Universidad Anáhuac Mayab

Ensayos

Publicado en: 25 de Mayo de 2012

Vivir… para amar.

Evangelina M. Santos Villafaña*

“Altruismo” es la aspirina que la sociedad actual utiliza para evadir la necesidad que todo ser humano tiene de amar y ser amado. 

Desde que nacemos, todos necesitamos sentir que somos importantes para alguien y que nuestra vida puede trascender en la de alguien más. Pero la sociedad se encuentra dopada, engañada por un falso  amor. De nada sirve hacer donativos, dar una hora de tu tiempo a los ancianos o regalar cosas a los pobres si no se hace por amor.

Es verdad que esas personas necesitan cosas materiales, pero sobre todo necesitan experimentarse y saberse amados, saber que a alguien le importan. Altruista es quien da sin buscar nada a cambio. Si espero recibir algo es porque necesito aquello que estoy esperando. Normalmente el individuo  altruista consideran que los otros necesitan de él, pero é no necesita de los demás, no necesita su atención, su cariño… ¿Cómo voy a esperar algo que no necesito o creo no necesitar? Entonces claro, así es muy fácil ser altruista. Doy, pero no me afecta, no me influye, no cambia mi vida. Doy lo que me sobra, doy superficialmente pero no dejo que los otros traspasen mi campo de fuerza que protege mi mundo. Eso no es ser amado ni mucho menos amar.

Hace un par de años fui a parar, por azares del destino, a una casa de niños abandonados. Este orfanato se encuentra en la ciudad de México, en una zona que antes era un basurero. Cada niño que vivía en aquel lugar sencillo pero acogedor tenía una historia dramática, trágica. Todos con una mirada pura, pero llena de dolor. Me condujeron al cunero, en donde estaban los más pequeños, me señalaron la última cuna y me dijeron que yo me encargaría de cuidar a Amalia. Su corta vida estaba llena ya de sucesos dolorosos, de cosas que un niño no debería experimentar. Su madre quería abortarla, pero no se decidió a hacerlo. Cuando Amalia nació, ella intentó ahogarla con una almohada, pero llena de culpa se detuvo y la llevó al orfanato.

Cuando me acerqué a la cuna, no pude contener el impacto. Un bebé con el cráneo deforme, alargado y como aplastado, de tez casi transparente que dejaba ver cada vena en su  frágil cabeza, fijó sus ojitos en mí. Al intentar ahogarla, su madre le había deformado el cráneo… su madre era la causa de su deformidad. Yo no pude sostenerle la mirada y le pedí a la encargara que me mostrara cómo debía abrazarla para no lastimarla. Con una sonrisa, ella me dijo: Tranquila, sabrás hacerlo. Con suma ternura (y, no puedo negarlo, con un nudo en la garganta también) la tomé y la puse en mi regazo, pero ella sólo lloraba.

Me di cuenta de que su cabecita era muy sensible y cada movimiento le dolía. Entonces empecé a decirle palabras que me imagino una madre le dice a un hijo mientras acariciaba su frente y esporádicamente le besaba la sien. No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que se durmió y que al ponerla de regreso en su cuna y darle un beso en la frente para despedirme, Amalia sonrió…  La sonrisa que yo pude “recordarle” a una criatura que estaba acostumbrada sólo a sufrir se me grabó con fuego en el alma.

Cuántas historias como la de Amalia no habrán, cuántas personas necesitadas de un poco de cariño, de un poco de atención. Están más cerca de lo que creemos. Personas que vemos a diario que llevan en el interior historias, cicatrices, heridas que tal vez no han sanado y que sólo necesitan saberse acompañados para mitigar un poco de ese sufrimiento, eterno compañero del hombre.

Vivir para amar, para darse a los demás, buscando la felicidad de otros junto con la tuya, hace pleno, dignifica, incluso vives con más intensidad y con un sentido. Pero primero hay que reconocer que necesitamos el amor de los demás, que necesitamos de su atención, de su cariño. ¡Y no está mal! Por el contrario, la persona que sabe reconocerse necesitada ha recorrido gran parte del camino.

Por mucho tiempo yo pensaba que la acción de dar sólo tenía una dirección: de mí hacia los otros. Pero luego me di cuenta de que es en una doble dirección, no tanto por recibir, sino porque dando a los demás soy feliz, soy plena. Y como un pozo que emana siempre agua, al dar un poco de nuestra atención, nuestro interés, nuestro cariño… la felicidad que se experimenta  es mayor.

No busco con estas ideas soñar en una sociedad perfecta, en la que todos buscan la felicidad de los demás a la par de la suya, en la que con una sonrisa se cediera el lugar en el transporte público, en la que el claxon del coche fuera un sonido extraño, etc.  Quiero compartir un poco de mi experiencia, para ser testigo de que la idea de amor egoísta que hemos estado rumiando una y otra vez y que sólo nos deja un sabor nauseabundo no es el concepto real del amor.

Un amor sublime, que llena, que hace pleno, que es capaz de aceptar de los otros, capaz de hacer que otros se sientan verdaderamente amados, que es capaz de hacer sonreír a otras “Amalias”… que tanto abundan hoy en el mundo.  ¿Seré yo una de ellas?

 

Eva Santos Viilafañe es estudiante de la Escuela de Comunicación. [email protected]

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