Universidad Anáhuac Mayab

En menos de un segundo

Publicado en: 02 de Marzo de 2010

  

En menos de un segundo

Alejandro Ruiz Rossell*

 

 

Eran las doce del día, no se encontraba una sola nube en el cielo y el sol hacía sentir su implacable color dorado sobre el pavimento de las calles en la blanca ciudad de Mérida. Las corrientes de aire, provenientes del Golfo de México, acarreaban el calor y la humedad que tanto distinguen a esta bella ciudad, casi dejando sentir el olor de la sal que se desprende de las olas al golpear la arena clara.

En este clima tropical se encontraba Tomás conduciendo su primer automóvil propio, con la misma fanfarronería de aquel adolescente que a los pocos días al frente del volante ha perdido el miedo a la velocidad. Se trataba de un compacto, color negro, de transmisión estándar y asientos de tela que aún dejaban sentir el aroma a nuevo. A pesar de que el deseo de Tomás era seguir compartiendo su música con las desérticas banquetas, el té de menta helado que tomaba a pequeños sorbos no era rival para el bochorno que reinaba en aquel día veraniego.

Luego de vacilar por unos segundos, Tomás cedió ante los intensos rayos solares, subiendo los cristales y encendiendo el aire acondicionado. Rápidamente el frío inundó la pequeña cabina, cuyo interior se convirtió en una burbuja de aire seco en la que ya no se oía otra cosa más que el sonido de las guitarras eléctricas, del bajo y de la batería de aquel rock pesado que nacía de la vibración de las bocinas.

Bajo tal ambiente, a su vez las ideas inundaron la ruidosa cabeza de este universitario soñador, que ahora dejaba de pensar en el camino para consentir pensamientos sobre un futuro prometedor que lo posicionaba como un exitoso empresario, dueño de sí mismo, de riquezas, de una hermosa esposa, y de una juventud que parecía interminable. Bellos eran los sueños de Tomás, que no concebían las malicias que son tan propias de la vida humana. Bellos eran, pues trazaban una línea recta sin obstáculos hacia un destino casi utópico.

Bellos eran, pues en verdad no contemplaban que la vida es todo menos una línea recta. No veían en la vida la figura de un árbol de tupido ramaje. No avistaban los imprevistos, productos de un futuro incierto, que todos los días ponen a prueba nuestra creatividad al someternos a decisiones difíciles, cuando nuestros planes iniciales se ven afectados.

Y así pasaban los minutos, que en la mente de Tomás eran horas, días y hasta años, mientras él se dirigía a su clase de las doce y media. Suavemente el zumbido de un motor de combustión empezó a asomarse entre los pensamientos distantes de este joven soñador, quien aún no se percataba de que, justo en la esquina donde debía doblar, un motociclista lo rebasaba por el lado derecho. Fue un pequeño movimiento lo que desencadenó todo.

Tomás giró la guía hacia su derecha para doblar en esa calle, al mismo tiempo que el motociclista se encontraba a la par con el cofre del automóvil. Entonces el agudo sonido del claxon de la motocicleta y el rechinar de llantas sacaron a Tomás de entre sus profundos pensamientos, para situarlo en una realidad que estaba a punto de terminar en tragedia.

De pronto el tiempo se hizo lento y el aire pesado. La mente de Tomás se mostraba ágil, pero su cuerpo no respondía tan rápidamente. Estaba consciente de lo que estaba por suceder y una sensación de impotencia lo desquiciaba en un entorno de pánico que antes era de absoluta calma. Se había desvanecido el sonido de aquellos instrumentos de cuerda y de percusión. En su boca encontraba el insípido sabor de una saliva seca. Su cuerpo yacía entumido y lo único que permanecía constante era el olor de un aire artificial, seco y frío. Su vista prestaba atención exclusivamente a la distancia entre el coche y la motocicleta, que cada vez era menor. Casi podía contar los centímetros, cual si fueran segundos antes el impacto. ¡Cinco! ¡Cuatro! …Sus ganas de llorar eran incontenibles, pero ninguna lágrima expresaba su desesperación… ¡Tres! ¡Dos! …Su interior ensordecía con el escándalo de un grito que sólo él podía escuchar… ¡Uno! …¡No solamente el tiempo se detuvo sino el universo entero!…

…La nada…

…Súbitamente, en el momento mismo en que Tomás no encontraba descripción para el estado mental en que se encontraba, el tiempo retomó su ritmo natural dando la impresión de que se había acelerado. El alma cándida de Tomás fue atormentada con el crujir de los metales al momento del impacto, y con el grito humano de aquél que fue lanzado por los aires y que ahora se encontraba en descenso hacia la propia muerte.

Lo próximo en escucharse fue la rotura de huesos, de órganos y el cese del último grito de aquel motociclista, que se impactaba contra el parabrisas de un coche estacionado. El sonido del quebrantamiento de cristales, del doblarse de la lámina y de la alarma activada del automóvil no tuvieron cavidad en los oídos de Tomás. Simplemente no asimilaba todo lo que acontecía, pero bien sabía que le acaba de quitar la vida a un hombre.

Permaneció en el automóvil cerca de diez segundos con los ojos cerrados, aferrando el volante con ambas manos y respirando profundo, queriendo únicamente desaparecer. No había nadie en la calle; una sola paloma no fue testigo del fatal accidente. Aquel despejado ambiente era ahora contaminado con el rechinar de dientes de Tomás, y con el ruido incesante de la alarma del automóvil que en su interior amparaba al moribundo motociclista.

Tal ambiente siguió contaminándose con los murmullos de los curiosos que empezaban a salir de sus casas; posteriormente con el grito de espanto de una señora, con los lamentos de varios otros personajes, con las preguntas de pequeños niños que no entendían, con el llanto de aquellos que sí entendían, con las miradas de tensión que eran intercambiadas, con la falta de oxígeno que sintieron varios, con aquel hormigueo que devoraba el corazón de Tomás, y con la fuerza silenciosa que desprendía el alma del cuerpo del antes moribundo.

¡Era tiempo de actuar! En un intento sobrehumano Tomás se desprendió de su agonía, bajó de su automóvil en el que ahora no veía sino un arma asesina, y se dirigió hacia su miedo, hacia el encuentro con la Muerte misma que parada estaba frente al cadáver. Al mismo tiempo con su celular llamaba a la policía, a su aseguradora y a una ambulancia, que ya en camino venía inútilmente a rescatar no más que un simple cuerpo.

La gente empezaba a conglomerarse alrededor del automóvil, del cadáver y de Tomás. La interacción verbal entre la muchedumbre y el muchacho se redujo a varias preguntas sobre el accidente, a las que Tomás simplemente respondía repetidamente y con alto tono "¡No lo toquen, una ambulancia ya viene en camino, no lo toquen!".

La policía no se hizo esperar, posteriormente llegó la ambulancia y de último el agente de la aseguradora. Tomás no se daba abasto para tantas explicaciones; nunca había tenido la desdicha de ser el protagonista de un evento tan desafortunado. Era difícil explicar algo que ni siquiera él terminaba de comprender. Ciertamente las explicaciones más duras fueron las que él se hacía a sí mismo.

…"¿Qué sucedió?" "¿Quién tuvo la culpa?" "¿Cómo pasó?"… Éstas y otras eran las preguntas que Tomás no lograba responderse ni responder a los distintos interesados, al menos, no en un orden lógico. Una mano fuerte lo tomó entonces del brazo y lo separó de la muchedumbre; era el agente de su aseguradora. La pregunta que éste le hizo fue en definitiva la más fácil: "¿Tienes tu licencia de conducir contigo?"; pregunta a la que Tomás respondió afirmativamente. Se apresuró a sacar su billetera… ¡pero en sus bolsillos no estaba! Sin decir una palabra se apresuró a su coche para buscarla en la guantera, en los asientos, debajo de los asientos.

¡Buscó por toda la cabina y hasta en la cajuela, pero la cartera no estaba ahí! Su temperatura corporal subió drásticamente, su corazón se aceleró, sus ojos se nublaron, su piel se enchinó y la sensación de desmayo inundó su mente entera. Acto seguido, se diluyeron las voces, se apagó el sol, el tono muscular lo abandonó, el olor y el sabor del aire inundaron sus pulmones, y el vértigo de su caída hacia el pavimento tomó lugar; todo en menos de un segundo…

… ¡Cinco! ¡Cuatro! …Sus ganas de llorar eran incontenibles, pero ninguna lágrima expresaba su desesperación… ¡Tres! ¡Dos! …Su interior ensordecía con el escándalo de un grito que solo él podía escuchar… ¡Uno! …¡No solamente el tiempo se detuvo sino el universo entero!… ¡Cero! …

Justo cuando la tragedia parecía inminente, se escuchó un impacto, un leve impacto causado por el choque del mofle de la motocicleta con la defensa delantera del coche. Se trató únicamente de una rozadura entre ambos vehículos. El hábil conductor había logrado esquivar el automóvil de Tomás, y ahora se alejaba mientras hacía sonar el claxon de su motocicleta y el desafinado timbre de su voz que lanzaba todo tipo de insultos hacia nuestro protagonista. Seis cuadras después el motociclista desapareció al doblar en una esquina y la calle volvió a ser enteramente de Tomás.

Inmediatamente después, Tomás orilló su automóvil negro. Lo estacionó y apagó el motor. Se quedó pensativo sobre lo que había ocurrido. Ningún accidente tomó lugar, todo lo había imaginado en un lapso infinitamente corto. Sorprendido por el poder de la mente humana, decidió explorarla un poco más, y se adentró en profundos pensamientos, pero que esta vez no trataban temas relacionados con la riqueza, el placer, las mujeres o el reconocimiento.

Ésta vez, consistían en reflexiones sobre la fragilidad de la vida; sobre la importancia de aprender del pasado, proyectar el futuro, pero VIVIR en el presente; sobre las varias decisiones combinadas que siempre terminan llevando nuestra existencia a notables saltos cuánticos; sobre el control o falta de control que tenemos sobre las cosas que nos suceden, y sobre la forma como reaccionamos ante tales situaciones.

A propósito, cuando Tomás tocaba estos temas, lo asaltó la duda sobre si llevaba consigo su licencia de conducir. Buscó en sus bolsillos, en todo el automóvil, y entonces recordó que había dejado su billetera sobre la cama en su departamento, y dentro de la billetera se encontraba su licencia. Sin más remedio, Tomás salió del coche, lo cerró bien, y a paso lento se dirigió hacia su universidad. ¡Llegaría un poco tarde a su clase, eso sí!, pero mientras caminaba descubrió que nunca antes se había sentido tan seguro al viajar.

 

* Alejandro Ruiz ha sido un destacado estudiante. En secundaria y en preparatoria participó en  concursos de declamación, oratoria y debate. Fue el "Mejor Delegado del Consejo de Derechos Humanos" en el Tercer Modelo de las Naciones Unidas "Mayabmun". Actualmente se encuentra estudiando en Santiago de Chile, en un programa de intercambio académico por parte de la Universidad Anáhuac de Xalapa. Forma parte del Grupo Vértice. Alex Ruiz [[email protected]]

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