Universidad Anáhuac Mayab

Cafetear: hablar sobre el café.

Publicado en: 29 de Mayo de 2007

  - Mientras se servía, él le preguntó, sin conocerla, ¿No le pone azúcar a su café?

- Ella le respondió, sin saber por qué: el que me enseñó a tomar café me dijo que éste pierde toda su esencia, cuando le pones azúcar.

- ¿No le sabe amargo?

- Aunque el café puede disfrutarse en sí mismo, es el contexto el que determina sus más permanentes efectos. El día que aquél hombre, a quien algún día consideré parte esencial de mi vida, decidió bajarse del barco que ambos construimos e irse a navegar por el viejo mundo, dejándome sola con dos pequeños, que reflejaban lo grande que había sido hasta entonces nuestro amor, o al menos eso pensaba en ese momento,  tomé café salado por primera vez, mezcla de "Caracolillo", un tipo de grano de café que acostumbraba,  con  las lágrimas que no podían dejar de salir y que gota a gota iban desbordando aquélla taza que solía estar sobre la mesa y que tanto sabía de mí.  Era tanto mi dolor, mi confusión y mi angustia, que tomé café toda la noche y ni eso parecía darme al menos algo de consuelo, sentía que me desgarraba, era como si la mitad de mi propio ser hubiese sido arrancada de tajo y solamente me quedaba el consuelo de ese salado pero delicioso café.

Otra noche, en un restaurante común y silvestre,  tuve una de las conversaciones más importantes con mi padre, justamente la noche en que más tarde iba a morir. Mientras el bebía una copa de vino, me invitó una taza de café; como un acto fallido, lo derramé; yo nunca tuve intenciones de tomarlo, porque en ese entonces el café y yo aún no amarrábamos tan íntima amistad; pero la mancha de aquella bebida, en mi falda blanca, jamás se borró, al igual que la conversación. Quién iba a decir que sería la primera y última taza de café que tomaría precisamente con mi padre.

- Me está diciendo que el café está vinculado estrechamente con su vida.

- Mucho más de lo que yo misma puedo imaginar. El día que nació mi primer hijo, una persona muy significativa para mi, mi mejor amigo, como él no sabía comprar pañales, ni nada de lo que se les regala a los recién nacidos, optó por  regalarme precisamente un saquito de café en grano. El aroma de aquel envoltorio impregnó el cuarto por toda la noche, pero en vez de molestarme, se vinculó a uno de los momentos de mayor trascendencia de mi vida, el nacimiento de mi primer hijo. Mi vida inició otro rumbo desde aquel aroma, empezaba a comprender que algo teníamos que ver el café y yo.

- Por lo que dice, hay experiencias buenas y malas asociadas a esta bebida.

- Tres años después de que el padre de mis hijos se fue, en los que tuve que aprender a ser mamá y papá, y a trazarme un nuevo camino, un día, sentada en una sala de un  aeropuerto, mientras disfrutaba una mala taza de café, un hombre me hizo plática; por extraño que suene, a partir de la plática el café dejó de estar tan malo. Al llegar a la ciudad de México, después de hablar durante una hora en el vuelo, él me dijo: vengo a un funeral, creo que tomaré café toda la noche; a mi no me gusta, pero como veo que a usted sí, le invito un café, para ir preparando el camino. Antes de decir sí, sentí que una puerta, que parecía estar cerrada para siempre, comenzaba a abrirse; el café estaba ahí, precisamente cuando lo necesitaba. Ese hombre hoy es mi esposo.

- ¿Los amores de su vida han estado vinculados al café?

- Existió un tercer hombre en mi vida. Era una persona con la que cafeteaba una vez por semana. Cuando él llegaba, decía: tomar café y hablar con Usted, es lo mejor que me pasa. Pero, después de un año, ya no regresó. Unos meses después me encontré con él; le pregunté por qué había dejado de ir. Después de un largo silencio, que me pareció muy incómodo, secamente me dijo: "no regresaré, me he enamorado de ti y, por tu sortija, entiendo que eres una mujer casada y no quiero perjudicarte". Dándome su tarjeta me dijo: si algún día tu vida cambia de rumbo, por favor llámame, te juro que en mi casa siempre habrá una taza de café caliente para ti. Jamás lo volví a ver. Un día rompí su tarjeta, guardarla era algo así como tentar al destino.  

- Nunca había conocido a alguien cuya vida estuviera tan vinculada al café.

- Yo tampoco me había dado cuenta de ello. Ahora que Usted lo dice, recuerdo que, cuando fui a visitar a una prima en Europa, ella tenía un pequeño establecimiento para vender café. Como una forma de ayudarme económicamente, me ofreció trabajo en su cafetería y pude ganar algo de dinero. Esto me permitió comprarle regalos a mis hijos y, más importante, fue que descubrí que podía abrirme camino en la vida. Es decir, cuando abrí los ojos a la vida, para convertirme en lo que ahora soy, el café también estuvo presente.

- Me está Usted contando una vida ensartada por el café.

- En mi trabajo, mi consultorio y mi casa, siempre hay café listo para quien me visita, es una aroma que impregna mi vida y un sabor que le inyecta vida a mi vida. Por primera vez veo que ha sido un compañero permanente, ha estado ahí, en los momentos más complejos, profundos y bellos de mi vida. Imagino que puedo contar mi vida, por los amigos que he tenido, los lugares que he visitado, los sufrimientos que he padecido o las alegrías que me hacen como soy, pero también por el café que he bebido y que cada vez siento disfrutarlo de manera distinta, como ahora lo hago con usted. Es como si pudiera contar de muchas forma mi vida, pero en este momento está surgiendo una por la forma en que el café me ha marcado.

- ¿Me dice que la vida puede tener muchas formas distintas de contarse?

- Desde luego. Una persona que sufre ante la vida, ordena una serie de eventos que le explican el origen de su dolor; otra, que vive en la opulencia, la ordena a través del dinero. Un buen amigo, que nos escucha, nos puede hacer el inmenso favor de hacernos escuchar nuestra propia historia y, al hacerlo, nos hacemos conscientes de ella. Sólo al vernos a nosotros mismos, reflejados en ese que nos escucha, podemos cambiar. Ahora mismo está pasando. Estoy viendo mi vida, como por primera vez, comprendiendo la influencia del café en mi vida. Es maravilloso.

- ¿Porqué el café?

- No lo se. Pero se que el grano del café tiene la impresionante propiedad de dar su esencia, su aroma, incluso en las peores circunstancia, cuando lo están hirviendo. No es como las papas o las zanahorias, que se desbaratan en el proceso; tiene la grandeza de dar lo mejor de sí, cuando lo presionan al límite. Es como la madera del Sándalo, que perfuma el hacha con la que lo cortan.

- ¿Es Usted así?

- Creo que no… no lo se. Pero los más grandes problemas que he confrontado han estado acompañados de una taza de café; he logrado encontrar mi camino, a pesar de todo, y este aromatizante ha estado siempre a mi lado y… pensándolo bien, creo que los problemas mezclados con el café, me han dado una fortaleza que ha ido creciendo junto a mi.

- Entonces el café es muy importante en su vida.

- Tan importante, que recuerdo una frase que una vez leí en una iglesia. El mensaje estaba dirigido a los sacerdotes que oficiaban las diferentes misas en aquella capilla. El letrero decía: Hermano Sacerdote, ofrece esta misa como si fuera tu primera misa; ofrécela como si fuera tu última misa; dala como si fuera, la única. Así asocio el café. La vida es tan compleja, que incluso nos permite explicarla a través de una taza de café. Creo que de aquí en adelante tomaré cada taza, como si fuera la primera, la última y la única.

- Me impresiona su respuesta.

- Fue gracias a usted

- ¿Por qué yo?

- Si usted nunca me hubiera preguntado si lo tomaba con azúcar, yo nunca le hubiera contado mi vida.

-¿Sabe? Usted ya es parte de mi historia, curiosamente he de decir que nuevamente el café me ha dejado huella, justamente tomando café y alrededor de éste he contado la esencia de mi vida y no he necesitado de un diván, ni a un experto en las artes de la entrevista, es el espíritu del café el que hace que las ideas fluyan, es el aroma de este que provoca que las emociones afloren.

Se separaron, sin que ella le contestara: si o no, a la pregunta.

El comenzó a caminar, pero sus neuronas, ilusiones, sueños, fantasías y anhelos, todos iniciaban una fuga, a toda velocidad, hacia el universo del café.

Ese día por la noche ella no podía dormir, la conversación con ese hombre había despertado en ella emociones que antes no había sentido y que aun no podía describir. Necesitaba nuevamente encontrarse a ese extraño caballero y saber si el sentía lo mismo, aunque tenía cierto temor, no sabía si eso era tentar al destino…

Rebeca Brizuela es licenciada en Psicología Educativa por la Universidad Anáhuac del Norte, tiene una Maestría en Ciencias de la Educación por la Universidad Anáhuac del Norte y una Especialidad en Psicoterapia de adolescentes por la Universidad de las Américas.  Actualmente es Psicóloga Educativa en la universidad del Mayab, Coordinadora del Programa de Tutorías y ejerce su práctica privada. Su correo electrónico es: [email protected]

 

 

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