Universidad Anáhuac Mayab

Perdiendo la razón

Publicado en: 05 de Diciembre de 2012

Perdiendo la razón.

Sergio Graniel Anguiano*

“Y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados, para los condenados a muerte y para los condenados a vida”  Jaime sabines

¡Denme papel y tinta que estoy por morir! Esa fue mi reacción instantánea ante la situación que ahora vivo.

Ahora, después de tantas horas de ayuno e insomnio, mi mente parece estar tranquila, me encuentro en un estado de calma, que jamás había experimentado, no sé si es una variación de la ansiedad lo que ahora pasa por mi cuerpo y mente.

Había escuchado testimonios sobre los últimos momentos de la vida, ¿Qué es lo que sienten? ¿Qué piensan? Todas esas preguntas ahora puedo contestarlas. Respondiendo a la primera, diría que nada concreto… es un conjunto de emociones indescriptibles, es como estar varado. Me siento como sentado en una rampa móvil que me dirige a una caldera, sólo siento el sudor deslizarse por cada centímetro de mi piel. Calor provocado por las llamas a las que me aproximo sin siquiera luchar, estoy a merced del paso del tiempo. Premoniciones de mi destino adornan los rincones más oscuros de mi mente, pero los recuerdos se disipan con la inquietud que produce la espera de lo inevitable.

El segundo cuestionamiento: ¿Qué piensan?, lo respondería con un: en todo y nada. Es una amalgama de ideas inconclusas que están en mi cabeza, pensamientos que se mezclan, originados por una ideología vitalicia que fue ecléctica. Las palabras en mi cabeza se convierten en simples letras que no pueden hablar concretamente. Y con cada minuto que pasa mi conciencia se va resquebrajando paulatinamente, derramando los pequeños recuerdos que me hacen arrepentirme de mis propios pasos

A dos horas y veinticinco minutos del final, mis sentidos se disparan: el gusto, el oído, el tacto y mi olfato, revolucionan sus capacidades perceptivas, me doy cuenta de muchas cosas que siempre estuvieron, pero fueron ignoradas. Los sonidos son más hermosos, el simple caer de la lluvia golpeando el pavimento fuera de mi celda es excelso, melodioso, sincronizado y continuo.

Puedo escuchar el papel y el tabaco de este cigarro quemándose, lentamente, segundo a segundo, consumiéndose como el tiempo. La muerte hecha químicos se vuelve ceniza y humo que me sabe a gloria. ¿Qué mas da matarme un poco más si el final se acerca?. Huelo la humedad producida por la lluvia recién concluida, veo la luz de la luna entrando lánguidamente por mi pequeña ventana, delatando las grietas de mi celda. Es irónico esperar hasta el último momento para sentir lo que ahora siento, es como reclamo de los sentidos por no ser bien aprovechados. Dulce y maldita ironía.

Estoy a menos de un a hora y media de acabar con esto. Una avalancha de recuerdos me invade y se adueña de mi mente; comienza una correlación entre los objetos y las palabras que veo. Cada acontecimiento trae como consecuencia una memoria que conecta a otra, creando una ramificación interminable de lo que fue mi vida hasta este punto. Me asombro de todo lo que pasé y de cómo he llegado hasta aquí.

Todo se vuelve una interminable cadena de posibilidades y en ella, la palabra constante es: “si hubiera”… ¿Qué hubiera pasado?... ¿Que hubiera dicho? ¿Cuál sería el final si hubiera hecho esto o aquello? Todo esto es una broma de mi conciencia, que conserva su sentido del humor hasta el final. Ella genera un ejercicio reflexivo que agradezco, pero que al mismo tiempo creo innecesario, absurdo. Después de todo, nada de lo que descubra, nada de lo que piense que pudo mejorar mi presente, alterando el pasado, podrá ayudarme. Sin embargo, no tengo nada más que hacer ahora, solamente recordar y esperar.

A una hora del fin, estoy perdiendo la cordura. Durante estos diez años de condena que se me han puesto, con el único fin de prolongar mi agonía, me había mantenido firme con mi propio veredicto: “son inocente, lo juro, yo no hice lo que ellos dicen, fui culpado injustamente”. Pero empiezo a pensar que quizá no soy lo que creí ser, tal vez sí soy culpable, responsable por lo que se me acusa. Esa duda es la única explicación del porqué me está pasando esto, me lo merezco, yo lo hice; quizá mi mente bloqueó esa culpa y la transformó en inocencia. Me enajeno de cualquier acción que me involucrara de tal atropello, por el que ahora pagaré. Este martirio que ahora sufro me lo he ganado y al parecer debo pagar por mi barbarie… pero ¿Y si no es así? Yo recuerdo ser inocente.

Faltan 30 minutos… 30 malditos minutos… y no logro recordar nada. ¿Qué es lo que pasó? No entiendo. Leo las palabras que acabo de escribir y no sé en qué punto las plasmé en esta hoja, no son ni siquiera un susurro. Observo los párrafos anteriores sobre recuerdos invadiéndome, pero es más bien una “avalancha”, un torbellino que destruye todo, dejando en pie sólo los recuerdos de mis diez años de estancia forzada aquí, en esta celda, mi último hogar.

Me pregunto: ¿Qué hare ahora? La respuesta es la misma de la última década… esperar… tan sólo esperar lo inevitable, esperar el duro golpe de la realidad. Las ideas de un milagroso escape o la mágica condonación, son puras fantasías que, ni forzándome a creerlas, puedo  aceptarlas.

Diez minimitos quedan y ese maldito reloj no deja de seguir, su sonido fatiga, se ríe, se burla de mí, cual hiena asquerosa; maldito engendro mecánico que les avisa a mis verdugos el venidero arribo de mi muerte, los mantiene alerta y atentos.

Mi sangre corre apresurada como si supiera que su veloz carrera está a punto de ser frenada prematuramente, mi respirar acelerado delata mi ansiedad, el sudor en mi frente se escurre y cae sobre el papel mezclándose con la tinta, volviendo difusas mis palabras; mis lágrimas dejan en evidencia mi nerviosismo, mis manos no dejan de temblar, hacen casi cursivas mis palabras escritas: Intento poner una de ellas entre mis piernas para aliviar su desasosiego, me muerdo las uñas y arranco los pequeños pellejos de mis dedos al grado de provocar un ligero sangrado. El papel ahora está mezclado por varias de mis sustancias corporales, siento prurito en el cuero cabelludo y un inmenso escozor en el pecho; el sudor en mis manos hace que se me resbale el bolígrafo, siento la espalda torcida y las manos entumecidas como resignadas. Esto es miedo, la total locura, el control nulo de mis acciones y de mi cuerpo, estoy paralizado.

Escuché las puertas abriéndose, voces susurrantes, pasos lentos, talones deslizándose, una pequeña risa, breve, efímera, casi imperceptible, pero mi paranoia la ha hecho evidente, al menos eso creo. Me encuentro musitando las palabras que escribo, uso mi propia voz como única compañía, que melancólico final, apropiado para un pobre diablo. Pienso en cómo seré ejecutado. Me sentaran en esa fría silla frente a un grupo de personas que me odian; a un lado de ellos estará mi madre llorando, la puedo ver claramente, mi hermano consolándola con la mirada perdida, ausente de mente. Aún no sé cuál será mi última voluntad. Sólo sé que en poco tiempo pasaran electricidad sobre mi cuerpo hasta que mi corazón deje de latir. Sólo espero morir rápido, morir en un solo intento, que el dolor pase por mí sólo una vez… por favor…. sólo una.

Un minuto. Ya están aquí. Unas cuantas decenas de barrotes me separan de mis verdugos. Ya estoy muerto.

*Sergio Graniel Anguiano es estudiante de la Escuela de Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

 

 

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