Universidad Anáhuac Mayab

Paternidad

Publicado en: 14 de Mayo de 2013

Paternidad

Roberto Carlos García Luna*

Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, es el ciclo de vida del ser humano. Pasan los años, pasan la eras y a pesar de las calamidades de dimensiones descomunales la vida prospera y se diversifica. Animales se extinguen, nuevas especies surgen pero siempre permanece un único instinto, el de heredar el mundo a la siguiente generación. En el reino animal es una tarea que no implica muchas complicaciones, pero para nosotros, es una historia totalmente diferente.

Ninguna otra creatura pasa tanto tiempo siendo educado o instruido para enfrentarse al implacable mundo como los humanos. Pero de igual forma, ninguna otra especie ha elaborado un sistema organizacional tan complicado, lleno de todo tipo de laberintos extraños,  enredos, dificultades y tonterías como al que hemos llegado después de años y años de evolución. Es por ello que los encargados de cuidar de los cachorros de homo sapiens nunca se deshacen de esa responsabilidad del todo.

Ser padre es tal vez el trabajo más complicado de todos. Como primera misión tienen la encomienda de mantener vivos a sus pequeños infantes. Necesidades muy básicas: alimentos, ropa y un techo para vivir. Más tarde vienen las necesidades que la sociedad considera oportunas para lograr una convivencia. ¿Es suficiente que éstas dos cuentas queden saldadas? No.  Para el nivel de complejidad que hemos alcanzado, ya no es suficiente. Hace falta algo más, algo que nos deje satisfechos, que calme nuestra hambre de ése no sé qué, que al permanecer vacío, nos impide desarrollar nuestro potencial.

¿Hay quienes son buenos padres? Difícil pregunta, déjenme replantearla: ¿alguna vez un padre lo ha sido? Bueno, depende de a quién  le preguntemos, porque es enteramente subjetivo. No es posible unificar criterios de todos, porque a los ojos de algunos puede que se haga una magnífica labor al educar a los hijos, pero a la vista de otros simplemente no se cumpla ese cometido. ¿Quiénes son los árbitros y jueces en estas cuestiones? Los hijos.  Nadie puede juzgar el trabajo de sus padres, sólo los propios hijos. Solamente que a veces no comprendemos muchas cosas, nos cegamos a la realidad producto de una testarudez inmensa y sí, somos los más calificados para graduar el trabajo de nuestros progenitores, pero únicamente nos volvemos capaces cuando estamos del otro lado, cuando nos convertimos en padres.

El ciclo continúa y se abandona el primer hogar, crecemos. La vida ya no resulta tan sencilla, cosas que se daban por sentado repentinamente ya no lo son. Se adquieren responsabilidades que van más allá de sacar buenas calificaciones en la escuela y finalmente vemos la magnitud real de las cosas. Hay que trabajar para tener todas las comodidades que acostumbramos, levantarse temprano y dormirse tarde si se quiere progresar. Recibir dinero y con la misma depositarlo a la gente que se le debe. Pasan los años, ascender en la oficina, explorar el mundo y conocer gente y entre todas ellas, encontrar a la especial: para embarcarse a la aventura de criar a un niño.

Pero el tiempo pasó, y aquel chiquillo que vivía a expensas de sus padres ya no existe. Se ha transformado en un adulto lleno de responsabilidades que atender a sus propios hijos. Ahora se da cuenta que su vida ya no le pertenece, sino de aquella pequeña criatura que lo reclama como padre. Súbitamente las cosas empiezan a tener sentido. Por qué mamá no soportaba que dejáramos el cuarto hecho un desorden; por qué papá exigía las mejores calificaciones; ¿por qué la necedad de tener una estricta hora de llegada? Y las interrogaciones interminables de: ¿qué hacías? ¿dónde estabas? ¿con quién? ¿por qué? ¿para qué? ¿cuándo? Los enojos incomprensibles pasan a ser comprensibles, la amargura atribuida a la edad ya no lo es, ahora se llama conciencia.

Conciencia de que nada es eterno. Conciencia de que aunque lo pareciera, no se puede tener todo, de que existen cosas imposibles aún para el más audaz de los jóvenes; conciencia de que si algo le llegara a pasar a su hijo, el mundo, ya nada tendrá sentido. No existe una escuela donde lo enseñen. Nadie nace sabiendo cómo ser padre. Desarrollar esta conciencia lleva tiempo, tarda tanto como la vida misma y se aprende tanto acerca de cómo ser papá, que se olvida cómo era ser hijo.

Pocas cosas son seguras cuando somos adolescentes, por eso las figuras paternas son de crucial importancia, para mostrar un posible camino y no llevarlos de la mano a la fuerza. Esas avenidas ya fueron recorridas por sus padres y por los padres de sus padres, una vía segura, sencilla y sin mayores complicaciones. No hay muchas cosas que alegren más a un viejo, que facilitarle la vida a su vástago.  Aquellos que logran convencer a los hijos de seguir ese camino, son los que fracasan como padres. Elegir la comodidad por encima de los retos es el peor legado posible que puede ser heredado a cualquiera. Y sin embargo, creo que aquellos que dan total libertad de elección sin inmiscuirse tanto, son peores que éstos. Mostrar indiferencia es signo de que no se da la importancia debida y muchas personalmente considero que es mucho más peligroso que tratar de implantar un control total.

Entonces pregunto de nuevo ¿qué es ser un buen padre? Dos cuartillas y novecientas sesenta palabras después, creo que tengo una respuesta. No es dar todo, no es privar de todo: es estar. Estar ahí en los puntos importantes, estar presente a un lado cuando parece que el mundo se acaba, estar cuando no es posible ser más feliz. A veces es complicado lograrlo, pero diría que un hijo no podría estar más agradecido con sus padres, por el simple hecho de haber estado presente en los momentos que definieron el rumbo de su vida.

 

*Roberto Carlos García es estudiante del segundo semestre de la Escuela de Negocios Internacionales en la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

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