Universidad Anáhuac Mayab

Ven, te susurraré una historia.

Publicado en: 06 de Abril de 2011

Ven, te susurraré una historia.

Lorena Basteris Rubio.

La casa estaba más silenciosa que nunca, una pequeña capa de polvo cubría los muebles, había telarañas por doquier;  si no fuera por la cama desecha, la ropa sucia en el suelo y los platos sucios en la cocina la casa podría pasar por inhabitada.
El canto de los pájaros ya no alegraba al abuelo, justo en el centro del jardín se encontraba una enorme y hermosa jaula llena de canarios de todos los colores. Él y la abuela los fueron recolectando a lo largo de varios años hasta conformar su propia "orquesta de canarios" como ella  solía llamarles, sin embargo, la orquesta no parecía sonar igual. La comida ya no sabía igual, ya no tenía el toque de la abuela; en la recámara, justo arriba de la cama, se encontraba el último regalo que ella le había obsequiado: un cuadro de Monet, el pintor favorito del abuelo, pero incluso en él había algo diferente, le faltaba textura, color; a la vida misma le faltaba color. Ella ya no estaba con nosotros y sin ella nada era igual.
Como todas las mañanas, después de afeitarse, darse una breve ducha y ponerse su guayabera y pantalones kaki, el abuelo me tomó cuidadosamente, leyó detenidamente la pequeña frase bordada en mi esquina derecha "a partir de hoy, nunca estarás solo", me besó, dobló en cuatro y colocó en la bolsa izquierda de su guayabera, justo encima de su corazón. Me quería tener al alcance, pues verás, para ti podré ser algo de ínfima importancia, pero para él, yo tengo un significado especial; yo fui el primer obsequio que tu abuela le dio y desde que ella murió, él dice que soy el único que enjuga sus lágrimas y escucha a su corazón. El abuelo parecía estar particularmente triste, su corazón me susurraba cómo ya nadie lo iba a visitar, sus hijos, sus nietos se habían olvidado de él; entonces oímos que alguien golpeaba a la puerta, su corazón saltó de felicidad y yo junto con él ¡alguien había venido a visitarnos! O al menos eso pensábamos. Tu abuelo se apresuró a abrir la puerta, la sonrisa se le borró del rostro, su frecuencia cardíaca bajó nuevamente, era sólo el cartero; forzó una sonrisa, dio un desanimado "buenos días" y tomó los sobres que le daba aquel empleado.

Caminó lentamente hacia la casa, cerró la puerta, asentó las cartas en la mesita del recibidor (junto con el montón de correspondencia sin abrir) y se dirigió a su lugar habitual: la mecedora que se encuentra en la esquina de la terraza trasera, esa que da al jardín. Ahí solía pasar todas sus mañanas, simplemente balanceándose de atrás hacia adelante, secretamente esperando que alguien se acuerde de él.
Llegó la hora de la comida y tu abuelo se había quedado dormido, comer ya no era una de sus prioridades. El día seguía su curso y la tarde dio paso a la noche, la humedad comenzó a sentirse y esto despertó al abuelo. Un día más había pasado y nadie había recordado si quiera llamarle, tu abuelo empezó a llorar, dirigió su mano temblorosa a su bolsillo izquierdo, apretó su puño a mi alrededor y me sostuvo ahí al lado de su corazón, no enjugó las lágrimas, que brotaban por montones, conmigo como usualmente lo hacía, sólo me tomó, como si yo fuera un soporte, como si yo fuera ella…
Debo decirte que a pesar de que soy un objeto inanimado y por lo tanto emociones no son algo que me corresponda, sentí desesperadamente la necesidad de abrazarlo.Justo cuando pensé que tu abuelo jamás dejaría de llorar, entraste por la puerta, corriste hacia él y lo tomaste entre tus brazos, lo obligaste a entrar a la casa y le preparaste algo de cenar. No tenía el toque de la abuela, pero tenía tu toque, el toque de su nieto mayor y eso era inigualable para él, lo sé puesto que su corazón me lo gritaba con felicidad.
No sé qué impulso o remordimiento te haya llevado a ir esta noche, pero ¡oh por Dios, cómo lo agradezco!
Cuando terminó de cenar, tu abuelo dirigió nuevamente su mano hacia su bolsillo izquierdo, me tomó con delicadeza, me dobló nuevamente en cuatro y dando un último vistazo hacia el bordado de mi esquina inferior derecha tendió su mano hacia ti ofreciéndome como regalo. Su corazón lo empujaba a hacerlo, le aseguraba que efectivamente "nunca estaría solo". Tú me tomaste sin darle mayor importancia al gesto y me guardaste en el bolsillo izquierdo de tu camisa, yo vi una lágrima rodar por su mejilla. Me dispuse a saltar y golpearte, pero soy solamente un pañuelo, la impotencia me invadió; después de unos segundos sentí algo latir cerca de mí y entonces recordé dónde me colocaste, casualmente cerca de tu corazón, tal como tu abuelo. Decidí intentarlo ¿por qué no? Le susurraría ésta historia a tu corazón.

Déjame saber si funciona…

El correo electrónico de Lorena Basteris Rubio es: [email protected]

 

Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 
CC BY-NC-ND

Universidad Anáhuac Mayab

Carretera Mérida Progreso Km. 15.5 AP. 96
Cordemex, CP. 97310 Mérida, Yucatán, México
Tel. (999) 942 48 00 con 5 líneas
Fax (999) 942 48 07
Del interior sin costo 01 800 012 0150
Términos y condiciones de uso | Aviso de privacidad

© 1984 - 2017 Universidad Anáhuac Mayab