Universidad Anáhuac Mayab

Cadenas invisibles

Publicado en: 14 de Marzo de 2013

CADENAS INVISIBLES

Paolo Giovanni Novaro Garduño*

A primera vista, existen problemas muy grandes en el mundo. Se nos está terminando el agua potable, se propagan enfermedades incurables, hay millones de personas que no tienen qué comer y las violaciones a los derechos humanos están a la orden del día. Ante este panorama, podría deducir erróneamente que el tema que trataré, la libertad, es un lujo del primer mundo occidental cuya importancia no asciende a una preocupación primaria.

Escribo sobre la libertad porque creo que un problema escondido siempre tiene el potencial de hacer más daño que uno cuya su existencia es obvia. Son esta clase de conflictos, inscritos en cada uno de nosotros, que influyen de forma directa la toma de decisiones sobre los estímulos que hay a nuestro alrededor, y cambian por completo la manera en la que interactuamos con nuestro entorno.

Tomando esta premisa, el problema de la libertad en el mundo moderno cae indiscutiblemente bajo la categoría de un tema que no recibe la atención que debería precisamente por su naturaleza invisible. Todos y cada uno de nosotros sufrimos de un cierto grado de esclavitud. Lo más preocupante, sin embargo, no es esta condición sino la falta de conciencia sobre ella, o peor aún, el pleno conocimiento de lo que sucede, pero la inexistencia de iniciativa para cambiar el sistema.

Hay que preguntarnos: ¿cuán libres somos realmente? Contestar esta pregunta es más complicado de lo que podría parecer. Para poder reflexionar a plenitud sobre dónde nos encontramos en la escala, primero es necesario definirla y diferenciarla de la ilusión de libre elección que es tan común y seductora. Es esta ilusión, precisamente, la que nos impide cuestionarnos de forma honesta sobre si las decisiones que tomamos a diario tienen un móvil auténtico o simplemente estamos emitiendo un juicio de preferencia sobre elementos pre-seleccionados y presentados ante nosotros.

En el mundo moderno, esta ilusión nos ha convertido en esclavos de un sistema casi perfectamente perverso. Enmascarado bajo el establecimiento social, lo aceptable, lo bueno o lo normal, se nos presentan un número de opciones para nuestra “libre elección”. Se nos dice que estamos en nuestro poder y capacidad para hacer lo que queramos, que de ningún modo alguien se inmiscuirá en nuestras vidas para manipularlas a su antojo. Lo que nos esconden es que ya lo han hecho, de forma maestra y sin dejar rastro. Al manipular nuestro entorno social, al cambiar las reglas del juego e indirectamente forzarnos a acatarlas, nos tornan en esclavos en más de un solo nivel. Cásate, ten hijos, sigue la moda, camina por la banqueta, ahorra para tu pensión, trabaja hasta jubilarte, mira televisión, obedece, obedece, ¡obedece!

Pocas son las personas que hacen algo al respecto. Las que se preguntan si realmente esto debe ser así; si no podemos vivir en unión libre o escapar el esquema consumista. Gente así es vista como rechazada y socialmente inepta, elementos fallidos del sistema que no se pudieron acoplar y por ende son inferiores al resto. No se podría estar más alejado de la verdad. Son estos elementos sin los que no podríamos vivir, ya que ofrecen un punto de comparación. No puede existir A sin B, ni blanco sin negro, ni un esclavo sin alguien libre.

Muchas veces se argumenta que somos nosotros los que decidimos seguir esta serie de elecciones que se nos presentan, sin intentar ir más allá de estas opciones. Esto, si bien puede ser cierto, es una situación tan ridícula y contradictoria como decir que un prisionero elige ponerse las esposas y vivir encerrado por el resto de sus días. Además, esta postura habla de una mente débil, cobarde ante la imposición de lo que considera es una figura de autoridad inamovible.

Pero, ¿quién es realmente esta figura que proyecta una gran sombra en todos nosotros? No es un quién, es un quiénes, y son sombras, no una sola. Las grandes corporaciones es la respuesta más obvia, creando necesidades inexistentes para estimular la ansiedad social y motivarnos a consumir más de lo que haríamos normalmente. El gobierno al intentar mantener el orden en la población bajo reglas estrictas con un sistema penitenciario y no guías de libre albedrío. Pero entonces nos enfrentamos ante el problema de ubicar al responsable de otorgarle tanto poder al sistema mismo, y nos vemos reflejados.

Somos nosotros, cada persona de manera individual, los que en nuestro afán por mantener el orden y el miedo al cambio hemos creado estas abominaciones y les hemos otorgado tanto poder. La única razón por la que se continúan usando estas técnicas de control es porque han funcionado, por medio de la sobre-exposición mediática y publicitaria, casi propagandística, de los mensajes “aceptables” para nuestro consumo.

Además, nos perjudicamos al sufrir de pereza mental, al adoptar una posición nihilista del mundo y al sobreestimar estas figuras de control. Pero por sobre todo, es la apatía la que más nos ha hundido. Ha sido la falta de interés y de indignación lo que ha contribuido a que no exista motivación alguna para cambiar esta situación.

Ser verdaderamente libre es la ruptura de lo establecido, el cuestionamiento constante de lo que de otra manera sería aceptado, levantar la mirada y preguntarnos: ¿por qué? Al solucionar el problema con la libertad, muchos de los conflictos modernos se irán resolviendo poco a poco. Cuando cada uno de nosotros sea dueño de sus decisiones y actos, es cuando cambiará nuestra forma de ver el mundo.

Es hora de preguntarnos de nuevo: ¿cuán libres somos realmente? ¿De qué manera aflojo y eventualmente quiebro las cadenas que me aprisionan a diario? Son las pequeñas decisiones de cada día, el no quedarse conforme, las revoluciones a pequeña escala lo que hacen la diferencia. El primer paso es sacudirse el miedo al cambio, porque el cambio es necesario y es bueno. No se puede juzgar algo de lo que no se tiene experiencia vivida, y este miedo es la versión adulta del temor a la oscuridad. Somos seres a los que les aterroriza lo desconocido y lo incomprensible. Y cuando todas nuestras vidas nos han tatuado los sagrados mandamientos de nuestro entorno, no hay nada más desconocido que vivir sin ellos y tomar responsabilidad sobre nuestros actos.

 

*Paolo Giovanni es estudiante del cuarto semestre en la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

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