Universidad Anáhuac Mayab

El loco y la comunicación

Publicado en: 03 de Junio de 2013

El loco y la comunicación.

Angélica Ortega González*.

 

Cuando regreso a casa, muchas veces tengo que pasar por una calle, en cuya esquina  generalmente veo  a un señor sentado; siempre me llamó mucho la atención ya que, no importara a la hora que pasara, él estaba ahí.  Algunas veces,  lo veía riendo, en otras hablando solo.  En una de esas ocasiones que pasé, pues procuraba ver qué estaba haciendo,  volteó a verme y me atreví a saludarlo de mano. Él extendió su brazo y al apretar mi mano, emitió una sonrisa tan agradable, pura, sencilla e inocente, que me alegró el día. No cruzamos ni una palabra, pero por unos breves segundos logré hacer contacto profundo con un ser humano desconocido.  Aún paso por esa calle y lo busco, pero no he vuelto a encontrarlo.

Un día, conversando con un amigo, le conté esta historia, porque aún recuerdo muy vívidamente su mirada y su sonrisa.  Por esas coincidencias de la vida, resultó que mi amigo, no sólo también lo había visto, sino que lo conocía. Me contó que todos los días se paraba en la misma esquina a sonreír y hablar a solas. Pero lo más triste y bello que me dijo es que ese hombre perdió la razón cuando su esposa lo abandonó. 

Lo que aprendí de esta pequeña historia es que, a veces una mirada puede conectarte con toda una vida. En el momento en que nos atrevemos a tocar la mano de una persona, provocado por el recuerdo de una mirada, rompemos nuestra esfera conocida y entramos en una dimensión que nos lleva a lugares inimaginables.  Él parecía estar mal de sus facultades, porque se reía solo, quizás con gente imaginaria que aun lleva en su mente. Cuando vencemos el miedo a que una persona extraña pueda hacernos un daño; o  cuando una mano tosca e insegura, aprieta la tuya, pueden producirse milagros.

Este milagro es la comunicación. Generalmente andamos de prisa por los compromisos sociales que cargamos; estamos muy ocupados en nuestras propias historias y pensamientos, que nunca nos tomamos el tiempo para detenernos a ver a los demás. No vemos las miradas de la gente por miedo a que en sus ojos descubramos cosas que no tenemos tiempo de descifrar. Pero cuando detenemos el tren de nuestra vida y hacemos contacto visual y físico, podemos descubrir las bellas historias que pueden cambiarnos la vida.     

Con tristeza puedo reconocer que no puedo andar por el mundo interesándome por todas las personas que me encuentro en las esquinas o detenerme a preguntar cómo se encuentra cada persona que se cruza por mi camino. Pero cuando he sentido que es importante, regreso y hago contacto con la persona.  Sé que tengo otros compromisos y que no tengo el tiempo, pero cuando lo hago… suceden cosas como esta historia. Algunas veces la persona confiará en nosotros y nos devolverá una sonrisa, y en otras, tendremos la inmensa dicha de conocer su historia.

Me pregunto cuántas esquinas tendrán a un hombre así, que por amor abandonaron la realidad conocida, para instalarse en un mundo de bellos recuerdos que los llevan a sonreír todo el tiempo. Cada individuo lleva su verdad, sus fantasías y su historia a cuestas, sin lograr comunicarla a los demás. Cuántas personas no se cruzan por nuestros caminos deseando contar su vida y nosotros pasamos de largo, desaprovechando la oportunidad de conocer su verdad. 

Por mi parte me siento afortunada. En mi mundo hay personas con las que puedo hablar de mis miedos, temores, creencias y sueños, sin el temor a ser juzgada. Gente que detiene su camino para escucharme, que me da su tiempo, su mirada y su sonrisa, dándome a entender que soy importante para ellos. Amigos, conocidos y familia, que me dan la mano, un abrazo y me permiten contarles los días en que he perdido la razón por el amor. Mi esposo es una de ellas.

Creo que la comunicación actual está perdiendo su gran esencia. La vida apresurada que llevamos, en donde la mujer trabaja y ya no permanece en el hogar; una vida donde los hijos llegan a casa de la escuela y nos hay nadie que los escuche. Gente que sólo tiene la televisión, la computadora y sus I Pads, por compañeros. Sé de amigos que se han conocido por internet y han quedado de verse en un restaurante para conocerse físicamente, pero después del encuentro, se sienten más cómodos a través de un monitor.  He ido a restaurantes a comer y observo en la mesa de junto a una familia, todos con sus respectivos teléfonos celulares o I Pad, cada uno en su mundo, sonriendo con gente que no está en la mesa.

A mí misma me pasa, hay días en que no logro abordar algunos temas con mi hija y lo hacemos por medio de las redes sociales, o me entero de sus actividades por medio de la información que veo en el Facebook.  Sí, debemos utilizar la tecnología para facilitar dicha comunicación, pero definitivamente, ésta no puede suplir la comunicación cara a cara, que es la que nos cambia y nos enseña a ser humanos. Al ver la mirada, la sonrisa y la expresión de quien nos habla… comprendemos y cambiamos.  

Creo que si los seres humanos pudiéramos comprender por un momento la profunda belleza de la comunicación personal y la practicáramos un poco más, el mundo sería distinto. Lo sabemos pero no lo hacemos. Aún nos falta camino para comprender la trascendencia de contar con alguien para hablar y depositar lo que llevamos dentro. Quizás la comunicación es la salida del alma y de nuestros más bellos sueños, pero cuando esa puerta no se abre, cuando nuestra pareja nos abandona o cuando a nadie le importamos, se dan casos como el hombre de esta esquina.

¿Cuántos corazones rotos existen vagando por ahí sin ser escuchados por nadie? ¿Será por eso que ese hombre habla al vacío? ¿Hay alguien allá afuera que lo escuche pero nosotros no lo vemos? o ¿Es que la mente no puedo manejar el vacío de la comunicación y pierde su camino? ¿Es la locura una de la causas de la incomunicación? Quizás nadie pueda darme las respuestas. A veces pienso que hemos aprendido a hablar y comunicarnos, pero aún no sabemos el mensaje. Aún nos falta más capacidad de comunicar desde dentro. Cada uno de nosotros sigue la ruta trazada y no nos detenemos por un loco parado en una esquina, sin saber que detrás de cada uno puede haber un milagro y una historia de amor.

*Angélica Ortega González es estudiante “oyente” del Diplomado en Tanatología, del Instituto Juan Pablo II, para La Familia.   [email protected]

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