Universidad Anáhuac Mayab

Ambición

Publicado en: 04 de Septiembre de 2012

Ambición.

Por Roberto Carlos García Luna*

 

La ambición es algo con lo que los seres humanos nacemos, es indispensable para el desarrollo personal de cada individuo. Pero, ¿qué pasa cuando ésta crece en forma desmesurada, ocupando la parte central de la vida? ¿Qué pasa cuando sobrepasa los limites de la moral y la ética? Es ahí cuando se escribe un capítulo distinto para la humanidad.

Queda claro que los seres humanos más destacados de la historia no podrían haber realizado las hazañas por las que son recordados sin contar con la ambición. Todos tenían la motivación de realizar cosas grandes en sus vidas y llegaron a la cumbre que expandió el horizonte de la humanidad. Pero, en no pocos casos, cuando la ambición sobrepasó las fronteras, muchos de ellos pasaron a la historia como la personificación del mal. 

Hitler, Napoleón y Menguele, tenían en su mente objetivos diferentes, pero lo que los hacía parecidos eran los medios en los que se basaron para alcanzar sus metas. No hace falta decir que todas las habilidades y aptitudes que los caracterizaban, si hubiesen sido usadas para hacer el bien a los demás, hubieran desencadenado momentos brillantes para la humanidad y otra hubiera sido la historia.

Pero en vez  de poner su ambición en un proyecto que beneficiara a otros, fueron vencidos por el peso de la codicia; decidieron complacer sus ansias de poder y de grandeza. Hoy se les recuerda por las atrocidades que cometieron en contra de gente inocente; han quedado cristalizados en la historia como el extremo de la perversidad humana.

¿Vale la pena? Cuando el hombre pisó la luna por primera vez,  observamos la tierra desde afuera. Fue un momento glorioso que mostraba la ambición humana de ir aún más lejos: salir de las fuerzas que nos mantienen unidos a nuestro inmenso planeta; se comprobó que el cielo literalmente no era el límite y que había más, mucho más por hacer, por explorar, por descubrir.

Y así lo hicimos. Viajamos cada vez más lejos, millones y millones de kilómetros en nuestras ansias por conocer y satisfacer nuestra ilimitada curiosidad.  Pero mientras más nos alejábamos, mientras más viajábamos,  la imponente imagen de la Tierra se hacía cada vez más y más pequeña hasta que sólo se alcanzaba a ver un pequeño punto azul.

Al contemplar la inmensidad del universo, toda nuestra prepotencia, todo nuestro ego, todos nuestros logros, nuestra tecnología, todos los avances que habíamos alcanzado, parecían insignificantes ante la grandeza del espacio. Me pregunto: ¿de qué vale tener todo el poder, tener todo el dinero, tenerlo todo, si al fin y al cabo somos una ínfima parte de un universo ridículamente enorme?

El abanico de posibilidades se sigue expandiendo, mientras hallamos más cosas y encontremos nuevos horizontes, estamos más hambrientos de saber, más ansiosos por descubrir.  Hay una ambición noble en nuestro espíritu, ir más  lejos, más allá de lo que sabemos y conocemos. Un día supimos que el cielo no era el límite, y nos lanzamos a la conquista de la última frontera. Pero… ¿la encontremos algún día o moriremos enterrados en nuestra ambición de saber? 

Einstein alguna vez dijo: “Yo creo que sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana, pero no estoy tan seguro del universo”.  Si una de las mentes más brillantes de la historia cree que sí hay un limite, entonces yo también. Pero ¿qué pasará el día en que lo encontremos? Honestamente pienso que, aunque nos tome millones de años, algún día tendremos que topar con pared.  ¿Y entonces qué?

¿Cuál es el propósito del estudio de la historia? Aunque muchos estudiantes no lo crean, no se estudia para matarlos de aburrimiento, sino que su propósito es el de reflexionar sobre los eventos  ya pasados, para evitar que los errores que fueron cometidos se repitan en un futuro. El problema es que Einstein tenía razón,  a lo largo de la historia hemos repetido los mismos errores, una y otra vez, quedando de manifiesto la incapacidad humana para abandonar el manto de imbecilidad que nos cubre.

Al ver lo inconsciente que somos ante el  vaivén del cosmos, ante el flujo de materia y la transformación de las ideas, me da la sensación de que estamos aquí por una razón y me niego a creer que el milagro de la vida deba ser desperdiciarlo en esfuerzos ilógicos por conquistar y tener más que los demás. El lugar, el momento y los elementos que dieron como resultado a la vida, son tan escasos  y hasta insignificantes, que no puedo creer que sabiéndonos tan poco importantes para la circulación de las cosas, nos enfoquemos en sandeces.

No pienso que, siendo tan pequeños, debemos deambular por la vida sin obligaciones y responsabilidades, más bien postulo que debemos tratar de alcanzar nuestras metas y superar nuestros límites, pero siempre intentando no cruzar la frontera de la inmoralidad y la falta de ética; puede ser tan frágil ese cruce, que muchas veces lo hemos hecho y nos olvidamos de ello. 

Hay que vivir, y vivir bien. Estar en paz con uno mismo, y así estar en paz con el universo. Porque mientras discutimos, nos peleamos y nos destrozamos mutuamente, la vida pasa…. y nunca regresará.  

Hay que aprovechar al máximo el poco tiempo que tenemos en el mundo y apreciar los pequeños detalles que se nos presenten, como  la sonrisa de un buen amigo, un logro en nuestra vida laboral o darle un beso a la persona que amamos, por que esos pequeños detalles son los que le dan sentido a la existencia y son nuestra razón de ser. La vida no se mide con el aire que respiras, sino con los momentos que te quitan el aliento.

 

 *Roberto García es estudiante del  primer semestre de la carrera de Negocios Internacionales en la Escuela de Economía y Negocios, en la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

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