Universidad Anáhuac Mayab

La profunda intensidad de un momento... fugaz.

Publicado en: 15 de Abril de 2013

La profunda intensidad de un momento… fugaz.

Andrea Hernández Palomo *

“…mi paisaje triste se vistió de azul, con ese azul que llevas tú…”

Entre copas y sueños recordó la primera vez que se vieron. El recuerdo era tan apropiado, tan a media luz, demasiado tango… Las sábanas son el medio perfecto para no saber nada. ¿Era esa tu mano o mi pierna? ¿Soñé tus besos o sucedieron de verdad? La imaginación y lo real tienden a confundirse de maneras hermosas, ¿no crees?

Tu sonrisa, por ejemplo. Tantas veces me he perdido en ella que ya he perdido la cuenta, ya no sé si lo soñé o lo pensé o lo viví. Porque de alguna manera extraordinaria la vida me ha puesto tu sonrisa en el camino, los astros se alinearon para permitirme la contemplación de los labios más bonitos del mundo. Te miro y tú sonríes, y tu sonrisa me hace sonreír, entonces tú me miras de nuevo y como estoy sonriendo vuelves a sonreír… Podría pasarme la vida haciendo esto, esperando pacientemente a que empiece de nuevo el ciclo, sonriendo y mirando sin parar.

Por ahora me limito a llenar mis pulmones de ti, de tu esencia y tu presencia. En realidad la duermevela me envuelve y no termino de comprender si estás aquí. En unos minutos se comprime toda la eternidad y sé a ciencia cierta que acabas de llegar, siento el peso en la cama y el repentino calor. Me doy cuenta porque tu mano derecha acaricia de mi cuello a mi cintura y de regreso, tu nariz juega con mis oídos y llega la paz, una inexplicable calma se apodera de mí, de la cama, de la habitación. Una vez más me impresiona esta habilidad tuya para entrar en mi panorama, ocupar un discreto y deslumbrante lugar en mi campo de visión, siempre ahí, cálido y constante, como una extraña brisa de verano junto al mar…

De alguna manera desconocida para mí ha llegado la mañana. Sé que en algún momento abrí los ojos y mi interior sonrió al ver la luz dorada que entraba por tu ventana sin cortinas. Entonces me percaté de que los pájaros usuales ya habían empezado a cantar, natural despertador de mis madrugadas contigo. Me tomé unos instantes para respirar y recuperar un poco de conciencia acerca de nuestros cuerpos, comencé a sentir mis límites y los tuyos, a reconocer los calcetines y las sábanas. Y te escuché.

Respirabas tranquilo, sin prisa, perdido en tu mundo de sueños que pronto habrías de olvidar. Ese mero murmullo me llenaba de calor, me transportaba a un limbo donde sólo había tranquilidad. Mi mente estaba en blanco y sin embargo estaba viva, llena de colores y sensaciones. Cada suspirar era un recordatorio de nuestro cariño, una expresión de amor.

No pude evitarlo, antes de darme cuenta mis dedos ya recorrían tu cuello y tu pecho. Con un hermoso escalofrío te acomodaste y se te escapó un suspiro más. Otra eternidad y abriste los ojos. Nuestras miradas se encontraron y yo me perdí. Es sorprendente que algo tan cotidiano como tus ojos pueda transportarme de esa manera, hacer que toda mi vida se reduzca a ese momento…

Ahora lo pienso y, como siempre, sin querer, la horrible idea de ocasiones anteriores toma su lugar. ¿Es esto posible?

Me miro en la soledad del espejo y encuentro desolación. No sólo son las cada vez más grandes ojeras (que tú dices que te gustan) ni la cada vez más notoria falta de color (tú dices que es porque me la paso trabajando y nunca salgo al sol); son mis párpados cada vez más cansados, las clavículas cada vez más visibles, los labios cada vez más crispados… Se supone que estamos en primavera y yo siento que me estoy marchitando, siento que se va evaporando mi fuerza vital. Intento ver qué pasa, qué hay en mi interior y simplemente no encuentro nada. No hay color, no hay movimiento, sólo vacío.

Insisto en preguntarme cómo es esto posible, cómo puedo sentirme tan plena estando contigo y tan vacía cuando me quedo conmigo. Intento comprender el sentido en la contradicción, pero no lo encuentro… De nuevo me pregunto si vale la pena preguntarme, si de algo me sirven tantas dudas y cuestionamientos. ¿Sería mejor vivir sin pensar? Podría cerrar los ojos y dejarme llevar, vivir en este constante acelerar-frenar-y-nada-más de los coches automáticos, simplificarlo todo. ¿Es posible, pues, olvidar el modo manual?

Podrás estar a kilómetros de distancia pero en verdad siento que estás junto a mí. Puedo verte en las primeras luces de la mañana, en el cuadro de luz junto a la ventana de mi cuarto, en el sorbo de café, en la taza de té chai. Cierro los ojos y ahí estás de nuevo; vivo, duermo, despierto y vuelvo a vivir y tú sigues ahí. Nunca me lo dijiste pero sé que existe el tácito compromiso de que nunca te vas a ir.

¿Vale la pena que te quedes? ¿Será posible que alguien tan grande y tan completo como tú decida compartirse de tal modo con alguien tan rota y tan dañada como yo?

Te amo pero no te negaré que tengo miedo, temo que una mañana despiertes y sientas que no valgo la pena, que un objeto tan maltratado nada bueno va a tener. Todos los días te miro y me pregunto si lo sabes, si sabes cómo toda mi existencia está apenas hilvanada por sueños que son cada vez más difíciles de ver. Poco a poco me derrumbo y mi tonto interior insiste en sembrar la duda, en querer saber si serás capaz de hacerme caer. ¿Qué clase de amor es este, que desconfía de su objeto?

Por las noches sonríes y me miras, y eso basta para que esté bien. Me pierdo de nuevo en tus rizos y tus caricias, puedo notar que para ti esto no es un juego. “No soy ninguno de los hombres que has conocido antes…” – sé que no lo eres, y por eso te quiero más. Pero mi paranoica interior me hace dudar en las tardes de soledad.

Pienso un poco y me doy cuenta de que pronto llegará un arrebato. No sé cómo, no sé cuándo, no sé qué será, pero veo claramente que llevo demasiado tiempo de estabilidad. Lento pero seguro, se acerca el momento de catarsis, de soltarlo todo sin saber qué va a pasar, y en el fondo espero tenerte cerca, que lo veas todo, que sepas con quién te acabas de meter. Porque puedo desearte con toda mi alma, pero si tú no eres capaz de lidiar con mis constantes y radicales cambios esto simplemente no va a funcionar.

 

Andrea Hernández es estudiante del cuarto semestre de la Escuela de Comunicación, en la Universidad Anáhuac Mayab. [email protected]

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