Universidad Anáhuac Mayab

Momentos...de grandeza

Publicado en: 12 de Septiembre de 2013

Momentos… de grandeza.

Edwam Alcocer Lizama*

"Si tengo suerte, encuentro algún trozo de pan duro; si no, paso el día entero sin comer”, es lo que dijo Kanji, un niño que es esclavo en nuestros días. Él se sabe una propiedad de sus amos, para los cuales arrea ganado; ellos lo castigan con látigo, quebrantando más allá de la epidermis, su pequeño cuerpo de tan sólo 10 años. Es un castigo que logra resquebrajar y hacer trizas todo temperamento volviendo sumiso el carácter más volátil.

Al leer este tipo de pasajes, me siento impotente. Me pregunto si Kanji tendrán momentos felices, si personas como él tienen tiempo o deseo de detenerse a pensar en los momentos que valen la pena; me pregunto si se preguntan si su vida aún merece ser vivida. Mi pensamiento obtuvo tentativamente una respuesta: quizás para él, encontrarse un pedazo de pan le sabe a gloria, aunque éste se encuentre duro y lleno de moho; incluso levantarlo del suelo sucio, es quizás un momento de plenitud. Al pensar en esto, creo que vale la pena seguir viviendo, aun en esas condiciones, porque existe la posibilidad de alcanzar algo que es profundamente humano: la libertad, lo más cercano que tenemos de poder volar, semejante a estirar las alas y emprender un viaje, el cual a Kanji le ha sido arrebatado.

Muchos seres humanos pueden tener un pan recién salido del horno, pero no lo aprecian, porque es una cuestión de todos los días. Usualmente no suben la mirada a ver las estrellas cuando no hay luna, ¿qué caso tiene?, es algo que está ahí todos los días. Ellos están acostumbrados a que "la vida" debe brindarles sólo momentos confortables, no tienen idea que un asiento se disfruta inmensamente después de haber estado todo un día de pie, como el pequeño de nuestra historia.

El ser humano debe aprender a vivir a los momentos como experiencias, sin catalogarlas como buenas o malas. Estamos demasiado apegados a los momentos agradables, que ya no sabemos distinguir que son las experiencias dolorosas las que más aprendizaje nos dejan. Son momentos que nos muestran las imperfecciones de la vida. Odiamos los malos momentos, sin darnos cuenta que la vida es hermosa y rica en cualquier instante, sin importar las circunstancias. No es restarle importancia a lo que nos pasa o escapar del dolor, sino que hay que aprender una filosofía de vida: el pasado nos forja, el presente se vive y el futuro se construye.

Hay ciertas emociones que pueden llegar a saturarnos y llegamos a detestarlas, pero algunas son necesarias en nuestra vida; hasta el llorar puede ser algo asombroso. Si esperamos lo suficiente, hasta los malos momentos nos muestran su tesoro y su enseñanza. Cuando logramos ser pacientes, comprendemos, el porqué de los sucesos, el por qué llegaron a nuestra vida. Aquello que más nos dolió nos ayudó a crear conciencia y llega a ser un aprendizaje que le da sentido a nuestra vida. Para algunos, el dolor es un megáfono de la experiencia, que te hace redirigir el camino para llevarte a tu destino.

Somos lo que somos porque así lo queremos… aunque no lo entendamos. Demasiada gente es pesimista por naturaleza, pero al final del camino recuerdan buenos momentos, aquellos que les robaron el aliento o que les hicieron soltar una estruendosa carcajada; son los momentos por los que se vive y se desea ser inmortal. Pero también hay momentos en los que desearíamos desaparecer, desvanecernos como los suspiros en la boca de los enamorados, huir hacia un destino incierto. Cada momento, aunque aparezca como algo que no merece ser vivido, a la mañana siguiente puede traernos un secreto que cambie nuestra vida.

Por muy oscura y dolorosa que se nos presente una situación, la vida se encargará de darte otra experiencia para contrastar; eventualmente una opacará a otra; todo momento de oscuridad sé irá en el instante que el alba comience a nacer…. sólo es cuestión de esperar. 

En algún momento nos hemos sentido como Kanji, frágiles e indefensos ante un cruel verdugo, cuyo único objetivo es hacernos caer de rodillas; hacernos sentir que nuestro mejor esfuerzo no ha sido suficiente. Hay te recuerdo: resiste que tú verdugo está a punto de detenerse.

No te rindas, espera...te prometo que mejorará. Mejoraremos.

 

Edwam Alcocer Lizama es estudiante del primer semestre en la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

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