Universidad Anáhuac Mayab

El Transeúnte

Publicado en: 29 de Junio de 2007

 EL TRANSEÚNTE

Por Alicia Bárcenas Núñez

Camina por la calle, cada detalle es irrelevante a la mirada del transeúnte cuyo camino se vuelve con el pasar de los días más rutinario; concentrado solamente en un punto, en el egoísmo absurdo del pensamiento embebido en las preocupaciones propias, en el andar sutil del tiempo que se asoma solamente cuando ya es demasiado tarde.

Un paso, dos pasos, a los lados árboles se alzan cubriendo con sus copas el sol de mediodía que impide disfrutar el andar sobre el pavimento rugoso.

Continúa el camino, a lo lejos, la jugarreta de colores en el semáforo; primero verde, luego amarillo y finalmente rojo, tonos con una constancia intermitente y a la vez infinita que decide el paso de los autos de la gran Avenida misma por la que pasean coches de todas marcas y clases y en la que se hacen presente el paseo de ensueño de grandes autos como los Mercedes, el BMW, y ¿por qué no?, algún auto importado y traído desde la gran capital.

Los pasos son lentos pero atraídos por la prisa de llegar a aquel lugar, uno que solamente el que los dirige sabe cuál es.

De vez en cuando una brisa extranjera vacía aire fresco y remueve el calor, que insoportable, se ha vuelto parte de la rutina diaria.

El retrato dibuja al señor que durante más de diez años se para en la misma esquina cumpliendo a su cita oportuna para vender las últimas noticias publicadas en los periódicos, un señor al que pocos conocen pero todos han visto.

Una mezcla singular de personajes que dirigen sus carrozas, mamás peleando con niños, intentando cumplir su deber de chofer y madre a la vez, papel del que en ciertas ocasiones se quejan pero que extrañan cuando los hijos ya no están, pues han tomado su camino.

Muchachos, chicos, chavos, muchos sinónimos para definir a simples sujetos que al tomar el volante un cosquilleo los invade, como si hubieran adquirido el poder de manejar hacia lugares que nadie ha conocido. Lo que no saben es que todos los caminos que ellos van a conocer ya están bastante experimentados, pero para ellos es una historia épica que ha de venir.

Trabajadores, taxistas, choferes de compañías; un sin fin de actores que día a día acarrean en sus automóviles preciados objetos que para ellos tienen el único significado de tener querer ser cuidados y conservados para no mermar su sueldo con alguna pérdida.

Dentro de este retrato no puede faltar el rítmico paseo de los pies por las calles de alguien que ha hecho de la vía pública una pista de carreras para mantener el sano equilibrio entre peso y  armonía corporal, lo cual se percibe en un mundo vago y externo pero cuya función realmente es liberar una enorme cantidad de estrés que rebosa junto con cada brazada y cada paso.

¡Un momento!, eso es lo que parece hacer falta al sujeto que vestido de manera poco cómoda para el calor y con una carpeta bajo el brazo atraviesa la avenida fijándose únicamente en que algún automóvil no le quite el tiempo que necesita para llegar al banco en donde le espera la fila interminable por la llegada de la tan preciada quincena; centavos que duran sólo unos cuantos días antes de ser disminuidos por los elevados precios de este consumo invisible y cotidiano.

No podía hacer falta el "amigo" de cuatro patas que pasea por la ciudad, vagabundo y con una calma imperceptible por los personajes que no distinguen el suave devenir del reloj y siempre están "con prisa".

Ahí va, ¡míralo! Corriendo, esperanzado de encontrar en la basura un poco de los restos de comida que la gente ha desechado por "sobrar", una perrera municipal sólo ocasiona la pérdida de uno en un cotidiano y ya tan rutinario constante vivir.

El transeúnte continua su paso a marcha forzada, inmerso en un mundo tan propio que hace de lo que le rodea parte de su propia historia, nadie sabe qué imagina, qué piensa, qué siente, porque cada quien en su auto, yendo al banco, caminando; hace de esa vaporosa y seca tarde, un capítulo mas de lo que le está sucediendo, cada quien se roba el escenario del otro y construye su propia obra, contando a los personajes que le rodean como extras de su propio protagonismo.

La aventura se revela como un libro propio, lleno de puntos, comas y pausas que hacemos durante cada resonar del reloj para tomar un respiro, sentarnos y pensar en "lo ocupado que estamos".

Una pausa, el transeúnte ha llegado hasta la catedral, esa sí que es una verdadera historia. El retrato de la avenida de la ciudad se multiplica, una diversidad interminable de artefactos, de carrozas, de artistas participando en la escena, pero ¿de quién es la historia principal?, ¿quién es el protagonista?.

No hay historia, más que la que cuenta nuestro propio narrador y de la cual nos creemos auténticos actores aún sin haber ensayado y sin haber hecho el casting debido para merecer el papel principal.

¡Voltea!, derecha, izquierda, de pronto la historia se revuelve; de pronto, el transeúnte ha dejado de ser él mismo, ha soltado el papel principal y se lo ha otorgado a otro personaje de la historia que quizá no se lo merezca, a aquel que no tiene nada que contar, pero ¡se la arrebató!, ni siquiera pidió el permiso para volverse el primer actor, y aún más, ha vuelto al transeúnte el antagonista de un cuento que se ha volcado en una total desilusión.

¡Es mi cuento!, piensa el que caminaba embebido y aferrado a su inquietante y maravillosa historia, la cual tenía un futuro. Podía haber sido hasta filmada y llevada a la visión de muchos otros que se inspirarían en ella para poseer una; llena de esperanzas, de sueños, de oportunidades; ¿qué tiene que dar el?, cuál es el ejemplo que eso puede dejar?, se pregunta, quitándose los audífonos que lo envolvían en una esfera indiferente cuando al ritmo de las notas imaginaba su prefabricada rutina y la visualizaba con un final feliz como el del romanticismo de ciertas películas y la cursilería de ciertas novelas.

La pausa se ha vuelto un punto y a parte, el descontrol es total, el transeúnte se detiene, de pronto la prisa se ha vuelto insignificante, el lugar a donde se dirigía se vuelve un destino más y no la meta principal, es sólo una parada más  para continuar la fila interminable de pendientes. Se aterroriza al darse cuenta que es uno más en la historia del otro, que además de antagonista se ha vuelto el extra de un "cualquiera".

Siglo XXI, constantes cambios, diversidad opacada por una globalización controversial a la que unos definen como el espacio en el que crecerán las diferencias; paradoja en la que se presentarán dos polos, el que tiene, el que no tiene.

Debate eterno en el que viven culturas, tanto del Tercer Mundo como primer mundistas, ¡las decisiones de uno perjudican a todos!, ¡no al aborto!, ¿relaciones homosexuales?, crecientes temáticas en boca de los medios masivos, ardientes temas de conversación en sobremesas familiares, instituciones que callan ante estas frases; secretos a voces que desgastan el pensamiento de expertos y vuelve una rutina las editoriales de los periódicos.

En la Real Academia podemos encontrar que transeúnte se define como: "Que está de paso, que no reside sino transitoriamente en un sitio." [1]

Eso es lo que sucede en esta vertiginosidad de un mundo atropellado, cada persona sigue su camino sin definir rumbo fijo y mucho menos imaginarse que alrededor de ella se extienden mares de posibilidades, personajes de todo tipo, bienes y oportunidades desperdiciadas, pero más que nada, gente esperando, gritando, gente que a voces pide ayuda pero que extrañamente es poseedora de un léxico ensordecido, incapaz de ser escuchado, decibeles muy bajos que nos son percibidos sino hasta que se tornan en multitud.

Estamos de paso en ciudades, países enteros, que poseen avenidas lujosas, áreas de ensueño, lugares de moda que dentro de un mapa son una limitada zona paradisíaca y muchas veces de discriminación.

Cierra y abre los ojos, el transeúnte sigue ahí, ya no desesperado, ahora extrañado al descubrir esencias apenas perceptibles que nunca pensó podrían existir. Hace un gesto de incredulidad mezclado con uno de angustia y una mueca de desprecio.

Una mirada, penetrante, casi amenazadora lo intimida, lo hace sentirse observado, fácilmente manejable e inquietamente desnudo, empieza a pensar en qué tendrá: "¿es mi físico?", "¿parezco un extraño en tierra de nadie?".  O tan solo es un ser diferente a los que día a día arman la rutinaria escena de la plaza grande.

El anciano, bajo la sombra que le presta un árbol con la ropa carcomida, color gris opaco, barba crecida, no de sabiduría sino de falta de ella; las sandalias que la calle le regaló, una lata en la mano, la que sostiene y agita, solamente unas cuantas monedas ha logrado en el transcurso de la mañana.

No sabe nada, no conoce nada, no puede tener clase alguna de ninguna especie, pero hay algo que ni el más letrado ni el más adinerado poseen, ¡la mirada!, ojos grises, ¿cansancio?, ¿sueño?, quizá duda, ¡eso es, incertidumbre!.

Cada día es como cualquier día y cada día espera que sea como ningún otro, siempre sentado a la espera de un centavo o dos para poder acarrear el cuerpo pesado que le ha quedado, no tiene trabajo, quizá lo tenía y lo perdió, todo esto se pregunta el transeúnte a la vez que el sentimiento de intimidación inesperadamente cambia a uno de curiosidad.

La mirada es penetrante, habla por sí sola y calla como nunca antes nadie lo había hecho, grita sentimientos, se oscurece en la sombra engañosa de la copa del árbol que la cubre, es lo único con vida en ese cuerpo inerte.

El transeúnte respira, profundamente como si le faltara aire, como si alguien se hubiera metido dentro de su vida, de su historia; necesita el espacio que tenia, necesita saber que es dueño de si mismo y que todo lo que hay a su alrededor no puede ser cambiado y menos por un anciano ahí sentado, es inverosímil.

Un personaje como tal no puede tener el papel principal, no sabe; pero algo tiene que lo hace único, tal vez el ensaya día a día la misma escena y por eso se ha vuelto el protagonista, mientras que el transeúnte sólo hace de aquel momento una toma mas en el largometraje de su vida.

Baja la mirada, el anciano al mismo tiempo; se pone los audífonos e intenta recuperar el escenario robado.

Transeúnte: de la Real Academia Española: "que se produce por el agente de tal suerte que el efecto pasa o se termina fuera de él mismo." [2]

La hojeada de un libro puede dar mil respuestas, puede mostrarnos un mundo cegado, escondido, de culturas interminables, de teorías abrumadoras de verdades que no queremos.

La Real Academia, descubre que ser transeúnte no es ser dueño de uno mismo es producir en uno mismo sin permanecer, algo dinámico, un efecto que viaja en el espacio y el tiempo, una constante evolución y devenir de un ser a otro.

Pobre transeúnte, de inacabable fama, pobres hombres que se resisten a verse como un principio y un fin, la dicha más grande es que al nacer uno se cree infinito.

 La esperanza de mortandad en el mundo crece a ritmo elevado gracias a avances tecnológicos,  a un continuo jugueteo de la ciencia entre partículas, átomos y experimentos en los que el hombre manipula a su favor la obra, el guión que se le ha dado, queriéndolo dirigir como su propia esencia, dejando a un lado originales. Cada quien quiere ganar su premio; el premio de propiedad, de pertenencia.

Abre sus manos, algo se ha ido, algo no le pertenece y no volverá jamás el transeúnte ha olvidado que serlo también significa "de duración limitada" [3], en cuanto sus pasos den vuelta, giren, se levanten poco a poco de aquel lugar su finitud será inmediata, el camino transitado habrá sido un pasado con significado para él pero de completa irrelevancia para el escenario, mismo que permanecerá igual, intacto, inamovible esperando la llegada de mas personas que transiten por ahí pensando que se han llevado el premio al rol principal.

La realidad es estática, existe aunque nuestro planeta gire en direcciones contrarias, haciendo del tiempo una variable fascinante e irreversible. Cada minuto, cada segundo, caminan sin dar oportunidad a un retraso, la puntualidad con la que amenazan hace que cada milésima valga, porque no hay lugar al que se pueda ir para recuperarla, no hay escenario que nos vuelva a dar la misma escena, todo tiene un inicio, un desarrollo y una conclusión.

El anciano agacha la mirada, es la verdad que permanece y que se repetirá ante los ojos de otros que se atrevan a captarla, a percibirla, la tristeza de ese "cinema verité" es que ahí quedará, haciéndose participe de numerosas historias de amor, de melancolía, de decepción.

La toma se congela, se desespera ante una repetición inacabable, una jugada del director por rehacerla como si nada mas pudiera reemplazarla.

¡Tu!, cambia el escenario, voltea, derecha, izquierda, puede ser diferente puedes hacer una toma nunca antes vista, jamás imaginada y que sea lentamente percibida; posteriormente aplaudida por aquellos que capten en esa mirada del anciano un ligero gesto de gratitud porque han cambiado la posición de la cual ya estaba cansado.

De existencia limitada, y de efecto que termina fuera de uno mismo, ese es el transeúnte, ¡efecto que viene y que va, una transformación de escenas, de realidad!.

El transeúnte, se desespera, corre, no sabe que hacer, solamente se da cuenta que no hizo bien su papel, que la actuación fue un fraude, lágrimas corren mientras permanece sentado en una banca, unos pies se perciben desde la mirada clavada en el suelo, una voz ¿me ayudas?; el transeúnte levanta la mirada, es penetrante y de ojos grises, es lo único que se percibe en ese cuerpo inerte.

 

 

Alicia Bárcenas Núñez: estudiante del 7º semestre de la Licenciatura en Comunicación, pre-especialidad Cine y Animación, instructora de Inglés. "Escribir por hobby es la mejor forma de expresión". [email protected]



[1] "Diccionario de la Real Academia Española", consultado el 23 de Marzo del 2007 de http://buscon.rae.es

[2] "Diccionario de la Real Academia Española", consultado el 23 de Marzo del 2007 de http://buscon.rae.es

[3] "Diccionario de la Real Academia Española", consultado el 23 de Marzo del 2007 de http://buscon.rae.es

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