Universidad Anáhuac Mayab

Construyendo una Utopía

Publicado en: 07 de Octubre de 2013

 

Construyendo una Utopía

Irmita Elizondo de la Fuente*

 

¿Qué sabemos de los ojos? Dicho por la mayoría, “los ojos son la ventana del alma.” Por ellos, logran conocernos tal y como somos. También con los ojos descubrimos realmente lo que es el mundo. Los ojos nos permiten ver la realidad de una manera vívida y veráz. Con ellos logramos identificarnos e identificar a nuestros seres queridos; y a los no tan queridos igual. Los ojos nos permiten aprobar o reprobar situaciones, actitudes y acciones. Y nos dan el poder de acusar a quienes pensamos culpables de algún hecho equívoco. Lo único que no podemos ver de manera natural con nuestros ojos es, irónicamente, nuestro propio rostro. Me pregunto,  ¿si estos órganos tan útiles tuvieran la capacidad de verse a sí mismos, al momento de hacer un juicio, se lanzarían las mismas miradas denunciantes que con tanta seguridad y desdén despiden a sus acusados? Honestamente, lo dudo.

Bien decía Jesucristo, que estamos tan ocupados viendo la paja que tiene nuestro compañero en su párpado, que no nos damos cuenta de la enorme viga que hay en el nuestro. Pasamos toda una vida detectando fallas en nuestra sociedad; la corrupción de los gobiernos, el mal manejo de los bienes, la delincuencia juvenil, los problemas de inseguridad que causa el narcotráfico, la pobreza extrema de las sociedades marginadas… Para todas estas problemáticas hay siempre un acusado. Generalmente es la persona, o bien, las personas, que han intentado intervenir en dichas situaciones. Y las desdichadas, cual Prometeo, por querer hacer un bien, terminan encadenadas.

Sí, la gente habla. La gente juzga. La gente castiga. Pero, ¿la gente actúa?

La corrupción ha existido desde que se inventaron los gobiernos, y desde entonces existe también el mal empleo de recursos. Vándalos, narcotraficantes, pobres, todos han estado presentes en la historia. Y la sociedad actual, tal como la sociedad del siglo pasado y la de hace 10 siglos, se sigue quejando, simplemente quejando de ellos. En ocasiones ha tomado acción, queriendo precisamente detener o cambiar esta situación, pero tristemente lo único que ha hecho al respecto es imponer castigos ante tales crímenes, y si acaso, empeorar las circunstancias.

Tomás Moro, en su libro Utopía, menciona que la sociedad misma es la que crea estos ladrones, y luego se encarga de castigarlos por serlo. Claro está, si somos nosotros quienes vemos la clase de educación que están recibiendo desde pequeños, el tipo de ambiente en donde crecen y se desenvuelven, y las posibles escasas oportunidades que puedan tener en un futuro, efectivamente, es culpa nuestra. Somos nosotros quienes orillamos a estas personas a convertirse en ladrones, vándalos, narcotraficantes, y corruptos en general. Y luego, reprobando rotundamente su conducta, los castigamos con severidad.

Pero Moro, al ver esto, no simplemente lo menciona, quejándose como tantos otros. Sino que él propone una sociedad, en el país de Utopía, en donde sus habitantes, los utopianos, no se limitan a castigar a sus “esclavos” por la ley, sino que al contrario, estimulan entre ellos la virtud, otorgando honores y recompensas a quienes la practiquen. Grandes estatuas y monumentos a hombres célebres son erigidos para perpetuar la memoria de su bien actuar, e invitar a los presentes a seguir su ejemplo.

Me imagino yo, si este país fuera Utopía, y nosotros los utopianos, ¿De quiénes estarían siendo erigidas estas estatuas? ¿Qué rostros serían mostrados en forma de bulto por las plazas y parques públicos? ¿Qué nombres llevarían nuestros monumentos? ¿Habría siquiera estatuas y monumentos que erigir? Al menos yo, de entre millones de habitantes que tiene el país, puedo pensar en muy pocas personas que practiquen la virtud de manera íntegra y desinteresada. Personas que no se limiten a ser espectadores, sino emprendedores, modificadores de la sociedad.

Pero qué bello sería que todos dejáramos atrás estos paradigmas que nos limitan a vivir y pensar con rutina; y nos dedicáramos a vivir sólo con virtud, a pensar, actuar y hablar con coherencia y elegancia. Seguramente entonces ni todas las calles se darían abasto para colocar tantos monumentos.

Pues bien, ¡no esperemos más! Lo tenemos todo para empezar a cambiar. Transformarnos desde dentro, comenzar a tener esa visión introspectiva. Dejemos los juicios de lado. Abracemos mejor la virtud. Demos a nuestros ojos la capacidad de mirar nuestro propio rostro antes que el de los demás. De esta manera, nuestra visión del mundo entero cambiará. De esta manera, podremos empezar a construir en nuestro país, en nuestro México, una sociedad que se asemeje cada día más a la sociedad que Moro llama “Utopía”.

 

*Irmita Elizondo de la Fuente es estudiante del primer semestre de la Escuela de Comunicación en la Universidad Anáhuac Mayab.  [email protected]

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