Universidad Anáhuac Mayab

Iba a ser papá

Publicado en: 01 de Junio de 2012

Andrea Hernández Palomo*

 

Mis dedos intentaban, traviesos, reconocer una vez más la suave curva de tu cintura cuando te retorciste como una lombriz y dijiste un "vamos a caminar" que al principio no entendí. Pronto te incorporaste, en silencio, y con delicadeza recogiste tu bata, una bata de seda negra que yo te regalé por el simple placer de quitártela después. Me obligué (y sin saberlo me obligaste también) a salir de la cama y tantear un momento hasta encontrar un pantalón.

 

Sentí tu mano en mi nuca, bajando por mis hombros hasta llegar a mi cintura y de ahí brincar a mi antebrazo para perderse en el hueco de mis dedos. Así tomados de la mano salimos y caminamos por la orilla, dejando que las pequeñísimas olas acariciaran nuestros tobillos y nuestros pies. Me llevaste al pequeño cabo que, según dijiste, dominaba la bahía, y pacientemente esperaste a que me sentara en la misma roca de la mañana anterior. Tú te sentaste en la arena, a mis pies, y sentí un escalofrío cuando tu cabeza descansó en mi rodilla y se quedó ahí.

 

“¿Qué pasa, calabaza?” Así me arrancabas una sonrisa cuando mis silencios se volvían demasiado elocuentes, cuando no podía disimular. Ahora eras tú la que guardaba silencio y era yo el que te quería preguntar qué pasaba, calabaza, esperando que tú rieras y exigieras que me inventara mi propia pregunta preferida.

 

Me limité a acariciar tu cabello y escuchar, escuchar todo lo que podía, mientras el sol poco a poco salía y tu respiración poco a poco cedía. Por un momento te dormiste y una vez más anhelé con locura poder observarte, guardar para siempre una imagen contigo de protagonista, maravillarme por la belleza de tu ser. En lugar de eso, sólo podía sentir tu peso en mi pierna, tu cabello en mi piel, tu lento respirar apenas en mis oídos. Y una vez más sentí la ira y la rabia corriendo por mis venas, matando algo en mi interior.

Te moviste. Habrás notado mi angustia o ignoro cómo le hiciste, pero te levantaste a tiempo para que tus dedos y después tus labios recorrieran todas y cada una de mis facciones, para meterte entre mis brazos y ayudarme a encontrar en ese abrazo olvidado un poco de paz.

 

- “Esto no puede seguir así”. Las cosas estaban así desde hacía meses y no había indicios de que fueran a cambiar. Ese eterno sube y baja, la horrible sensación de estar lejos de todo y de todos, contigo en mis brazos y, a la vez, sin ti. Y no, ya sabía que no era por ti, era por mí. Yo era el del problema. Yo era el que arruinó todo al regresar con unos ojos inservibles y prácticamente nada que ofrecer. Y tú permanecías, perfecta, adorable, pendiente, siempre con las expectativas arriba, con la esperanza de que algo, por mínimo que fuera, iba a cambiar. 

 

Si supieras, si tuvieras una idea de lo mucho que me odié por mentirte y ocultarte la verdad de mis pensamientos, la desesperación en que me sumía cada mañana cuando salías de la cama. Porque entonces tú podías ver y yo no, yo sólo te sentía y te escuchaba. Nuestros desayunos torpes, las horas desperdiciadas en que tú no estabas, la terrible espera porque no llegabas. La inutilidad.

 

Terca, insististe en ese fin de semana en la playa. Yo fui sin verdaderas ganas, deseando únicamente que llegara la noche para poder vendarte los ojos y sentirte igual a mí. Pero esa noche fue diferente, porque te quitaste la tela mientras recorría tu cuerpo con mi nariz y la pusiste entre mis dedos para que me diera perfecta cuenta de lo que habías hecho. Me susurraste que siguiera y lo hice, y cuando volví a escuchar tu voz fue para decirme que saliéramos a caminar. Esto no puede seguir así.

-“¿Así cómo?” Una vez más leíste mis pensamientos.

- “Debes regresar a la productora, sabes que te necesitan. Por favor, no empieces con la misma historia de siempre, necesitas regresar a trabajar.

- “¿A qué? Trabajar ya no sería lo mismo, no para mí. Un productor de cine que no puede ver, ¿para qué? Desde luego no te dije todo esto, sólo suspiré.

- ¿Por qué?

Pero era yo sólo, hablando conmigo mismo, retorciendo mis propios pensamientos.

 

Te escapaste de mis brazos y fue tu turno de suspirar. Pero no fue un suspiro cualquiera sino uno cargado de tristeza, y hasta entonces comprendí cuán grande era tu desesperación. Cómo te frustraba verme, ver derrumbarse al hombre que te había enamorado con su carácter, sentir que ni siquiera lo más profundo de su persona seguía remotamente igual. Presenciar cada día cómo yo sólo me consumía y te apartaba, te alejaba por completo de mi mente y de mi corazón, construyendo un muro invisible entre los dos. Y por eso te quitaste la venda esa noche, porque no veías motivos para seguir así.

 

Los minutos pasaron. Te sentaste junto a mí. Tomaste mi mano y dijiste las únicas palabras que habrían logrado que despertara del espantoso ensueño en que había permanecido el último año. Iba a ser papá.

 

*Andrea Hernández Palomo es estudiante de la Escuela de Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 

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