Universidad Anáhuac Mayab

Ver... sentir

Publicado en: 05 de Junio de 2012

Por Andrea Hernández Palomo*

¿Cómo puedes producir sin ver? Es algo que me pregunté por muchos años, y aunque ahora sé de sobra la respuesta, me sigues sorprendiendo. Como aquella vez en que te empeñaste, con esa terquedad propia de ti, en ayudar para la mudanza. ¿Lo recuerdas? Había cajas, cajas y más cajas, todas ellas fuente de mil preocupaciones para mí, no tanto por su contenido sino por ti. Ahí estabas, intentando actuar normal, disimulando que no tenías ni idea de dónde pasar, con esa sonrisita que (ahora lo sé) sólo pones cuando te sientes fuera de lugar.

Esto creo que nunca te lo dije, pero me dio un gusto tremendo que, conforme pasaban las horas, te movías con más naturalidad. Tropezaste varias veces, algunas más chistosas que otras, y poco a poco logramos darle un poco de forma a nuestro nuevo hogar. ¿Cómo no amarte un poquito más? Pensar que apenas un año atrás me habías sacado a gritos de tu cuarto, al otro lado del mundo, y ya estábamos ahí, sintiendo por primera vez esa deliciosa brisa que entraba por la ventana de nuestra habitación, acariciando nuestros rostros, dándonos ánimos para levantarnos de nuevo y continuar.

De una u otra manera aquella tarde aprendí a poner clavos y a usar el taladro. Yo te enseñé a pintar (aún no puedo creer que nunca habías pintado una pared) y me la pasé observándote, como siempre sorprendida por esa especie de nuevo magnetismo que parecías irradiar al pasar de un cuarto a otro, como si con sólo un paso pudieras cambiar la atmósfera y alterar el ambiente de manera imperceptible. ¿O era sólo yo? Es de esas preguntas que jamás podré responder.

Todos los pendientes, las prisas y las preocupaciones quedaron olvidados esa noche. Temblé un poco cuando vi que tomaste ese pedazo de tela y algo torpemente caminaste hacia mí, cuando tus manos tocaron mi cabello, tu mirada fija en la nada y la mía fija en tu mirada, y entendí que esto era algo que los dos necesitábamos, y lo necesitábamos ya. Con todo el cariño del mundo fuiste reconociendo mi rostro por milésima vez  mientras yo olvidaba cómo respirar. Y cuando por fin tuve los ojos completamente vendados los dos empezamos a reír, preguntándonos cómo prepararíamos la cena o encontraríamos nuestras cosas en el desastre que teníamos alrededor. No fue fácil pero fue divertido, ambos dando trompicones e intentando recordar dónde habíamos dejado tal o cual caja.

Más tarde, cuando ya habíamos caído rendidos, comprendí la belleza de lo que estábamos haciendo. Yo aún no podía verte pero te sentí tal y como tú me sentías a mí.

 

Andrea Hernández Palomo* es estudiante de la Escuela de Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 

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