeño rey; casi todo lo que pedía, se le concedía; le compraban cosas de más. El niño jamás sospechó que ese tratamiento especial le ocasionaría, eventualmente, su peor sufrimiento.

Esa noche su mamá no llegó a casa; el niño le preguntó muchas veces a su abuelita la razón de la ausencia, de la tardanza y de porqué no llamaba por teléfono. Diez mil veces se hizo la pregunta esa noche, pero su cerebro no estaba preparado para la respuesta.

En otro comportamiento extraño, la abuelita lo mandó a comprar algo de comer a una lonchería que quedaba frente a su casa. El niño pensó: ¿quién puede tener hambre en este momento? Pero aceptó con resignación y cruzó la calle, sin dejar de pensar un solo segundo en su madre. Volvió a sentir algo extraño en el estómago, como en la mañana, cuando no quiso ir a la licorería. El tiempo estaba tratando de prolongarle la noticia, pero dicen que el pensamiento a veces le habla a las personas, y esa noche estaba tratando de decirle algo.

Al llegar a su casa, se encontró, en medio de la sala, con un señor; el niño no comprendía su presencia y menos se imaginaba que esa persona era un policía. Cuando se dirigió a su abuelita para preguntar la identidad de ese hombre, se encontró que ella lloraba intensa y desconsoladamente. Su mundo empezó a derrumbarse y él no tenía la más remota idea de lo que estaba pasando. Fueron segundos que, a lo largo del tiempo, se han convertido en años, lo que le llevó escuchar las tres palabras, aun mezcladas con gritos, angustia, incomprensión, dolor y lágrimas: “Mataron a tu madre”. ¿Cómo es posible que sólo tres palabras sean suficientes para borrar toda una galaxia del universo?

Un hombre cualquiera, en un lugar cualquiera, en un momento cualquiera, enojado porque no le quisieron dar fiado el producto, enojado quizás con su propia vida, molesto con el mundo, con todas las licorerías y quizás totalmente inconsciente de lo que hacía: disparó hacia el dueño de la tienda, independientemente de quién fuera, apagando con ello miles de estrellas, ilusiones, porvenires, promesas, abrazos, besos, sonrisas y futuros, que jamás se darán.

Esa noche la policía se llevó a su abuelita para que reconociera el cadáver; él niño quedó con su abuelito, al que se aferraba como a la última tabla de su inmenso e infinito naufragio. Sus únicas incoherentes palabras se tradujeron en tres preguntas: ¿Verdad que ella está bien? ¿Verdad que no es cierto? ¿Verdad que no es mi mamá? Como única respuesta, no sólo de su abuelo, sino de la vida, ha encontrado lágrimas. Ese día su abuelo lloró toda la noche y el niño durmió con un gesto de dolor en su cara, que después de diez años, aún permanece como su máscara de identidad.

Al día siguiente, en aquella casa, apareció un objeto que tampoco se ha ido en diez años: el ataúd de su mamá. Mientras se obligaba a sí mismo a estar cerca del féretro, pasaron por su mente muchos recuerdos maravillosos que había vivido junto a ella.

Un recuerdo especial de aquel día fue un arreglo floral que había mandado su papá. En vez de correr hacia él, al verlo, abrazarlo, compartir la pérdida y llorar juntos, al niño le salió una pregunta, que ni él mismo entendía porqué la hacía, una voz adolorida, suave, pero llena de odio dijo: “Cuando estaba viva nunca le mandaste nada” ¿Por qué ahora, que ya murió? El niño salió de la casa y se fue a su patio, en donde, en un gallinero se sentó a llorar con los animales.

-Llegó la carroza -dijo un señor. Sacaron el ataúd y el niño se subió a la carroza que lo conduciría hacia su maldito destino.

Ya en el cementerio, a la hora de empezar a derramar tierra sobre el féretro, él niño tomó una rosa y un poco de tierra, los soltó sobre la tumba, y con unas lágrimas que tampoco olvidará por el resto de su vida, le prometió a su mamá que iba a lograr ser alguien en la vida.

 

Se de cierto que ese niño ha estado luchando con la ayuda de su abuelita, para superar todo… porque ese niño soy yo.

 

Sergio Alejandro Chan Tavera es estudiante de segundo semestre de la Carrera de Nutrición en la Universidad del Mayab. Su correo electrónico es: [email protected]

 

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