Universidad Anáhuac Mayab

Una pizca de solidaridad

Publicado en: 11 de Junio de 2007

 

Una pizca de solidaridad.

Por Faulo M. Sánchez Novelo

 --Maestros, les hemos convocado para abordar con ustedes un asunto que preocupa a las autoridades educativas estatales y que también debía preocuparnos a nosotros. Me refiero al elevado índice de reprobación que existe en esta escuela secundaria, dijo el director ante una atestada sala de juntas.

--El ciclo pasado –continuó--, nuestro plantel ocupó el primer lugar en alumnos reprobados de toda la zona escolar, lo que ciertamente no es para alegrarse. Según los últimos reportes estadísticos uno de cada tres de nuestros alumnos debe una o más materias.

Algunos profesores se esforzaban por escuchar, pero la mayoría cuchicheaba entre sí sin prestar atención. Ante la cercanía del Día del Maestro les interesaba más en dónde iba a llevarse a cabo la fiesta, qué iban a dar de comer y qué grupo musical amenizaría el jolgorio.

El director retomó la palabra y alzó un tanto la voz:

--Maestros, me gustaría escuchar propuestas de solución, pues es obvio que debemos hacer algo al respecto.

El barullo se calmó un tanto cuando alzo la mano el maestro Pedro, el más antiguo del plantel y quien impartía las materias de Física y Química en el tercer grado:

--Me parece que tenemos muchos alumnos reprobados porque vienen mal preparados de la primaria y también porque al llegar al grado que imparto, veo que carecen de los antecedentes básicos, sobre todo en el área de ciencias, lo que evidencia que en primero y en segundo no se les enseña bien, acotó.

Como era de esperarse, su comentario no cayó muy bien entre sus colegas.

--Truenan porque son una partida de flojos, señaló a su vez el profesor Aldama, que tenía fama de ser muy estricto.

--Y no sólo eso: además son groseros y no hacen caso a nuestras órdenes. No sé si se enteraron que la semana pasada uno de ellos me insultó, intervino la maestra Etelvina, que generalmente trata a gritos a sus pupilos.

--Además los padres de familia no apoyan en absoluto. Para ellos es más fácil mandar a su hijo a la escuela  y que los profesores se hagan cargo de sus problemas. Así de plano no se puede, manifestó la maestra Carmita.

--Es inútil: estos chicos no tiene remedio y difícilmente pasarán de la secundaria, opinó la profesora Dulce.

--La verdad es que no saben estudiar, terció otro mentor.

--¡Vaya hasta que alguien dice algo sensato!, se dijo para sí el orientador educativo que pacientemente escuchaba los comentarios de sus compañeros de trabajo. El siempre había pensado que, efectivamente, el bajo aprovechamiento escolar de los alumnos se debía exclusivamente a que no conocían y aplicaban las técnicas básicas para aprender. Como era un apasionado del autodidactismo  creía que ahí residía todo el problema, de manera que se entusiasmo un tanto cuando uno de los profesores se refirió al asunto.

El rosario de quejas continuó por un rato más, pero por ninguna parte aparecían las propuestas de solución.

--Director, si quiera que invite a los "chescos", ¿no? Hay mucho calor.

--¡Siiiiiiiiií, que dé también las tortas!, corearon los profesores.

--Bueno, esta bien pero no nos vamos a levantar de esta mesa sin antes encontrar una solución a este problema, respondió el director, mientras le indicaba a uno de los intendentes que fuera por las tortas y los refrescos a la cooperativa de la escuela.

Afuera de la sala de juntas, los prefectos luchaban a brazo partido para mantener en sus salones a los alumnos, evitar que destruyeran sillas y abanicos, se pelearan entre sí o que se escaparan de la escuela. Las dos últimas clases se habían suspendido pero el director se negó a retirar a los estudiantes, porque qué tal si de pura mala suerte se aparecía el inspector por la escuela y la encontraba vacía.

Mientras llegaba el bastimento para los profesores, el director comentó:

--Este asunto de la reprobación es apenas uno de los muchos aspectos que tenemos que atender, en caso de que nos decidamos a ingresar al Programa Escuelas de Calidad, el famoso PEC. Para ello tendríamos que formular nuestra visión y misión, hacer un análisis de nuestras debilidades y fortalezas y fijarnos metas a corto, mediano y largo plazo, expresó.

--¡Esas son puras mafufadas!, ripostó el Dr. Zavala, con varios posgrados en su haber pero con una irrefrenable  proclividad a escaparse del plantel cada vez que podía. La Secretaría de Educación ya no busca que hacer para justificar su ineficiencia e ineficacia.

--Sí es cierto, intervino la delegada sindical. Lo que la Secretaría quiere es privatizar la educación, implantar criterios empresariales en las escuelas públicas y acabar con nuestras conquistas y nuestra organización y eso, compañeros, no debemos permitirlo.

--¿Nos van a pagar más si entramos al PEC?, preguntó tímidamente otra mentora.

--Me temo que no, respondió el director. Lo único que recibiríamos es apoyo para mejorar la infraestructura y equipamiento de la escuela.

--¡Entonces no vale la pena!, comentó otro de los presentes.

La junta se convirtió en un caos, pues todos hablaban al mismo tiempo, además de que justo en ese momento llegaron las tortas y los refrescos. El orientador pensaba que los profesores deberían recibir entrenamiento obligatorio en el arte de escuchar.

En medio de aquel desbarajuste, aderezado con olor a tortas, el orientador educativo decidió participar:

--Compañeros: el alto índice de reprobación que tenemos efectivamente representa un grave problema, pues es una de las causas de la deserción escolar. Está comprobado que un alumno que truena sistemáticamente pierde la confianza en sí mismo, se desanima y termina por dejar la escuela. Vale la pena recordar que somos profesores de educación básica, es decir, estamos en una etapa en la que no sólo debemos enseñar sino formar. Si nuestros alumnos no terminan ni siquiera este nivel enfrentarán seria dificultades para encontrar un empleo bien remunerado y su perspectiva de futuro será muy limitada.

--Pues será muy su problema, pues nosotros enseñamos y allá ellos si no aprenden, saltó la profesora Cárdenas.

El orientador ignoró el comentario y continuó:

--Propongo que platiquemos con los alumnos para averiguar por qué tienen un desempeño académico inadecuado y con base en ello tomemos alguna medida.

--¡Imposible! Eso implicaría distraer muchas horas de clase y ya saben ustedes que la Secretaría nos obliga a completar todo el programa, externó el Dr, Zavala, quien por cierto jamás cumplía con esa disposición.

--¿Recibiríamos alguna compensación si hacemos esa chamba?, intervino de nuevo la misma maestra que había preguntado si los profesores iban a ganar más al ingresar al PEC.

--¿Por qué no se ocupa de ello el orientador, que no tiene horas frente a grupo y que por lo mismo dispone de más tiempo?, inquirió  el maestro Pedro.

--¡Sí, sí, sí que ese trabajo lo haga el orientador!, celebraron con gritos y risotadas los demás maestros.

--Me parece perfecto, asintió el director.

En ese momento sonó el timbre de la escuela para avisar que la jornada escolar había concluido y maestros y alumnos salieron en estampida.

En la sala sólo permanecieron el director y el orientador.

El primero dijo al segundo:

--Creo que es mejor que tú te encargues de este asunto, pues como te pudiste dar cuenta existe una marcada resistencia de los compañeros a dar más de lo que están acostumbrados.

--OK., respondió el orientador… pero sabía que su aceptación implicaba mucho más de lo que podía hacer.

Su mente recorrió las miles de imágenes e historias que le había dado su experiencia como Orientador. Aunque sabía que uno de los factores del fracaso escolar era la ausencia de estrategias de aprendizaje, también sabía que la culpa no era del todo exclusiva de los estudiantes, había visto que en sus casas no había libros y mucho menos enciclopedias y que los papás no tenían el hábito de la lectura.

En su corazón sintió que el asunto era más complejo de lo que se imaginaba: algunos alumnos le habían contado que tenían problemas en sus casas, pues sus papás estaban separados y otros le dijeron que tenían que trabajar por las tardes para ayudar en el gasto. Conoció incluso algunas deprimentes historias de maltrato y abuso sexual.

Había un denominador común en todos estos muchachos: cuando llegaban a su hogar no había un adulto que se ocupara de ellos, ya sea porque ambos padres trabajaban o simplemente porque les tenía sin cuidado lo que hicieran sus vástagos.

En las clases de los profesores, el orientador vio que la mayor parte de ellos se limitaban a exponer el contenido de su materia, pero sin proporcionar a los alumnos alguna sugerencia sobre cómo debían estudiarla para obtener el máximo beneficio. Además, las relaciones entre maestro y alumno no eran del todo cordiales, pues menudeaban los gritos y las descalificaciones, sobre todo para aquellos educandos que no entendían o tenían serias dificultades para terminar la tarea en el tiempo fijado por el profesor.

 Peor aún: la mayoría de los profesores "evaluaba" a sus alumnos únicamente con base en una prueba escrita, no siempre confeccionada de la mejor manera, sin tomar en cuenta otro tipo de evidencias de aprendizaje.

También influía en el desempeño de los estudiantes el desorden que prevalecía en la clase, que impedía la concentración de los que sí querían aprender.

Empero, lo que más le preocupó al orientador fue que los chicos que andaban mal en la escuela carecieran de un proyecto de vida, de planes para el futuro. En efecto, para muchos de ellos la secundaria era el grado máximo al que aspiraban.

Ante sus reflexiones, antes de irse a su casa, se dijo a sí mismo:

--¡Es increíble que aún con todas estas pesadas cargas estos jóvenes todavía tengan el ánimo de asistir a la escuela!, ¿Estará ocurriendo lo mismo en los demás planteles de la zona o la ciudad?, ¿Se podrá hacer algo al respecto? ¿Se necesitará de un verdadero milagro para echar a andar este proyecto?, se preguntó. Pero él mismo contestó:

--No, quizá tan sólo una pizca de solidaridad.

En la puerta del plantel se topó con Luis, un chico a punto de ser dado de baja de la escuela por su pésimo desempeño académico. El orientador lo vio, le sonrió, le tocó el hombro y se dijo a sí mismo:

--Va por ti, Luis.

Y recordó lo que un viejo y sabio maestro le había enseñado: "Basta con que uno de nuestros alumnos salga adelante para que todos los esfuerzos hayan valido la pena".

 

Faulo M. Sánchez Novelo (Motul, Yuc., 1953) es antropólogo social, periodista y docente. Ha publicado varios libros sobre historia política y educación, así como ocio y recreación en el siglo XIX. Actualmente estudia la maestría en Ciencias de la Educación en la Universidad del Mayab.

Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 
CC BY-NC-ND

Universidad Anáhuac Mayab

Carretera Mérida Progreso Km. 15.5 AP. 96
Cordemex, CP. 97310 Mérida, Yucatán, México
Tel. (999) 942 48 00 con 5 líneas
Fax (999) 942 48 07
Del interior sin costo 01 800 012 0150
Términos y condiciones de uso | Aviso de privacidad

© 1984 - 2017 Universidad Anáhuac Mayab