Universidad Anáhuac Mayab

Bueno conocido

Publicado en: 23 de Octubre de 2007

Bueno conocido

Por Carlos Rubi

Para Lorena

Parte uno: Cielo gris y clima húmedo.

          "No sé para qué me molesto en ir" – se pregunta Jorge al cerrar la cajuela de su Jetta verde mientras observa su reflejo en el metal del automóvil. Tenía la puerta chocada y una nota que decía "perdón por el golpe" en el parabrisas. El cielo, despejado y gris, amenaza con un día caluroso y húmedo – típico clima emeritense, pero no común en la capital del país. Lo tomó como un presagio. Jorge iba a regresar a la ciudad que fue escenario de su niñez, adolescencia y principio de adultez, Mérida, no por voluntad propia, sino por la llamada que recibió de María, su hermana. María estaba obsesionada con Noam Chomsky, héroe izquierdista por defecto y con el máximo ídolo de la política cirquera –por así llamarla—mexicana: Andrés Manuel López Obrador. María, cual testigo de Jehová, insistía en la conversión de Jorge al perredismo con frecuentes llamadas y numerosas invitaciones a los apoteósicos mitines en el zócalo capitalino de los cuales María era parte;  no sólo eso, sino que en primera fila. Afortunadamente, María sólo visitaba la capital dos o tres veces al año, coincidentemente en tiempos de elección. Jorge no estaba interesado en la política. De hecho, era difícil entender en qué estaba interesado Jorge – para empezar, odiaba su nombre ("ustedes los Jorges pululan", le decía Gemma –su mejor amiga— a diario durante seis años de carrera en la Universidad del Valle de México); "pulular", una palabra medieval y en desuso que significa "abundar", era probablemente la que menos describía a Jorge.

    Encendió el motor, pisó el acelerador y emprendió camino. El aire acondicionado del carro no arrancaba. "Sólo a mí me pasa y sólo cuando debe de pasarme" – pensó en voz alta. Decidió no despedirse de Marianne, su novia (una francesita intelectual), y se dirigió directo al aeropuerto. A pesar de su frecuencia de más de quince vuelos anuales, Jorge aún tenía terror de abordar un avión. Como bien decía Fuentes, "un tubo de metal sin sostén aparente." Nunca había visto las mascarillas de oxígeno, pero siempre le ha temido al momento en el que –hipotéticamente y sin pleno aviso— se abran los compartimentos y el avión inicie su recorrido en picada hacia el suelo. Estacionó su carro en el aeropuerto, pagó pernocta por cinco días adelantados que serían exactamente su ausencia de la amada capital, y hurgó en su bolsillo por el pase de abordar. Lo encontró, ni sin antes ardua búsqueda, y se dirigió al mostrador de la aerolínea. Sus manos empezaron a sudar de sólo pensar en el momento de abordar. Pasó al puesto de revistas, compró el periódico y se tomó dos calmantes, pues de todos modos al llegar a Mérida –si es que lo hacía— María lo pasaría a buscar; documentó equipaje y esperó a que le asignaran sala de espera (esperar para esperar, sólo en México); los calmantes empezaban a hacer efecto en Jorge y éste principió a recitar en voz baja estadísticas de vuelo para calmarse: "sólo una en dos billones de que el avión se caiga" – recitaba incesantemente –; lo más extraño era que parecía tranquilizarse.

Parte dos: Jorge solamente asentía.

       Introvertido, introspectivo y callado, Jorge nunca destacó en ninguna actividad que practicó. Tampoco tuvo amistades sólidas en sus diez años académicos en la escuela católica yucateca por excelencia y no era como si le importara ese detalle. Aparentemente. En su lógica, nada subjetivo podía ponerse en el currículum, por lo que todo lo que no sea comprobable era irrelevante. La amistad era imposible de comprobar. Nadie estaba de acuerdo con él, naturalmente. En las muy comunes fiestas en las que únicamente se celebraba al dios Alcohol, solía esconderse a leer un clásico de Jane Austen en el corredor mientras sus congéneres practicaban diferentes disciplinas que variaban desde sexo casual hasta encontrar la forma más creativa de echarse un pisto. Siempre esperó el día en que alguien llegara a preguntarle qué era lo que leía – nunca nadie llegó. Llevaba un monólogo mental, mantenía pláticas imaginarias consigo mismo y siempre finalizaba sus largos discursos personales con "…but I digress." Le encantaba discutir; aunque, por lo general, no tenía con quién hacerlo.

      Después de querer estudiar Derecho por diez años ("si no me puedo ayudar a mí mismo a salir de mis pedos –pensaba-- ¿por qué no ayudar a los demás en los suyos?") Jorge únicamente buscó la forma más fácil de expresar sus ideas ante un público no inmediato y de paso salir del infierno al que consideraba su ciudad natal.

–        Papá, Mamá, quiero estudiar Periodismo.

–        Estás loco, hijo, no vas a ganar un peso en esa carrera para pordioseros. ¿de dónde vas a comer?

–        De lo que ganan los periodistas, mamá.

–        Ay, hijo, allá tú.

Su papá no bosticó palabra. Si acaso el ocasional gruñido mientras leía la sección de deportes. La selección mexicana había perdido de nuevo y eso traía a medio país de mal humor. Jorge realmente sí quería estudiar Periodismo, mas no quería terminar reportando los baches de la calle 60 para el noticiero de la noche de Alejandro Rosel. Tampoco, estaba más que claro, quería reportar espectáculos. "Si estudias Periodismo – le decía un maestro de preparatoria – o te vas a quedar en Mérida como vil reportero o columnista para el Por Esto o vas a terminar todos tus reportajes con "para Noticieros Televisa, Jorge Tal." Yo no quiero eso para ti, Jorge. Talento te sobra, pero no hay futuro en esa carrera." Jorge solamente asentía.

     Después de su graduación de preparatoria, Jorge inició su migración al Distrito Federal. Como buen hijo de familia yucateca, recibió su primer carro a los dieciocho –el citado Jetta, ahora chocado, pero antes reluciente— que manejó hasta la capital. Obsesionado con los Beastie Boys, únicamente escuchaba "Licensed To Ill" durante su trayecto – para evitar dormirse al volante, contó las veces que reprodujo el disco compacto: treinta y seis. Cualquiera encontraría irrelevante, pointless, el número, pero a Jorge le fascinaba el orden. Poco a poco, el limpio aire de provincia fue enturbiándose hasta que se convirtió totalmente en el esmog denso, desesperante, sucio – a nadie debe sorprenderle que Jorge amara ese particular detalle de la capital que sólo ciudades enormes pueden ofrecer; un departamento en Coyoacán esperaba su llegada para instalarse así como una beca completa en la UVM – Jorge se había encargado de principio a fin de solicitarla y conseguirla. Cinco años pasaron rápido, Jorge consiguió su titulación con honores en una forma relativamente fácil y fue arrojado al mundo real violentamente cuando se dio cuenta que las palabras de su maestro fueron reales, cuasiproféticas – cuatro meses sin conseguir trabajo son agónicos. Jorge tuvo que intentar pedirle un préstamo a su hermana mayor –casada con un diputado federal— para sobrevivir y pagar la renta.

–        Nina, necesito dinero.

–        ¿No te acabas de graduar, Jorge?

–        Um, sí, Nina.

–        ¿No que en chinga ibas a conseguir trabajo? Te dije que estudiaras Ciencias Políticas y así te daba trabajo Roberto, pero no, tú muy terco con tus tonterías de Periodismo y ahora te estás muriendo de hambre. Te lo dije, te lo dije, te lo dije.

(Jorge contó sólo tres, pero al menos Nina repitió "te lo dije" unas trece veces)

–        Pues sí, Nina, pero las cosas no siempre salen como uno quiere (quiso decir "nunca salen como uno quiere" pero su hermana sí había conseguido lo que quería: enganchar a un millonario) y necesito la lana. Anda, no seas mamona, dame diez mil pesos y te los pago apenas pueda.

–        No, lo siento, no te voy a andar pagando tu vida de vago y vicioso (Nina no tenía idea de que Jorge llevaba al menos tres años sin probar una gota de alcohol); mira, sólo porque soy buena, te voy a pasar el teléfono del subtitular de la SEGOB para que le ruegues que te de algún trabajo en la comisión de radio y televisión.

–        No jodas, Nina, ¿burócrata? ¿yo?

–        ¿Quieres el teléfono o no?

–        (El hambre es dura) Hmm… sí. Ya que. Pásalo.

–        Mira, es 5590-2934, preguntas por Jorge Piña y le dices que la esposa de Roberto, el diputado, te está mandando. Que soy tu hermana.

         Iba a odiarse el resto de la vida, pero solicitó una cita con el Lic. Piña (que realmente no era licenciado, pero no es algo que le incumba); ésta transcurrió favorablemente, Jorge consiguió el trabajo y al fin podría ejercer su profesión – más o menos. Cuando salió de Mérida, nunca pensó que terminaría como burócrata; menos hubiera pensado que un periodista de profesión trabajara en SEGOB. Será, de ahora en adelante, una ironía responder a la pregunta "¿en qué trabajas?": traduzco los títulos de las películas gringas.

 Parte tres: Atención, pasajeros.

        Jorge pasó la línea de seguridad del aeropuerto. Pase en mano, poco a poco se fue acercando a la sala de espera. "Una en un billón, una en un billón." Pasajeros con destino a la ciudad de Mérida, favor de iniciar abordaje al vuelo 320, mujeres y discapacitados primero. A Jorge siempre le molestó esa distinción – al fin y al cabo, todos iban a abordar, y no porque pasen primero las mujeres iba a ser más ordenada la distribución de asientos. Algo misógino, él lo admite siempre al comentarlo, pero racional. Al menos eso creía. Jorge agarró su periódico, su libro y su pase de abordar, espero pacientemente a que abordasen los pasajeros con boleto anterior al suyo y finalmente pisó el interior del conector; el momento más desesperante para Jorge era cuando entraba por primera vez al avión, no cuando ya estaba sentado.

     "Buenas tardes, bienvenido al vuelo." Una muy bonita sobrecargo recibía a todos los pasajeros. Jorge instantáneamente registró todo sonido, color y movimiento normal del avión – claro está que no era su primera vez en uno de ellos, pero usualmente guardaba en su mente todo lo que debe suceder en un vuelo, para descubrir la primera anormalidad antes que cualquier otro pasajero. Asiento 12-B. "Una en un billón, una en un billón." Una señorita de unos veinte años sería su compañera de vuelo. El avión iba lleno a tres cuartos, pero ya estaba en movimiento y el despegue parecía a minutos. Un hombre de traje le pidió el periódico. Con un gesto, se lo proporcionó. El gesto le pareció amable al trajeado, aunque Jorge se mostró lo más antisocial. Despegue. Sacó el libro que leía desde hace una semana (Jorge devoraba libros) y apartó el separador para comenzar su lectura. Le era muy difícil concentrarse cuando estaba a treinta y siete mil pies en el aire. "Una en un billón, una en un billón." La mujer de al lado hacía discretas miradas al libro, trataba de leer el título, pero era claro que no estaba logrando su meta o ya hubiera cesado su acoso visual.

 –        ¿Qué lees?

 (después de miles de ocasiones en que leía un libro en público, o al menos con alguien pendiente, se lo dicen)

       Un estruendo sacude al avión. "Definitivamente, eso no era normal" – pensó Jorge sin darse cuenta que todos los pasajeros habían notado el estruendo. Las mascarillas contra descompensación violenta de oxígeno caen de sus compartimentos. Un escalofrío recorre el cuerpo de Jorge. "Atención pasajeros, hemos experimentado una súbita pérdida de presión en cabina" – dice el capitán, como si no fuera obvio. Segundos después, el avión inicia una caída en picada; la impotencia invade el rostro de Jorge. Poco a poco acelera su caída el aparato de millones de dólares; ante los ojos de los pasajeros, sus vidas. Inevitable era el contacto con el suelo. Inminente la pérdida de sus vidas.

 –        "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, le respondió a la mujer.

 

Carlos A. Rubi Molina es estudiante del primer semestre de Comunicación en la Universidad del Mayab. Ha sido ganador del primer lugar en concursos de escritura libre a nivel bachillerato y mención honorífica a nivel nacional; ha colaborado con el Diario de Yucatán en su sección deportiva desde inicios de 2007. Carlos aprecia una buena tarde, un café y una película o juego de béisbol. Su correo es: [email protected]"

 

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