Universidad Anáhuac Mayab

Había una vez una máscara.

Publicado en: 09 de Mayo de 2012

Había una vez una máscara.

María Fernanda Ávila Quintero*

“Man is least himself when he talks in his own person, give him a mask and he will tell you the truth” Oscar Wilde
 

La semana pasada me perdí en mis pensamientos y apareció una imagen en mi mente. En la oscuridad, veía una persona, que no podría decir cómo era porque una máscara rígida y lisa, que sólo respetaba la forma básica de la cara, cubría por completo su cabeza. Era como un casco cerrado con un candado; el sujeto hasta encerrado.

Lo siguiente que sucedió en este sueño despierto, fue algo horrible. Dejé de escuchar todo a mí alrededor, y sentí cómo yo intercambiaba lugares con esta persona. Quedé atrapada en la máscara, me asfixiaba. Lo único en lo que pude pensar fue que si hay un candado, por ley tiene que haber una llave.

Ahí estaba, muy claramente podía intuir ese pequeño objeto de fierro que sería la solución a mi problema. Sólo debía tomarla y abrir el candado, pero… sin embargo, sorprendentemente no lo hice. No entiendo por qué… quizás no sé si de verdad deseo ser libre. Libre de las apariencias, los prejuicios y la infelicidad.

¿Qué me lo impide?, quizá no se usar la llave, o no estoy lista para hacerlo. Puede que me haya acostumbrado a vivir con la máscara y ya no sé cómo estar sin ella; quizás sea un instinto de autoprotección o inconscientemente quiero mantenerme dentro… es todo lo que conozco. Imagino que, una vez que te deshaces de la máscara, te expones y te desnudas ante el mundo.

Traté de olvidar y dejar a un lado lo sucedido, me distraía recordarlo y no quería hacerlo; pero a pesar de mis esfuerzos, cada vez que me detenía por unos minutos, regresaban otra vez las mismas preguntas ¿Por qué no tomé la llave?, ¿Qué hay debajo de la máscara?

En el fondo reconozco que ya estoy viviendo dentro de esta máscara y que  no estoy segura qué hay debajo de ella… pero me intriga saberlo. Me miro en el espejo y me reconozco, pero enseguida me invade la duda; me pregunto si esa persona que veo soy realmente “yo”, o si mi percepción me está engañando.

Tal vez fue la sociedad, las normas, los estereotipos, las expectativas, la ignorancia, el miedo o el rechazo de mis amigos… los que me encerraron; tal vez fui yo misma. Cada persona de tu contexto, conforme vas creciendo te clasifica de alguna forma, te pone etiquetas; buenas o malas, absorbes estas palabras con las que te han descrito y se vuelven parte de ti. Incluso nosotros mismos nos predisponemos a lo que "debemos o tenemos" que ser.

Tendemos a calificar, clasificar  y categorizar todo lo que vemos; ponemos etiquetas a las personas para pensar que las conocemos.  ¿A cuántas personas no habré yo misma encerrado en una máscara que ahora no puedo abrir? No deberíamos encerrar a la gente en nuestros conceptos, pero lo hacemos. Somos muy complejos y necesitaríamos millones de palabras para describirnos, e incluso así, sería una pobre descripción.

Además, ni siquiera nosotros mismos terminamos de conocernos; sólo logramos actualizar una breve parte de nosotros mismos, en el limitado espacio de tiempo que nos tocó vivir. Cambiamos constantemente o, como dice mi amigo Giovani Novaro: "No cambiamos, sólo nos acercamos más a ser nosotros mismos"

A veces mis padres se desesperan, dicen que un día soy una persona y a la semana siguiente otra muy diferente; ni se diga cuando pasan meses sin vernos; me han llegado a decir que estoy irreconocible. Entiendo que todo esto es muy confuso, lo sé porque yo también lo experimento. Soy todos esos personajes y unos cuantos más que no he alcanzado a descubrir. Creo que nos sucede a todos. Es como si cada día debiéramos aprender a conocer a las personas. Nunca terminamos de reinventarnos y descubrirnos.

Ese día, durante la clase de Percepción Social, sentí encontrarme por un momento, entre las miles de etiquetas que me describen. Fue un momento de lucidez o iluminación, pero ahí estaba yo, perdida entre tantas de mis otras clasificaciones. En ese momento quise hacerlas a un lado y verme de frente, como realmente soy… pero sólo alcancé a rozar la llave con la punta de mis dedos.

También pude intuir que aún no "soy yo", porque hay un enorme vacío en mí, como un hoyo negro que podría devorarme. He intentado llenarlo pero no he tenido éxito; sólo lo cubro con otras alternativas tentativas, que probablemente no sean las adecuadas… pero lo hago. Hay algo más para mí, y tengo más de mí para dar; tengo esperanza que algún día pueda sentirme “yo”, sin duda alguna, aunque sea por un instante más.

Necesito encontrar mi lugar en este universo, como nos dijo el maestro durante la clase. Vicente dijo: "Si tu no ocupas tu lugar, nadie va ocuparlo, porque nadie podrá decir tu mensaje, eres el cruce de millones de variables y eres única”. 

No me veo dentro de 10 años, ni siquiera me veo mañana y sin embargo tengo que tomar decisiones hoy. Qué difícil y peligroso es correr con los ojos vendados, con esa máscara que ustedes y yo misma hemos construido; ojalá algún día pueda decir para mí misma: ”Había una vez una máscara llamada Fernanda”.

 

 

*María Fernanda Ávila Quintero es estudiante de la Escuela Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 
 

 

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