Universidad Anáhuac Mayab

Punto y coma: la historia de Silka Ilich

Publicado en: 05 de Diciembre de 2012

Punto y coma: La historia de Silka Ilich

Iselis Arzola Domínguez*

 

Se despertó una noche sobresaltada, estaba llena de sudor y con una sensación de náuseas insuperable. Se paró y fue a tientas hasta el baño, ese baño que siempre la asustaba a pesar de que vivía en ese apartamento de la calle Delacroix hacia ya tres años, era un baño angosto y al final de un pasillo; que no importa cuántas luces prendiera, siempre daba la sensación de estar a oscuras. Se fumó un cigarrillo, desde que encendió el primero supo que no volvería a dormir. 

Silka detestaba esos sueños y últimamente, siempre soñaba los mimos, esa escena que no dejaba de repetirse en su cabeza una y otra vez. No le dio importancia y se sentó en su escritorio a trabajar en el nuevo artículo que escribía. El periódico raramente no la había presionado como siempre para que mandara su artículo antes de tiempo, y eso le encantó, tendría más tiempo para investigar, cosa que siempre le faltaba. 
 

Empezó a escribir, tecleó dos párrafos y se percató de que pronto sería hora de pararse e ir a trabajar, pero no le molestó la idea. Silka era de esas personas que a sus 23 años y con un buen trabajo en el periódico más famoso de la ciudad, no tenía de qué quejarse, era joven y soltera, trabajaba en lo que le apasionaba, y el dinero no era un problema para ella. 
 

Dejó de releer lo que había escrito, lo hizo una bola de papel y lo encestó en el basurero de la esquina, ya tan acostumbrado a verla hacer ese tipo de cosas. Se vistió: jeans, una blusa color crema de botones y su chaqueta de trabajo. Y se fue, poniéndose antes las botas de trabajo, no podía evitar seguir sus costumbres ya tan arraigadas, porque en Rusia nunca se entra a la casa de nadie ni a la nuestra en zapatos, para no ensuciarla. 
 

Antes de salir vio la contestadora del teléfono que parpadeaba en rojo, abrió sus mensajes y tenía uno de su madre, que casualmente no había escuchado, seguro lo mandó cuando estaba fuera, pensó Silka. 
 

-"Hija mía"- Su madre se oía rara, sollozaba -"Tal vez no debería estar haciendo esto, ya no tiene ningún caso, pero me desperté pensando en hablar aunque sea con tu contestadora que tiene grabada tu voz tan angelical, no sabes cuánto te extraño, mi corazón de madre se marchita tan rápido con la distancia tan abismal que nos separa, siento no haberte dicho: te amo más veces, desprecié tantas oportunidades, pero ya no puedo hacerlo, adiós-".

El mensaje término y Silka palideció. Su madre, ¿por qué estaba tan sentimental?, le marcó pero nadie contestó; se dijo a sí misma que marcaría al llegar de nuevo a casa y se fue. 
 

Llegó al tercer piso, entró a su cubículo discretamente, nadie la vio, nadie la saludó, era algo normal, a los foráneos no se les ama en todos lados. Y realmente ya estaba acostumbrada, la única persona con la que se llevaba era una editora americana muy simpática que trabajaba a una puerta de ella, incluso ella estaba muy ocupada y no la vio al pasar. 
 

Se propuso hacer trabajo de campo, lo que más le gustaba. Salió en una hora y empezó a caminar entre la gente, buscando a alguien interesante que pudiera entrevistar para su artículo de la semana, que hablaba sobre la sobrepoblación en Estados Unidos. Nadie interesante, caminó y caminó y entonces sucedió, allí estaba ese enorme espejo de casi dos metros que ella amaba de la tienda de antigüedades de los Anderson, era hermoso, empotrado en madera de sándalo con acabados renacentistas. Pero, qué sorpresa para Silka, ese espejo era tan raro que no se reflejaba en él. 
 

Esta vez decidió entrar y preguntar, pero el encargado no le hacía nada de caso, -Qué falta de respeto tan grande- Pensó inmediatamente Silka Ilich, nunca la habían ignorado de esa manera, ella hablaba y hablaba y nadie la atendía, la ignoraban, ni tan siquiera se percataban de su presencia. Silka era una sombra ni siquiera ella se podía ver y comprobó que no sólo sucedía con el espejo de sándalo que tanto amaba, no se veía en ninguno de los espejos. Crisis nerviosa en camino. 

No sabía si salir corriendo o gritar, o si ambas, se quedó paralizada por el miedo... algo tenía que estar mal, se peñizcó mecánicamente pero no era un sueño, pero tampoco era la vida real, era una especie de camino intermedio. Ahora venía la pregunta del millón de dólares, qué había sucedido.
 

Nerviosa y sin saber qué hacer empezó a deambular por las calles de Nueva York; esta vez no se apartó para no tropezar con nadie ni se fijó en los imponentes edificios y su gente siempre tan atareada. Sólo caminaba sin ningún destino, nada qué hacer, ninguna persona con quien hablar, y pasando por un puesto de periódicos se le ocurrió algo. Se sentó en un café y escribió en una servilleta su plan, su estatus, nadie la veía, por tanto tampoco la oían, era una sombra pétrea en medio de una multitud de visibles caminantes. 
 

Silka Ilich estaba muerta. La idea no acababa de anidare en su cabeza, no entendía el cómo había pasado e incluso aún más intrigante: ¿qué hacía aquí?, en este estado tan penoso y deteriorado donde el maquillaje no servía para nada y su madre le marcaba a su contestadora para poder oír su voz. 
 

Desconocía las reglas del juego, no sabía si podía subirse a un taxi, así que simplemente caminó hasta la estación de policía. Ese era su plan. Abrió la puerta y como ya esperaba, nadie se percató de su existencia, -Tanto mejor- Pensó, -No tendré que dar explicaciones a nadie y podré registrar todo lo que desee sin tan siquiera pedir permiso. Esto es un paraíso para una reportera, más no para una reportera muerta- Apartó de su cabeza los pensamientos que no le darían respuesta y se puso en busca de un expediente con su nombre. El cual halló encima de la mesa del segundo oficial, en amarillo tal como los demás, 5809 Silka Ilich, decía su nombre en un papel membretado en blanco y negro. 
 

Se quedó parada unos minutos, ¿qué encontraría? , no podía tan siquiera soportar la idea de que hubiera tenido una muerte trágica. Y en ese momento se imaginó a su madre en un velorio, seguramente había llevado los restos a Rusia, su familia hasta la más lejana asistirían, le llevarían flores de colores, pero pares, tal como lo indica la tradición rusa. Su hermana llorando, sus padres desolados y las lágrimas haciendo surcos en las caras blancas de todos sus familiares. La visión la atormentó, sintió sus mejillas líquidas, -Qué interesante- Pensó -Puedo llorar, más nadie me ve, puedo gritar más nadie me oye- Y gritó, gritó de impotencia, de rabia, por no tener la capacidad para resolver algo tan grave, por no saber qué hacer y por último por no haber podido ni siquiera tener el tiempo para despedirse de sus seres queridos. 
 

Abrió el archivo, rápido, de un tirón ya no soportaba seguir pensando, sabría ahí y lo sabría ya, qué era lo que le había ocurrido. Cuando empezó a leer no entendió lo que leía, el reporte del oficial Malcon Bleider estaba muy confuso. Hablaba de un accidente en la Quinta Avenida, un camión que transportaba sandía exportadas atravesó un Smart rojo y negro y la sobreviviente salió disparada a través de la ventana del copiloto. Fin del párrafo, fin del reporte.

 -Qué muerte tan estúpid,a pensó Silka, pero, un momento- Releyó desde el principio y se detuvo en el último párrafo decía “sobreviviente”, ahora sí que no entendía nada.  ¿Cómo que sobreviviente? Esto no era un sueño, se había pellizcado incontables veces, no la oían, no la veían, ni siquiera ella se podía auto observar en un espejo. Todo empezaba a ser más extraño aún de lo que ya parecía hasta ese momento; ella se sentía muerta, ella juraba que había muerto, pero un momento: su expediente estaba en una estación de policía, más no en un hospital, no había un registro de defunción, le latió fuerte el corazón. 
 

Abrió nuevamente el expediente buscó por todas partes un nombre de hospital, si había una sobreviviente, habría un hospital al cual llevarla, pero no era así, el expediente no decía nada absolutamente de un hospital, ni de qué había pasado con la afortunada sobreviviente de tal accidente.  Se desesperó, sus esperanzas se hicieron añicos, pero respiró y dijo que no estaba siendo objetiva, volvió a respirar y leyó la dirección del accidente, el único hospital cerca era Siou Fox General, ahí iría. 
 

Y ahí fue, Silka entró corriendo desesperada ya no tenía nada que perder, empezó a gritarle a la secretaria, justo cuando recordó que ésta no podía oírla, y repitió la rutina ya practicada en la estación, revisaría los expedientes. Pasó uno por uno y no fue hasta casi llegando a el final que encontró su nombre, abrió desesperadamente su archivo, y leyó hasta el final, eran dos hojas; se desesperó pero también se prometió tener más paciencia, y llegó al último párrafo donde decía: “La paciente sigue estable, ningún cambio en su coma parcial”. Releyó la última línea par de veces y sonrió triunfal. Acto seguido lloró, lloró sin prisas, lloró de felicidad y se sintió viva. Más viva que nunca. 
 

Buscó su habitación y subió hasta ella. Su madre estaba en una esquina de la cama, mirándola con el amor incondicional que entregan las madres en cada mirada. La tocó pero ella no se movió, sólo volteó la cabeza como para convencerme de que no había nada raro. Silka no sabía qué hacer se dejó llevar por sus impulsos y caminó hasta su ella inmóvil y vendada en gran parte, se acercó más y la tocó.
 

Masha Petrov dio un salto en la habitación… su hija movía sus párpados!!!, se estaba moviendo!!!,  por todos los cielos Silka, su hija que ya llevaba dos meses sin moverse, ni hablar, había salido de su coma parcial. Masha respiró profundo y se arrodilló a agradecer a su dios en el cielo, el milagro de la vida. Silka la oyó y a su vez rezó pero esta vez por el milagro de la casi muerte sufrida y de todo lo que ésta le había enseñado, su vida jamás volvería a ser igual. 

 

*Iselis Arzola Domínguez es estudiante del primer semestre en la escuela de Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

 

 

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